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Etiquetas:   Columna de opinión   -   Sección:   Opinión

Todos a la escucha

Fernando Jáuregui
Redacción
viernes, 11 de agosto de 2006, 09:07 h (CET)
Las gentes, esas gentes que desarrollan sus vidas en medio de una cierta rutina, rota de cuando en cuando por el inevitable cuarto de hora de protagonismo, viven siempre bajo la sospecha de que algún tipo de vigía se esconde entre las paredes de sus casas. Quienes, además, tienen algo que decir o que ocultar, algún tipo de noticia bajo sus alas --y ya se sabe que noticia es todo aquello que alguien no quiere que se publique-- suelen tener la certeza de que el ojo espía les persigue de manera constante.

En la Casa Real británica se ha destapado de manera inequívoca la constatación de que sus miembros estaban siendo ilegalmente escuchados. Un periodista y un cómplice 'desde dentro' escuchaban las conversaciones privadas de dos hijos de Carlos de Inglaterra; luego, las publicaban. Antes, habían escuchado, otros, las confidencias amorosas del propio Carlos a Camilla, y ya recuerdan la que se armó.

En España, se difunden de boca a oreja reales o falsas charlas íntimas de algún destacado político. Y ya tuvimos aquel escándalo de los servicios secretos cotilleando lo que por teléfono se decían un presidente de club de futbol y su secretaria, un ministro y una amiga o, quién sabe, el propio Rey y alguno de sus súbditos.

Algunos espían aquí a muchos. Yo mismo fuí víctima de un 'pinchazo' telefónico propiciado por un importante empresario que anduvo en malas, muy malas, circunstancias y que difundió, por venganza ante un comentario radiofónico, el resultado de mis conversaciones profesionales; si fue encarcelado a raíz de mi querella ante el juez de guardia fue porque desdeñaba presentarse a las citaciones judiciales, no porque sufriese prisión preventiva alguna como consecuencia de sus actividades delictivas. Luego, yo mismo retiré la querella y él sigue su camino, habiendo reconstituído su vida y, confío, habiendo aprendido a no entrar en las vidas ajenas. Pero, desde la impotencia sentida en aquellos momentos, siempre he sentido repugnancia ante esta intromisión en la privacidad de otros. Es lo más parecido a una violación.

Y no, el derecho a la información, la búsqueda de la noticia, tampoco justifican, entiendo, la invasión clandestina de las conversaciones en las que otras personas se manifiestan en el uso de su libertad. Ni las cámaras ocultas, ni la suplantación de personajes --ay, aquel engaño a Fidel Castro, aquel otro a Evo Morales--, ni los disfraces, ni tantas y tantas formas de conseguir datos o noticias utilizando trucos arteros y engaños. Ya sé que muchas injusticias, algunos delitos, han salido a la luz con estas pruebas que los tribunales no admiten. También entiendo que las fuentes en las que los periodistas bebemos casi nunca son sanctas, y siempre hay un contable impagado, una amante despechada o una rivalidad industrial tras cada 'scoop'. Pero eso, las fuentes turbias, es diferente: la sociedad tiene que defender su libertad, su privacidad, su intimidad, su individualidad, como uno de los bienes más preciados. Espero que a ese falso colega --yo no le quiero en el gremio-- del 'News of the World' le caiga encima todo el peso de unas leyes que a veces dejan demasiados huecos para que circulen los que juegan a 'Gran Hermano', un horror más de nuestros tiempos.

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