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Etiquetas:   Columna de opinión   -   Sección:   Opinión

Cien, mil y un millón

José Cavero
Redacción
jueves, 10 de agosto de 2006, 09:08 h (CET)
Cuando está a punto de cumplirse el primer mes de la guerra desencadenada entre Israel y el Líbano por causa de dos soldados israelíes retenidos por Hezbola, el balance del que nos hablan los medios informativos es desolador, pero también resulta, en todo caso, expresivo de en qué medida puede complicarse un problema, o en qué medida las autoridades e instituciones internacionales, incluso las teóricamente más poderosas, se manifiestan impotentes o ineficaces, en el mejor de los casos, o acaso indiferentes o insuficientemente activas ante lo que sucede en esta clase de conflictos entre dos países vecinos.

Las tres cifras que se destacan resultan rotundas y reveladora de la desproporción ante la que nos hallamos: Cien son los israelíes muertos; mil los libaneses muertos, y un millón los ciudadanos desplazados. Resulta evidente quién se está llevando la peor parte, mientras empiezan a discutirse los términos de la resolución que, bendecida por Estados Unidos y la ONU, pudiera poner final, siquiera de momento, a los enfrentamientos que asolan Líbano. Siempre hay víctimas en ambos campos, pero también esta vez resulta reveladora y escandalosa la desproporción: Por cada víctima que producen las milicias sus adversarios registran diez bajas en el bando propio, y por cada una de las víctimas israelíes hay diez mil ciudadanos libaneses sin casa, sin hogar, sin residencia, en busca de un nuevo lugar en el mundo en el que, a ser posible, puedan volver a vivir en paz y sin bombardeos.

Discuten los gobiernos las propuestas de Francia y Estados Unidos mientras la conciencia de cada ciudadano se ve vapuleada por las fotografías de la ciudad víctima y de los niños víctimas. ¿Cuenta algo, sirve para algo la reclamación de los ciudadanos de todo el mundo? Sin duda, es lo que está forzando a unos y a otros a llegar a alguna clase de entendimiento para que se vuelve a la situación anterior de no-guerra, cuando el emperador Bush proclamó, sin dejar de masticar lo que comía, durante la cumbre del G-8 en San Petersburgo, que se permitiera continuar la pelea hasta terminar "con la mierda esa de Hezbola". De parecida forma lo señaló días más tarde su secretaria de Estado, Condoleezza Rice, que fue garantizar al Gobierno israelí que tenía por delante unas cuantas semanas para seguir atizando y, ojalá, exterminar al enemigo.

Dicen los analistas que a todos está sorprendiendo la resistencia de las milicias. Pero, sobre todo, lo que a nadie sorprende, ni moviliza suficientemente, es el encaje de la población civil, la carne de cañón -o de misiles- de cada guerra...

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