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Etiquetas:   Columna de opinión   -   Sección:   Opinión

El terrorismo de fuego

José Cavero
Redacción
martes, 8 de agosto de 2006, 09:22 h (CET)
Aunque las advertencias sobre el proceso de negociación con ETA-Batasuna no cesan, particularmente desde el bando abertzale, que cada día parece querer conquistar nuevos propósitos en su diálogo, y que acaba sistemáticamente en la reclamación de la meta de la autodeterminación y de la completa Euskal Herría española, francesa y Navarra, sin embargo, es un hecho cierto que se comprueba en cada encuesta que el terrorismo etarra, siquiera de momento, ha pasado a ocupar un nivel de preocupación "menor". No es menos cierto que en cualquier momento, y ésa es también la impresión dominante, se podría volver a modificar el orden de esa relación de cuestiones de la mayor preocupación. Pero, de momento, hay otras cuestiones en los lugares preferentes: el paro, la marcha de la economía, los inmigrantes. Y posiblemente dos "fenómenos terroristas" de preocupación también creciente: el terrorismo doméstico, también llamado violencia de género, que de año en año "cosecha" una cifra espectacular e inadmisible de víctimas, y el terrorismo de fuego de cada verano por estas fechas, que es recuente que tenga en Galicia un lugar preferente.

Ahora mismo, en estos últimos días, el número de incendios forestales en la región noroeste de España llega a ser alarmante, y es, desde luego, tan "cuestión de Estado" como lo es la invasión de Canarias por cayucos llenos de subsaharianos, o como lo es que se produzca una sol agresión física entre integrantes de una pareja legal o de hecho, tanto da. Algo hay de enfermedad mental, de desequilibrio de alguna especie, en toda clase de terrorismo, y estos también. Y cabe dudar sobre la posibilidad de remedio, redención o arrepentimiento en algunas de cualquiera de estas variadas formas.

Cada una de estas clases de terrorismo son odiosas por sí mismas y por sus efectos y secuelas. Privar de la vida es, en todo caso y situación, inexcusable e injustificable. Pero es que, en todas las situaciones, queda una pavorosa huella de víctimas y otras secuelas sociales. En el terrorismo del fuego, también. ¿Qué propósitos inconfesables o qué móviles tiene el pirómano, a menudo convertido en asesino? Parece que puede haber "razones" económicas traducibles en planes de urbanizaciones futuras, que ven "despejado el campo".

A evitar esa clase de excusas se han dirigido las legislaciones que impiden que los campos o bosques que ardieron puedan ser urbanizables en varias décadas. O se salta esa ley o será preciso investigar más profundamente en los móviles de esta clase de crímenes tan usuales y, a menudo, homicidas.

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