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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

La V columna revolucionaria fruto de la política corrupta

“La revolución es una época de histriones. Todos los gritos sirven, todas las necedades tienen valor, todos los pedantes alcanzan un pedestal”, Pio Baroja
Miguel Massanet
lunes, 24 de junio de 2013, 08:23 h (CET)
Es posible que, en estos tiempos en los que nos desenvolvemos, se esté dando un fenómeno, que no queda, por supuesto, reducido a un solo país, a un determinado continente o a unos específicos sistemas de gobierno, sino que se ha convertido en una enfermedad endémica que afecta por igual y se contagia con parecida virulencia a distintos colectivos nacionales que, de pronto, por cualquier nimio incidente, entra en efervescencia, mueve masas y enciende los ánimos de la población sin que, en realidad, se sepa cuáles son exactamente las causas que producen tal reacción ni el porqué de que ésta se produce en un determinado momento y no en otro.

Debido a la acción de experimentados, bien entrenados, elocuentes, demagogos, ubicuos y convenientemente motivados agitadores, se consigue que una población pacífica entre en fase revolucionaria, levantándose en contra del poder constituido. Sin duda que se dan, en estos casos, conflictos de intereses políticos, económicos, financieros o simplemente sociales que dan lugar a que, determinadas fuerzas ocultas que se mueven en los backstage de la política, manejen los hilos de estos grupos, bien entrenados y organizados, que se mueven a sus anchas entre las multitudes mal informadas y fáciles de manejar, sabiendo tocar la fibra sentimental y los tópicos comunes que atribuyen a los poderosos todas las culpas de lo malo que les ocurre sin entrar en más disquisiciones ni mayores explicaciones que pudieran poner en peligro tan extremistas teorías.

Últimamente, estos conatos rebeldes parece que se están extendiendo por distintas partes del llamado mundo civilizado de modo que, tanto observemos como, en Turquía, por una simple cuestión de la remodelación de un parque, se inicia una revuelta que alcanza proporciones desmedidas que persisten, a pesar de que las autoridades que las ocasionaron con sus decisiones, ya han anunciado que no se llevará a cabo la reforma causante del alboroto; como, siguiendo su ejemplo, en el Brasil, una nación en pleno auge económico y con un gobierno de izquierdas dirigido por Dilma Rouseff, sucesora de Lula da Silva, un presidente revolucionario que supo mantener a su nación fuera de los extremismos, que tanto daño les están haciendo a Venezuela, Bolivia y Nicaragua, especialmente en lo referente a su enfrentamiento con los EE.UU de América.; otras turbas se han apoderado de las calles con la excusa de la Copa de Confederaciones, un evento que, aparte de opiniones interesadas en desprestigiarlo, sin duda va a proporcionar, a los brasileños, fuertes ganancias económicas debido al turismo, la propaganda que, para la nación, supone un evento cuya proyección internacional es evidente o la inyección de divisas que, sin duda, habrá supuesto la celebración de semejante acontecimiento, tanto para el comercio brasileño como para el Erario público.

Lo evidente, como también hemos podido observar en la revolución siria en contra de Al Assad y, en forma menos dramática, pero igualmente persistente y perfectamente organizada, por las izquierdas de nuestro país, empeñadas en ocupar las calles y extender por todo el territorio nacional la especie de que, el Gobierno, refrendado por una sobrada mayoría en las urnas, carece de autoridad para gobernar, la que, al parecer, quieren atribuirse estas minorías que salen a las calles para intentar derrocarlo, desde fuera del Parlamento. Lo malo de todos estos movimientos, como se ha demostrado en la famosa “Primavera árabe”, ha sido que, detrás de esta fachada de buenos propósitos, este aparente deseo de transformar la sociedad actual en otra mejor y más igualitaria, no existe, en realidad, un proyecto viable, una propuesta razonable y un plan social, económico y financiero que sea capaz de respaldar todas aquellas promesas de bienestar para todos, de reparto de la riqueza y de mantener una nueva sociedad que sea, a la vez que solidaria e igualitaria, sostenible; algo que, al parecer, todavía no han conseguido demostrar todos aquellos que buscan el caos como medio de reinstaurar un tipo de comunismo nostálgico, al estilo de aquel que buscaban los hippies americanos como reacción a la fallida guerra del Vietnam. Pasó el tiempo y ya nada queda de aquellos melenudos que, hoy en día, sesudos ciudadanos, forman parte, como cualquier otro norteamericano, de la sociedad capitalista de Wall Streat.

Sin embargo, no se puede ignorar que existen unas razones, unas realidades indubitables, unas evidencias abrumadoras de que, paralelamente a estos movimientos sindicales y seudo revolucionarios, se dan, en una gran parte de quienes ostentan las responsabilidades del gobierno de las naciones; de las instituciones públicas y del mismo estamento judicial de las naciones, más que demostrados casos de corrupción que, en algunos casos, alcanzan proporciones desmesuradas y que, a ojos de los ciudadanos que están padeciendo situaciones de agobio, recortes y, en muchos casos, de carencia de trabajo; no hay duda que levantan ampollas, causan indignación y provocan la natural desconfianza hacia aquellos que prometieron un gobierno limpio y ejemplar y, por mucho que se quiera justificar, lo que se descubre es que, una parte importante de nuestros políticos y los de estas naciones que están sufriendo el azote de la miseria, no son dignos de confianza, por ser culpables de robar, malversar, dilapidar y desviar dineros destinados a mejorar el bienestar de la ciudadanía, para encauzarlos hacia destinos distintos a aquellos para los que debieran haber sido utilizados. Dineros procedentes de los impuestos de los ciudadanos que no han servido para otra cosa que para que, unos sinvergüenzas aprovechados, se hayan enriquecido a costa de la pobreza de otros.

Algunos debieran meditar a cerca de este binomio de circunstancias que, peligrosamente, se van produciendo al alimón, como si la llama corriera muy cerca de la yesca, con el peligro latente de que, en cualquier momento, una u otra se encuentren y se produzca la gran deflagración, capaz de hacer tambalear los cimientos de la sociedad; con el peligro de que, como ha sucedido en tantas otras ocasiones en las que, sujetos mesiánicos, han ofrecido la regeneración de la sociedad mediante la eliminación de aquellos que, según ellos, han sido los culpables de la miseria u opresión de otros, para acabar ocupando el puesto de aquellos a los que criticaban, convirtiendo lo que fue una sociedad capitalista en otra dictadura, sólo que, en esta ocasión, sometiendo al totalitarismo y al absolutismo de regímenes izquierdistas que pretenden decir a los ciudadanos como vivir, como divertirse, como pensar, como comportarse, lo que han de creer y a lo que deben dedicarse. El clásico sistema del Gran Hermano del gran escritor Orwell. Desgraciadamente, ya existen precedentes en la historia de la Humanidad que dejan claro cual es el resultado de tales experimentos. Dos ejemplos: el stalinismo soviético ruso y el nepotismo criminal exterminador de Pol Pot.

Mal iremos si, quienes nos gobiernan, no toman en consideración y no ponen remedio a las causas que laten debajo de estos movimientos, manejados y magnificados por los agitadores profesionales, pero que, sin duda, están basados en un descontento latente en unas sociedades cansadas de ser la eternas perdedoras, mientras observan con rabia como alguien se enriquece ilegalmente con plena impunidad. O así es, señores, como veo yo este melting pot internacional de tan difícil solución.
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