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Etiquetas:   Al margen   -   Sección:   Opinión

El cajón del agua

Rafael Torres
Redacción
sábado, 12 de agosto de 2006, 09:31 h (CET)
Este año, que llovió lo suyo, nuestras reservas de agua embalsada son mucho menores que las del año pasado, que fue el más seco de las últimas décadas. ¿Cómo se entiende eso? La lógica no ayuda a explicarlo, pero sí la realidad: alguien roba el agua, alguien mete la mano en el cajón donde guardamos, como oro en paño, el agua necesaria para la vida.

De los grandes pantanos del alto Tajo, particularmente de los de Entrepeñas y Buendía, emergen las ruinas de los pueblos sepultados en el agua, los puentes, los molinos, las cuadras y las tierras de labor que procuraron durante siglos el sustento a la gente del lugar, y lo mismo ocurre en las cuencas del Guadalquivir o del Segura. Llovió mucho este invierno y esta primavera, mucho, entendámonos, para lo que suele llover en la cada vez más seca y desertizada España, pero el cielo tendría que haber arrojado una docena de diluvios universales que alimentase los campos de golf, las grandes urbanizaciones erigidas en secarrales y los cultivos de secano convertidos en intensivos de regadío para que no nos espantara ahora, como nos espanta, el fantasma de la sed. El hecho de que un tesoro natural como las Tablas de Daimiel agonice convertido en una charca mientras luce jugosa y resplandeciente la yerba inútil de los campos de golf constituye un atentado contra la nación equiparable al que nos viene asestando el terrorismo de fuego, ese tan terrible del que aún no se ocupa, asombrosamente, la Audiencia Nacional.

Guardada en el cajón de los ríos, de los embalses, de los acuíferos subterráneos, el agua desaparece y no por efecto de la evaporación. Alguien ha metido la mano en ese cajón que nadie vigilaba, y emerge a nuestra vista un paisaje de ruinas que no son las del ayer, sino las de mañana.

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