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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Carta abierta a la Comunidad Internacional

Felipe Gámez Martínez
Redacción
domingo, 13 de agosto de 2006, 21:37 h (CET)
Me presentaré: soy un hombre común. Uno de tantos. Ese tipo de gente que siempre está por ahí, como bulto y no contamos para nada porque nadie con algún poder nos tiene en cuenta. Pero en esta carta tiene su importancia o yo se la doy por una razón: en las guerras somos los primeros en morir. Nos matan sin tener culpa de nada, sólo por estar presentes, porque alguien tiene que ser el primero o el último... o los del medio. Con esto quiero decir que además de ser un hombre común soy un civil. (Hala ya me he presentado!

Ahora me toca decir que nosotros, en nuestra sencillez, también tenemos nuestras vidas incluso nuestro corazoncito. Ya saben la receta: algo que hacer, alguien a quien amar algo que esperar. Pienso que cuando uno de nosotros cae muerto sin razón en alguna parte del mundo, la inocencia se precipita sobre el asesino y lo lastra para siempre. La Comunidad Internacional no se entera porque nadie con un cargo está atento. Si lo estuviera sentiría como yo la vibración, el espanto pasmoso de esa muerte injusta. Un borracho genial, Malcolm Lowry, nos lo cuenta mientras entramos en su libro “Bajo el volcán”. Les explico para que se enteren de una vez: ¡Oigan, estamos bajo el volcán! y mirar para otra parte es una cobardía monstruosa además de una ignominia; porque matar en masa a los hombres como yo es tan sencillo como deleznable pues afectará a la dignidad de la especie como tal. Recordarán que ya sucedió otra vez, hacia mil novecientos cuarenta y pocos, con un pueblo indefenso e inocente. El mundo aún siente repugnancia por todo aquello. Yo que nací en 1947 aún la siento.

No soy nadie, lo reconozco, pero alguien que no es nadie les dice que la neutralidad, cuando los hombres, las mujeres y los niños comunes mueren en masa se llama complicidad, se llama enlodarse hasta las ingles, estar con los inmorales, con los que matan y destruyen porque tienen las armas, el dinero, el poder. Desde sus despachos en los órganos de dirección de la Comunidad no lo notan porque no quieren percibirlo, pero toda esa sangre inocente alcanzará el futuro, el de todos, empezando por ustedes mismos.

Estoy perplejo: o no nos dan importancia (nacemos, vivimos y morimos por nuestra cuenta y riesgo, después de dejar por aquí alguien que nos recuerde con afecto) o se gastan inmensas fortunas en fabricar misiles inteligente o bombas de cinco toneladas para destriparnos mientras dormimos o velamos, porque antes desintegran las centrales eléctricas que abastecen de fluido a nuestras pequeñas comodidades y el calor del verano nos despierta para que veamos llegar a la muerte. Un regalo final, quizá la última atención de ese noble militar de carrera que tras ordenar el disparo del misil a su hombre común, sentirá el placer compensatorio con el que hurtarse el asco de no conseguir, en años, una erección decente.

Un hombre común, )recuerdan? y deben saber que me siento próximo a todas esas criaturas que mueren en Afganistán, Iraq y ahora en Líbano. Antes o después habrá que tomar partido y mientras ustedes se la cogen con papel de fumar para no ser tachados de antisemitas o antiamericanos, yo buscaré incorporarme a las Brigadas Internaciones con el objeto de parar el fascismo... ¡Como siempre! AHay un camino a través del infierno@, nos dejó dicho otro inglés universal, William Blake, y se me antoja inexplicable que se vean en él a tipos tan dispares como Malcolm Lowry, Adolf Hitler, George W., Ehud Olmert, Amir Peretz, Dan Halutz. Como diría Belton Brech: primero fueron los palestinos, ahora los libaneses, mañana serán los sirios... algo huele a podrido en la White House y no somos nosotros destripados al sol entre los escombros de nuestras vidas. El hedor genocida de la atrocidad y el racismo se contrapone al silencio de la Comunidad Internacional cuya vergüenza nos alcanza a todos.

Vana es la mente, la inteligencia oscura; dice el poeta judío malagueño Ibn Gabirol, y Daniel Gillerman, embajador israelí ante Naciones Unidas, respondía colérico días atrás: ALa tercera guerra mundial ha comenzado@. Un mar de sangre inocente ahogará Israel y en el silencio de la Comunidad Internacional otro poeta repetirá: No puede ser que estemos aquí para no poder ser.

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