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Etiquetas:   Columna de opinión   -   Sección:   Opinión

Estatut, bien; lo demás, mal

Fernando Jáuregui
Redacción
jueves, 10 de agosto de 2006, 09:07 h (CET)
Reconozco que no hay muchos españoles que afirmen abiertamente que la 'operación Estatut de Catalunya' ha salido bien. Bien, a pesar de Zapatero el improvisador, de Maragall el caótico y contradictorio; bien, pese a Mas (y más) el oportunista, pese a Duran i Lleida el ambicioso, pese a los de Esquerra, que han sido los obstaculizadores del proceso. Pese al PP del 'no a todo'. Bien: ahora que ha entrado en vigor, hay que decir que el Estatut de autonomía de Catalunya ha venido a llenar un hueco, a tapar agujeros --no es lo mismo--, a cerrar bocas y a alimentar algunas ansias. Una enorme jugada política para un Zapatero que ha arriesgado enormes dosis de valor, aunque esta operación haya tenido muy poco de inteligente estrategia política.

Ahora que todo ha concluido, cabe decir que resulta increíble que un aventurero político de la talla de Zapatero tenga tanta suerte. Podría haber sido una catástrofe, pero lo cierto y verdad es que ha sido un éxito. Cataluña tiene ahora un Estatuto de autonomía básicamente constitucional --a reserva de que el Tribunal le dé algún varapalo puntual--, que contenta al menos a socialistas, comunistas renovados y, sobre todo, a los nacionalistas moderados, que son los que más escaños consiguen casi siempre y los que probablemente ganen las próximas elecciones autonómicas. Unos nacionalistas que van a aparcar durante años sus reivindicaciones de mayor autogobierno y hasta de soberanismos de una u otra calaña. Y que, encima, se van a convertir en socios de Zapatero en el Parlamento nacional.

Por si ello fuera poco, ZP ha logrado, con su pacto subterráneo con CiU, situar a Esquerra Republicana en el lugar de donde nunca debió salir, es decir, en la oposición (bastante ha crispado los ánimos cuando co-gobernó). Y Zapatero ha conseguido alejar a Maragall de las aspiraciones a la presidencia de la Generalitat, lugar en el que ha creado el caos y la confusión más absolutos durante esta Legislatura. Es decir, Zapatero ha cedido de hecho la jefatura política de Cataluña a los nacionalistas, pero estos han debido pagar un enorme precio político a cambio.

Hay más: el presidente del Gobierno central ha celebrado ya, de hecho, el referéndum de autodeterminación en Cataluña, sin que nadie lo llame tal y sin que los más radicales se hayan apenas apercibido de lo que ocurre: fue el pasado 18 de junio, cuando, con todas las bendiciones constitucionales en la mano, se celebró el referéndum para aprobar el nuevo Estatut. Salió, aunque con escasa participación, el 'sí. ¿Quién se atrevería a pedir ahora un nuevo referéndum de autodeterminación?

Dígame usted dónde están el fracaso, el riesgo de ruptura de España, tan denunciado por sectores de la oposición. Es cierto que, cuando comenzó a enredarse la madeja, Zapatero ni siquiera podía prever de lejos el resultado (ahora dicen sus portavoces que sí, que todo estaba calculado y bien calculado. Pero no es cierto). Luego, cambiar de opinión es de sabios, ZP olvidó aquello de que 'aceptaremos lo que venga del Parlament', rompió alianzas fraternales con ERC (e hizo muy bien. La política es eso, también eso), se deshizo de ese Maragal, que a él antes le había apoyado y completó la faena hermanándose con Artur Mas. Que, por cierto, ahora dice que el PSC cuenta con el apoyo incondicional a Montilla desde la Moncloa, por lo que Zapatero también le ha traicionado a él, o al menos así lo siente el candidato nacionalista, que creyó que el presidente del Gobierno central le garantizaba la victoria, porque él no apoyaría al aspirante a suceder a Maragall por el bando socialista. Y ahora parece que sí, que ZP hará lo posible para que Montilla le gane las elecciones a Mas, cosa lógica por otra parte.

No sé si esta última traición en el dramón que nos ocupa es cierta, tal y como Mas va denunciándola semi-públicamente, pero la verdad es que Zapatero ha demostrado cualidades más que sobradas para la intriga y para descolocar a todas las restantes fuerzas políticas, comenzando por un Partido Popular que no se ha enterado de por dónde le viene el aire. A mí, como persona y como periodista, tanta maniobra zapateril me disgusta. Como español, no me queda otro remedio que desear un final semejante para el eterno problema vasco. Y puede que ZP intente repetir en Euskadi una jugada que tan bien le ha salido en Cataluña, digan lo que digan.

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