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Opinión
Etiquetas:   Carta al director  

El ennoblecimiento de nuestra ciudad

Francisco Arias Solis
Redacción
viernes, 11 de agosto de 2006, 00:09 h (CET)
“-¡Mira a Delfina, qué elegante
desde que Pepe es concejal!
¡El municipio da bastante!
-¡Hija, por Dios, qué cosas dices!
Pepe es decente y muy cabal”


Salvador González Anaya

Una ciudad es tanto más hermosa cuanto mayor es la nobleza y distinción de sus habitantes. Para embellecer una ciudad no basta crear una comisión, estudiar reformas y aprobar los presupuestos, hay que afinar al público, hay que tener criterio estético, hay que gastar ideas. La clave de la política municipal es el ennoblecimiento de nuestra ciudad. Hacer que la ciudad tenga vida propia, arte propio.

Nada de echar abajo lo que no se sabe cuándo ni cómo será reconstruido, sabiendo como se sabe que la mayoría de los ayuntamientos están atravesando una situación poco boyante, que no hay dinero y lo que es peor que no hay buen gusto.

Una ciudad está en constante evolución e insensiblemente va tomando el carácter de las generaciones que pasan. Sin contar las reformas artificiales y violentas hay una reforma natural, lenta e invisible. Y ahí es donde la acción oculta de la sociedad entera determina las transformaciones trascendentales.

Hay que “dar trabajo a los trabajadores” dicen algunos, que nos les importaría llevar a cabo el proyecto diabólico de destruir la ciudad para repartir algunas jornadas de trabajo, aunque puedan ser las últimas que se repartan en la ciudad. A otros les preocupa exclusivamente la salud, hay que adoptar “grandes medidas de saneamiento”, todo habría que pasarlo por gigantes depuradoras para no contaminarse de los otros ciudadanos. Otros opinan que lo importante son las viviendas y que sobran las escasas zonas verdes que van quedando. Para otros lo que falta son industrias, medios fáciles de comunicación, y es perentorio abrir grandes vías para el tráfico interior de la ciudad. Los comerciantes no cesan de recordar que es preciso tener en cuenta los “intereses creados”, que si se cambia el rumbo a la circulación se sentirán tan perjudicados como ahora, y tendrán que cerrar los establecimientos. ¿Por qué en el PGOU no se contempla nada de lo que siempre se dice que es preciso hacer? ¿A quién si no a los arquitectos les toca el tener que decir algo sobre lo que debiera hacerse?

Y así en esa jerga, continúa la discusión, que se termina casi siempre por el providencial “no hay dinero”, la tabla de salvación de nuestras ciudades en la época actual. Porque se tiene la impresión que en medio de esta oleada de vulgaridad y de comisiones, si hubiera dinero abundante, dejaríamos a nuestros descendientes motivos más que sobrados para que nos despreciaran.

Pero a veces ¡oh dolor! hay dinero. Y entonces, sin examinar lo que debe hacerse atendiendo a los intereses de la comunidad, los que dicen querer más que nadie a nuestra ciudad se lanzan a ciegas, a salga lo que saliere.

Si los doctos no tienen otras ideas, lo prudente y seguro antes de poner a trabajar a la piqueta es guiarse por el pueblo que es más artista y filósofo de lo que parece.

En el momento actual existe en Europa una fuerte reacción contra el mal gusto y todas las ciudades que tienen tradiciones artísticas se esfuerzan por mil medios para sostenerlas y no caer en el montón anónimo. En España estamos aún con la piqueta al hombro y si los municipios tuvieran fondos bastantes habría que dormir al raso. Y como dijo el poeta: “¿En dónde empiezas, ciudad, / que no sé si eres mi cuerpo?”

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