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Etiquetas:   Pensatientos de un hombre o medio   -   Sección:   Opinión

Nostalgia

Sandra García

miércoles, 9 de agosto de 2006, 23:55 h (CET)
Madrid, Agosto. Con reparo miro el reloj. Se acerca la hora de salir de la oficina y enfrentarse con la realidad: 42 malditos grados. Parece mentira, pero no me importaría quedarme aquí un poco más junto al aire acondicionado. Un momento, esto no lo he dicho en alto ¿verdad?, que mi jefe se agarra a un clavo ardiendo. Por un momento mi mente se dispersa y se pone a viajar , aunque esta vez no se va con Pamela Anderson, no, esta vez mi cabeza se plaga de nostalgia y acude a tiempos más felices y sobre todo temperaturas más livianas: mi mente vuelve al pueblo, como Labordeta. Y es que digan lo que digan aquello es vida. Esa tranquilidad, ese remanso de paz, esos colores, ese olor tan característico…bueno, el olor no, porque la verdad es que mi pueblo huele un poco como a abono, ya saben, es un lugar rústico, campestre, las vaquitas… La verdad, apesta a moñiga. Pero eso es lo de menos. Lo importante son sus gentes. Gente llana, sencilla. Todos bien avenidos, bueno, salvo el Gervasio y el Justino, que acabaron a palos por aquél pozo que luego resultó ser del ayuntamiento y lo cerraron. Cómo lloraba el Gervasio, no se sabía si era por el pozo o porque el Justino le había arrancado una oreja en la trifulca. Pero esto no es lo normal, lo normal es que los paisanos se entiendan hablando. Al menos entre ellos, porque al que viene de fuera le es imposible. Y es que allí son muy dados a hablar con refranes. Por ejemplo una conversación normal entre dos paisanos puede ser algo así:

PAISANO 1: ¿Qué?
PAISANO 2: Nada, aquí, ya sabes, a río revuelto…
PAISANO 1: ¿Y qué vas a hacer? El que quiere peces...
PAISANO 2: Ya. Pero no por mucho madrugar...
PAISANO 1: Sí ya se lo he dicho a mi parienta, el que mucho abarca…
PAISANO 2: Pues eso. Me voy que más vale pájaro en mano...
PAISANO 1: ¡Hala pues adiós!

Y ya está. Todo esto ocurre en la tienda de la tía Socorro, que allí le llaman el Corte Inglés, porque tiene de todo. Lo mismo encuentras chubasqueros que muñecas chochonas. Ahora eso sí, estás perdido el día que no tiene lo que tu buscas, porque ese día gastas el doble. Que vas a por un poco de harina y no tiene, pues te ofrece en lugar de eso unos patines y un trozo de remolacha. Y al final te lo acabas llevando, por no hacerle el feo. Recuerdo un año que me faltaban dos figuritas en el Belén: la virgen y San José. Pues como no las tenía acabó convenciéndome de que ese año lo que se llevaba era poner pitufos en los belenes. Y los puse. La verdad, quedaba muy raro el niño Jesús entre la pitufina y el pitufo gruñón. Buena gente, la tía Socorro. Y su marido, el tío Valentín, que en la parte de atrás tiene la tasca. Fíjense si tiene buen fondo que mezcla las botellas de vino con agua para que no nos sienten mal. Claro, así acabamos bebiendo el doble, como nunca te mareas… Y ese queso de tapa, que siempre pensé que era un queso picón, pero que resulta que el picor se debe a que está caducado. Recuerdo un día que un forastero le preguntó por las ruinas romanas que hay a un par de kilómetros del pueblo y él dijo: “Eso no vale nada, está todo muy deteriorado, casi destruido, todo por el suelo, aunque si te gustan las piedras…” ¡Será cachondo…!

O la tía Lola, una mujer con un par de…bueno, toda una mujer. Esa sí que tiene facilidad de palabra. Un día nos contaba lo que le había dicho al médico: “Oiga usted, esta “hostia de pórtesis” que me ha puesto en la rodilla me “preta” y me “prime”. Y ni las “indiciones” me hacen nada. Con las “cársulas” me ha subido el “cloresterol” y “me se” pone un dolor aquí en el “testino” que “pa qué”.

Se pueden hacer una idea de la cara del médico. Aunque supongo que ya debe estar acostumbrado, porque el difunto marido, el de Lola, claro, cuando acudía a él siempre le decía: “Bajo su humilde opinión, doctor…¿qué es lo que tengo?” Imagínense, llamar humilde nada más ni nada menos que a un médico. ¡Pobre Renato! (Así se llamaba, no el médico, sino el difunto) Era un hombre peculiar. Hasta para morirse fue original. Porque resulta que lo hizo de repente, y como no dio tiempo de organizarlo, pues no había ataud de su medida. Total, que le agenciaron uno más pequeño y cuando lo llevaban a hombros se le iban saliendo las piernas. Fue todo un espectáculo. La viuda, o sea, Lola, no sabía si llorar o reír. Pero lo peor fue cuando empezó a llover torrencialmente, como no lo había hecho nunca, y fue imposible enterrar al muerto, ya que el ataud flotaba. Lola decía: “Este hostia de hombre me va a joder hasta el último día”. Y es que ella es muy cariñosa. Como todos los de allí.

Por eso yo muchas veces como hoy, siento esa nostalgia de mi pueblo, y si no fuera porque las circunstancias me lo impiden yo incluso viviría allí. Porque en el fondo yo también soy como ellos, sencillo, llano. Y me tira el pueblo, ¡qué carajo! Además allí está mi madre, a la que tengo tan abandonada, muy a mi pesar. Si yo pudiera…

Perdonen un momento, me llama mi mujer por teléfono: “Sí, cariño. ¿Que ha llamado mi madre? ¡Qué casualidad, ¿verdad?, lo que es la vida. ¿Qué dice? ¿Que si vamos a ir este verano? Pero ¿no le has dicho que nos es imposible? Sabes que tengo ya los billetes para Cancún desde hace meses. No, no. Dile que a lo mejor en Navidad. Ya veremos, si no hace mucho frío, que ya sabes que allí nos helamos...”

¿Por dónde iba? Ah, sí, el pueblo...

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