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Opinión
Etiquetas:   Carta al director  

Los malos hábitos

Francisco Arias Solís
Redacción
sábado, 12 de agosto de 2006, 03:30 h (CET)
“No os extrañe compañeros,
que siempre cante mis penas,
pues el mundo me ha enseñado
que las mías son las vuestras.”


Augusto Ferrán

-No tiene ni para tabaco- suele decirse entre nosotros cuando se quiere encarecer la penuria de alguien.

-¿Y para pan? – preguntó una vez un extranjero-. ¿Tiene para pan ese pobre señor de quien hablan ustedes?

A lo que, el que había iniciado la conversación, respondió sin vacilar.

-Pero ¿cómo va a tener para pan...? ¿No le he asegurado a usted que no tiene para tabaco?

-¿Cómo va a tener para lo accesorio si no tiene para lo principal? ¿Cómo va a poder rodearse de lo superfluo cuando no puede adquirir siquiera lo estrictamente indispensable?

No en balde fue España el primer pueblo que empezó a fumar en Europa. De vuelta de las Indias los compañeros de Colón llegaban a Europa echando humo por las narices y, al tratar de imitarlos, con la torpeza que es de suponer, los demás europeos parecían unos niños que quisieran echárselas de personas mayores.

Yo empecé a fumar, como creo que hemos empezado todos, por la sencilla razón de que el tabaco me estaba terminantemente prohibido; pero si a los diez o doce años de edad me hubieran obligado a fumar dos cigarrillos diario, de igual modo que me obligaban a tomar dos cucharadas de aceite de hígado de bacalao, es seguro que yo habría aborrecido el tabaco desde mi más tierna infancia y que no hubiese vuelto a probarlo en toda mi vida.

Supongo que todos los fumadores tenemos la misma historia y que, el que más y el que menos, si hemos empezado un día a fumar fue porque el tabaco nos costaba grandes castigos y porque nos producía unas náuseas espantosas. Sobreponiéndonos a aquellas náuseas hacíamos nosotros los primeros ensayos para sentirnos personas mayores y no ser menos que todos aquellos que veíamos echar humo por las narices, familiares, profesores, médicos... cuando nos prohibían fumar.

Hay actualmente en el mundo una generación que aún no ha adquirido el hábito del tabaco y que, viendo las fatigas y sinsabores que en las presentes circunstancias pasan los que lo tienen, parece que debieran renunciar generosamente a la posibilidad de adquirir el hábito de fumar, pero ¡que si quieres! El hecho de que nosotros andemos de cabeza y prescindamos muchas veces de las cosas más necesarias para satisfacer nuestra adicción de fumadores, no es sino un estímulo para nuestros descendientes, quienes llegan a figurarse que la mayoría de edad consiste, precisamente, en andar locos y desalados buscando cajetillas por el mundo, y esto es tan cierto, que a mí no me extrañaría nada el que la nueva generación se lanzase a fumar aunque el tabaco no le produjese náuseas. Y como dijo el poeta: “Yo no sé lo que le ha dado / el tabaco a mi cuerpo, / que hago por olvidarlo / y en viéndolo me arrepiento”.

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