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ONU: la impotencia mata

Piotr Nikolski
Redacción
martes, 8 de agosto de 2006, 21:38 h (CET)
La actual guerra en Oriente Próximo ha vuelto a confirmar lo evidente: la Organización de las Naciones Unidas ha caducado, está enferma e impotente, y esa impotencia es mortalmente peligrosa para la paz. Desde hace tiempo se debate la necesidad de reformar este organismo internacional en el sentido de imprimirle un nuevo impulso, pero hasta hoy no se ha hecho nada. Lo único que puede hacer esa organización burocratizada hasta la médula, llamada a mantener la paz, es el papel de la Cruz Roja, y además de manera muy precaria. Desde hace demasiados años, la ONU no hace nada para prevenir conflictos, ni buscarles solución: se limita a suministrar ayuda humanitaria a los siniestrados una vez aplacadas las pasiones.

Basta con recordar la tragedia en Ruanda donde, a causa de inacción de los burócratas de la ONU, murieron miles de personas. Después de aquello, la ONU publicó la resolución nº 912, donde el Consejo de Seguridad de la ONU “expresa profunda preocupación” en vista de la incapacidad de las partes de alcanzar la paz, “lamenta mucho” la muerte de muchas personas, otra vez “está profundamente preocupado” por la continuación de las operaciones militares en Ruanda, “condena” la violencia, cuyo final “exige” y, por último, “dispone no perder de vista la situación”. Es todo.

Con el mismo provecho podemos releer otras resoluciones referentes a “puntos calientes”: todas ellas son sólo declaraciones, puras declaraciones, es decir, no resuelven nada y permiten a los asesinos cometer homicidios y a los violentos, practicar actos de violencia.

La actual crisis mesoriental es un ejemplo clásico de la impotencia de la ONU. La resolución 1551 del Consejo de Seguridad, que estipula desarmar a los extremistas de Hezbolá, es un ejemplo típico de la limitación de su alcance. Según esa resolución, corresponde al Gobierno libanés desarmar a los extremistas y eso, a pesar de que en 2004, año de su aprobación, ya era evidente que la influencia de Hezbolá en el Líbano es tan fuerte que ninguna autoridad local puede cumplir esa resolución.

Más tarde, el Consejo observaba fríamente el suministro de armas al Líbano por parte de los países vecinos, armas destinadas a los extremistas y en cantidades tan ingentes que ni siquiera ahora, tras los intensos bombardeos a los que ha sido sometida por Israel, Hezbolá ha perdido la posibilidad de lanzar cien misiles al día (!) en dirección al territorio israelí. Dicho en otros términos, las premisas de la actual guerra en Oriente Próximo aparecieron con ayuda de la ONU, y por la actitud, muy principalmente y como es natural, de los miembros permanentes del Consejo de Seguridad.

Por otro lado, hay que decir bien alto que a lo largo de decenios la ONU no ha podido hacer nada por el pueblo palestino. Y si la comunidad internacional no mueve un dedo por desminar Oriente Próximo ¿qué pretensiones podrá presentar a palestinos e israelíes? Ellos buscan solución al conflicto a su manera: arma en mano.

Procede señalar que el desarme real de Hezbolá habría surtido mucho mayor efecto que todo ese ajetreo en torno a la Hoja de Ruta, porque no se podía hablar de paz en la región obviando los misiles que llegaban al Líbano en torrente continuo.

Indudablemente, es loable el deseo de la ONU de poner fin al derramamiento de sangre en Oriente Próximo, objetivo que hay que alcanzar a la mayor brevedad posible. Sin embargo, ahora es necesario conseguir no sólo el cese de bombardeos por parte de Israel, sino también determinar quién es responsable del desarme de Hezbolá. De lo contrario, al cabo de cierto tiempo el conflicto, sólo aparentemente neutralizado, podría reanudarse con mayor intensidad.

El Secretario General de la ONU, Kofi Annan, no descartó la posibilidad de que esa misión recaiga sobre la fuerza internacional de estabilización que se proyecta crear y emplazar en el Líbano. Pero el Consejo de Seguridad de la ONU no ha resuelto aún definitivamente ese problema; ni siquiera hay fecha para una reunión de ese organismo.

Como vemos, también ahora el aparato burocrático de la ONU trabaja lentamente, a duras penas, sin poder garantizar una solución positiva y efectiva. Y a quienes se hallan hoy bajo las bombas y misiles, lo único que les queda es su propia esperanza. Eso sí, que sepan que de nuevo los diplomáticos “están profundamente preocupados”, “lamentan mucho” y “no pierden de vista la situación”.

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Piotr Nikolski, para RIA Novosti.
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