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Opinión
Etiquetas:   Disyuntivas  

Autoridades

Tampoco conviene el inmovilismo radical, conduce sin remisión a la atrofia progresiva
Rafael Pérez Ortolá
viernes, 28 de junio de 2013, 06:56 h (CET)
En la actualidad, las PALABRAS suelen estar muy baqueteadas, en sus diversos usos hemos tergiversado sus significados sin ningún miramiento; hasta el extremo de una desfiguración evidente en el empleo de muchos términos y definiciones. Tampoco conviene el inmovilismo radical, conduce sin remisión a la atrofia progresiva. Precisamos de un mínimo equilibrio, si es que pretendemos algún entendimiento en los diálogos; siempre que estos no hayan desaparecido, si eso sucediera, las aplicaciones perderían su razón de ser.

Algo de esto ocurre con la AUTORIDAD. De qué autoridad hablamos, si es merecedora de confianza, basada o no en fundamentos falsificados, o representante de una mera parafernalia al servicio de turbios intereses. Con un poco de atención, detectaremos indicios y certezas, que perfilen la consistencia de las pretendidas autoridades. La intuición nos adelanta que surgirán matices de orientaciones encontradas y con las correspondientes aplicaciones, coherentes o incongruentes.

Confiere un carácter de superioridad y de gobierno sobre otras personas, sobre bienes diversos; por lo que resulta natural la inquietud sobre su procedencia. El origen de su rango es determinante, hay que pensar en el AUTOR de los supuestos méritos, en la manera de adquirirlos. Su ostentación puede derivar de conductas previas engañosas, en muchos casos son producto de actos inmorales, de la corrupción o del delito; de ahí, que nos escamoteen esos datos. La apariencia respetable miente con demasiada frecuencia para que descuidemos el examen de sus andanzas verdaderas; es insuficiente la tapadera del cargo, la cuota de pantalla o la vestimenta, para otorgarles prestigio. De esa manera comprobaremos, una vez conocidos los precedentes, como grandes prebostes y mandarines, no pasan de engañabobos.

En el caso de que sólo atendamos a la potestad para el desarrollo de una actividad enfocada hacia el resto de ciudadanos, hablaremos de una justificación pobretona; la autoridad vendría otorgada por un PODER –político, económico, administrativo o arbitrario- llegado desde fuera al ejecutor del mismo. Mientras no se tengan en cuenta otras cualidades de quienes lleven a cabo las acciones; y sobre todo, no aporten estos su disposición a realizarlas con diligencia, el poder a secas, más o menos delegado, adolecerá de una frialdad que echa por tierra las mejores esperanzas. La fuerza de un poder aislado nos aboca a insatisfacciones, corruptelas y desvaríos.

Como consecuencia de la frialdad en el ejercicio de los diferentes poderes (Públicos, privados, institucionales), sobrevienen las figuras de ciertos MANDATOS curiosos, esa especie de cargos intermediarios entre el público y los verdaderos poderosos. Estos últimos suelen permanecer inaccesibles, enrocados en sus torreones paradisíacos. El colocado en el puesto de mando es un servidor. Y, desde ambos al ciudadano común, las barreras invisibles son efectivas. Esta última deformación surge también cuando quieren hacernos creer que el poder viene del pueblo. El voto tiene las espaldas muy anchas. Son utilizados para mandatos que tienden al aislamiento con respecto al pueblo llano. No nos equivoquemos, casi siempre las fuentes del mandato son las mismas.

En estos tiempos de las redes informáticas que parecen de un alcance ilimitado, todos los datos están disponibles, al menos en teoría. Las reuniones multidisciplinares o la abundancia de expertos, completan el panorama. Estamos sometidos a otro tipo de autoritarismo abusivo por exceso de CONOCIMIENTO. El progreso acumulativo lo tenemos muy a la vista, no conseguimos acoger ni una mínima porción de sus contenidos.

En paralelo, siempre hay redes o gente que alardean de disponer de mayores informaciones. La inconveniencia o los abusos derivan de una idea conocida, aunque disimulada de forma capciosa u olvidada por la NECEDAD de los receptores. El conocimiento ha de servir para la mejoría de las formas de vida, de lo contrario es un arma peligrosa ¿En manos de quién? Su buena asimilación es la que le confiere autoridad.

En la observación pormenorizada de aquellas personas que nos son presentadas como prestigiosas, tanto como para suponerles un poder para el encauzamiento de las andanzas de quienes no estamos a su nivel; pronto percibimos, que el mérito y la ostentación discurren por caminos disparejos. Una cosa es achacarles, en una especie de RÓTULO, unos pretendidos poderes y magisterios, pero ¿Los poseen en realidad? El interrogante acecha a cualquier sujeto, pero también a los componentes de la realeza, políticos de largo recorrido en sus pedestales, altos cargos universitarios o gestores de áreas próximas ala ciudadanía.

Con la simplicidad de dichos esquemas, el Rey, el elegido, el director, los rectores, sus parientes, etc.; nos dificultan la verdadera comprensión del asunto, ni entendemos la verdadera consistencia de los cargos ni su misión. Y con muchas trabas, su relación con las consecuencias derivadas de sus desempeños. Debido a que permanecen silenciadas las MÚLTIPLES VÍAS conducentes a la simpleza engañosa del rótulo y de sus títulos. ¿Por dónde medran sus intereses económicos? ¿Cuál será para ellos el significado de las palabras? ¿El orden de sus fines está declarado? ¿En qué medida sus prebendas provienen directamente de su destino divino? O bien, sus recursos y circunstancias no debieran distanciarles tanto del resto de los mortales.

Precisamente, uno pensaría que si algún fundamento confiere cierta autoridad para diferentes ocupaciones y conocimientos, debería estar concentrado en la ADAPTACIÓN existencial, en su doble sentido característico. En relación con las realidades cósmicas, de los contactos cercanos o de las lejanías brumosas, como interlocutores obligados al entendimiento. Y en relación con los demás individuos de la especie, sin el recurso de los privilegios injustificados. Trataríamos con unos ajustes dinámicos, que van en contra de los cotos cerrados y las excesivas prebendas sectarias. Sin embargo, la franqueza es un bien en pleno viaje hacia la extinción y con su pérdida, renunciamos a gran cantidad de aportaciones.

Ustedes qué dirían, conviene que las diversas autoridades sigan las directrices de las variables humanas sin sobrepasar las características de la especie; o por el contrario, establecida una autoridad en alguna materia o circunstancia, debe ser al revés, los hombres debieran plegarse a sus indicaciones. Por fortuna, la respuesta única no existe, pronto hubiera pasado a manos de los espabilados. En unos cabolos como los que paseamos por ahí, me pregunto si bullirán suficientes gramos de razón para el logro de equilibrios entre las partes citadas.

Las mentalidades difieren, los ritmos de cada agrupación social no son idénticos y cada oportunidad abre la espita a muchas opciones coherentes. A la autoridad que se precie, para mantener su rango, debe entrarle en sus núcleos decisorios la esencia participativa de las personas; o eso, o no habrá autoridad que valga.
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