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Etiquetas:   Crítica literaria   -   Sección:   Libros

Marco Aurelio. Una vida contenida

Obra de Fernando R. Genovés. Ediciones Evohé. Colección Didaska
Pedro Luis Ibáñez Lérida
lunes, 8 de julio de 2013, 11:17 h (CET)
La dificultad en la reflexión sobre ciertas obras no tienen propósito de enmienda. El texto se convierte en una especie de jungla verbal en la que el pensamiento queda constreñido a la línea de acción argumental, y huérfano de descripción orientativa. Da la impresión que fuera arrojado a las manos del lector con la animosidad que este desentrañe lo que el propio autor se siente incapaz de desenmarañar. No me refiero a lo que el escritor Juan Goytisolo señala cuando se refiere a la Casa Verde, de Mario Vargas Llosa: "La ambición creadora del autor, dificilmente aprehensible en una somera lectura, se nos desvela entonces con nitidez. La reconstrucción del rompecabezas es tarea ardua pero cuya recompensa aguarda a quienes no se arredran ante la dificultad y apuestan por el triunfo final de la literatura". Es decir, la necesidad de no cejar en ese envite de obras que requieren una actitud diferente porque ellas también lo son. Sin embargo, cuando la implementación de la idea conceptual fluye transparente y el lenguaje lo encauza como venero paciente, entonces el gusto literario se hace mayor. Más aún cuando el sentido y fin de la obra tiene carácter didáctico. Y a los valores literarios se les añade otros que ensamblan la solidez intelectual con la sencillez discursiva.


PortadadeMarcoAurelio
Resulta gratificante imbuirse en la lectura de Marco Aurelio. Una vida contenida. Un breve ensayo en cuanto a su dimensión pero intenso y denso en cuanto a su contenido. El propio autor en el pórtico o pretil de la obra bajo el título Preliminar y en el primer apartado, La vigencia de lo clásico, realiza una declaración de intenciones con respecto al influjo y vinculación emocional con el autor de Meditaciones y su obra: "Algunas mañanas, bajo de moral, no me levantaría de la cama sin cumplir con el rito de releer -o rememorar en la mente- seleccionadas y selectas sentencias del emperador romano". El asidero que para sí considera el autor es una verdadera exhortación en cuanto a la actualización de las tesis estoicas y su validez contemporánea. La comportación de un sentido de la ética para aguantar y resistir desde el yo las circunstancias que lo rodean. El filósofo y emperador -por ese orden- se enfrenta a la responsabilidad pública y sus obligaciones, pero también a las devociones para con el propio ser. Es la ética del contento que estructura y predispone la vida contenida que expresa el subtítulo de la obra.En cuanto a que engloba el esfuerzo y la afirmación, la contención y el refreno, pero también la conservación y extensión. El fortalecimiento y la robustez del carácter es tal que se convierte en guia del alma. En el estoicismo la felicidad y el bien moral son condicionados por la predisposición interior con la que nos acercamos. La inversión del esfuerzo en mantener y sostener lo que tanto nos costó, es la máxima representación de la ética.

Fernando R. Genovés -filósofo y escritor, también por este orden- reconforta a la inteligencia- tan maltratada por la dualidad actual entre apatía y rendición- con este alegato de principios, que contextualiza y encuadra en una primera parte las diferencias y visiones de la ética entre el mundo antiguo y el moderno. De esta manera la transferencia y sustantivación filosófica del personaje histórico de Marco Aurelio, en la que se centra la segunda parte de esta obra, cobra mayor relevancia y no se subordina a la imperial, como quizás pudiera entenderse desde nuestra visión contemporánea. Es la soberanía que se ejerce sobre sí mismo. Durante los veinte años que estuvo al frente del Imperio dejó constancia de las señales del poder y del saber con las que delimito y aplico su acción pública y privada. Sólo el que se gobierna así mismo puede gobernar a los demás. Él es sujeto de sus propias acciones y, por tanto se cuida y cuida de sus virtudes personales. En el autor de Meditaciones hay un comprómiso tácito de fijar sin tibieza la coherencia y la fidelidad en su mandato. En ese afán intelectual, en cuanto a la prolongación de su pensamiento mediante signos visibles, se deja la barba. De esa manera publicita a los demás la no afinidad con la aristocracia pero tampoco con el vulgo. Hay un distanciamiento explícito e implícito que simboliza su autosuficiencia. Sin embargo es consciente que la base de la sabiduría se halla en el encuentro con otros hombres, en un proceso de preparación interior pero también de instrucción pública.

Abrumados por los manejos corruptos, la vigencia de esta obra clásica fundamenta el principio de universalidad e intemporalidad, que es basamento común con otras tantas. En una época -la actual pero no menos gravosa que otras anteriores-, en cierta manera convulsa, por la saña con la que se concibe la política, el inútil combate contra la opacidad y el febril empeño del yoísmo y la presuntuosidad, la figura del emperador romano recompone la animosidad para enfrentarnos a estas lacras. Fernando R. Genovés hace de este ensayo un ejercicio de exquisita transparencia para hacernos comprender la herencia vital y pública del filósofo de origen hispano, como lo fueron sus predecesores Trajano y Adriano -éstos de la hermosa y desconocidad Itálica, actual Santiponce, Sevilla- que con un género estilístico para sí, nos invita a reflexionar desde la concencia y el entendimiento. En suma una obra cuidada que asume en sí los principios estoicos de decisión, contención y contento, desde la lúcida interpretación e identificación de su autor.
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