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El alcalde de Peque o la agonía de Castilla

Pedro de Hoyos
Pedro de Hoyos
@pedrodehoyos
domingo, 13 de agosto de 2006, 05:01 h (CET)
Ser alcalde de tu propio pueblo es para mí uno de los más grandes honores que una persona puede recibir. Que tus propios vecinos, con lo que a veces “duelen” los vecinos, te escojan para ser su alcalde debe ser fascinante. Lejos de mí tales intenciones por clara falta de vocación, conste, pero debe ser fascinante recibir tanta confianza de quienes más y mejor te conocen.

Que te apoyen para luchar por el bien de tu pueblo y tus gentes debe animar a uno a hacer los mayores esfuerzos por ellos y dedicar horas y horas a buscar soluciones. Me imagino al alcalde de Peque pasando las tardes en el campo, cavilando cómo detener la gran peste de la modernidad que es la despoblación, cómo luchar contra el envejecimiento, cómo detener la inexorable decadencia de los pequeños pueblos de nuestra comunidad. El primer adjetivo que me ha venido a la cabeza es “desesperante”.

Por eso entiendo al alcalde de éste y de otros pequeños pueblos, esa infinidad de decrépitos pueblos al borde de la desaparición que ocupan las estepas y las montañas castellanas. Algo hay que buscar, algo hay que encontrar, algo hay que ofrecer cuando no hay más que desesperación en el horizonte. Desesperación y desaparición, eso es todo. Y mientras tanto los más ricos y poderosos se jactan de tener un estatuto que deja “al Estado residual”. La España del embudo, vaya. La España del desequilibrio, la España injusta, la España generosa con los poderosos y exigente con los menesterosos. Débil con los fuertes, fuerte con los débiles.

¡Cómo está Castilla cuando el oficio más demandado es el de pastor después del de enterrador nuclear! Pastores, pastores, bien, claro, bien está, pero lo que de verdad nos hace falta en Castilla es empresarios y empresas para que no tengamos que vendernos por un plato de residuos atómicos. Lo que nos hace falta es dotarnos de unos argumentos legales, políticos y económicos que faciliten la inversión en puestos de trabajo, en futuro, en población, en facilitar el retorno de aquellos que se vieron obligados a salir para contribuir al desarrollo económico de Cataluña, País Vasco o Alemania.

Ése es el “hecho diferencial” castellano que tanto nos cacarean otros, ése uno de los hechos diferenciales que los sucesivos gobiernos españoles se niegan a reconocer, aquí nos hemos acostumbrado a nuestra lenta agonía y a cruzarnos de brazos, “que sea lo que Dios quiera”. Conformismo (toma “hecho diferencial”) del pueblo y de las autoridades que cruzados de brazos esperamos con inmovilismo estatuario (digo bien). Castilla, el último que salga que cierre y apague.

¡Cómo está España cuando se presentan cientos de solicitudes para ser pastor por 730 euros al mes! Sería interesante que Asaja hubiese realizado una encuesta sobre la procedencia de esos cientos de aspirantes a pastor que llamaron a sus oficinas preguntando por tan magnífica oferta laboral, a ver cuántos procedían de tierras con un estatuto que deja residual al Estado.

Lamentablemente algunos nos tememos eso, que el Estado quede residual, que no sirva para reequilibrar territorios, para establecer la justicia, para compensar desigualdades, para desfacer entuertos. Lamentablemente eso será lo que quieren algunos, que desaparezca el Estado, que desaparezca toda posibilidad de combate y se corrobore la supremacía del poderoso epulón sobre los que se conforman con las migajas de su mesa.

Para eso quedamos en Castilla, pastores engañados por una falsa oferta laboral y enterradores de mierda nuclear. Todavía no sé si comprendo o compadezco al alcalde de Peque. Mecagüen nuestro conformismo, la madre que nos parió.

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