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Etiquetas:   El envés   -   Sección:   Opinión

Una actitud ante la vida

La solidaridad es la respuesta ante la desigualdad injusta
José Carlos García Fajardo
viernes, 28 de junio de 2013, 11:57 h (CET)
La solidaridad es la respuesta ante la desigualdad injusta. Si no, podría derivar en mera compasión o beneficencia, o incluso convertirse en cómplice de la injusticia.

Siempre ha habido personas generosas que se han preocupado por los demás con motivos religiosos, políticos o altruistas. Pero el fenómeno sociológico del voluntariado social, movido por la pasión por la justicia y por la compasión transformada en compromiso es un fenómeno que comenzó hace tres décadas. Al cabo de este tiempo hay signos de los peligros que corre la generosidad de los voluntarios: partidos políticos, gobiernos, sectas e intereses empresariales.

Cuando el candidato llega a una ONG no se le puede poner a trabajar sin más con los enfermos o con los niños, en las cárceles o en cualquier otro servicio sin una formación adecuada.

La responsabilidad final de cualquier error y de la buena marcha es la organización. Como no es gubernamental y se desenvuelve en la esfera de la sociedad civil se rige por sus normas, aprobadas de acuerdo con la legislación vigente.

El protagonista de la acción social del voluntariado no es ni la organización ni el voluntario. Es el marginado, el excluido, quien padece la injusticia. O la solidaridad es una respuesta ante una desigualdad injusta o puede derivar en mera compasión o beneficencia. O un sucedáneo que emponzoña la herida y se convierte en cómplice de los responsables de esa situación injusta.

El candidato a voluntario debe escoger la asociación que mejor vaya con sus preferencias y capacidades, y aquella tiene la obligación de seleccionar a los candidatos más idóneos para las tareas del voluntariado propio de esa organización. Es falso que cualquier persona tenga derecho a entrar en cualquier organización. Y peligroso. No hay más que leer la legislación que regula el voluntariado social. El voluntario tiene que sentirse a gusto cooperando física y económicamente, de acuerdo con sus posibilidades, dentro de la asociación que lo ha admitido, que lo ha formado y ayudado en sus tareas de voluntariado, con una conducta acorde con los principios de la ONG. No cabe planteamiento asambleario alguno. El que no se sienta a gusto debe buscar otra organización en donde pueda estarlo.

El boom de las ONG toca techo y presenta una cierta fatiga en relación al impulso de su primer fervor, por lo que tienen que dar paso a los organismos que puedan prestar una ayuda eficaz. Los voluntarios seguiremos militando en la lucha por la justicia y por los derechos sociales para todos.

Si yo fuera alcalde de una ciudad, ni una sola persona dormiría en la calle. Más bien, buscaría recursos para tratar de remediar su necesidad y buscar su reinserción en la medida de lo posible. En Suiza no duerme nadie en la calle.

En España, algunas personas salen de noche a dar café por admirable compasión y algunos van más allá y lo hacen con compromiso para denunciar esa situación inadmisible en una sociedad bien organizada, pero no podemos perpetuarlo porque corremos el riesgo de crear asistencialismo. Y el asistencialismo engendra dependencia.

Ha sido muy cínico cerrar los centros psiquiátricos y lanzar a las calles a enfermos mentales que deberían de estar acogidos en adecuadas residencias de salud. Los voluntarios deberían atender a esos excluidos mientras avisan a la administración para que se haga cargo de ellos. Lo mismo sucede en las prisiones, o con los inmigrantes, con ancianos que viven solos, con enfermos terminales, con drogodependientes o con cualquier marginado en donde se detecte una injusticia social, al tiempo que se busque el medio de remediarla. No podemos contentarnos con acompañar al marginado en su soledad y desgracia; esa conducta podría ocultar algún desequilibrio que confundiera sujeto con objeto, o alguna oculta transferencia.
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