|
Así somos, ni más ni menos
Pelayo López
Ya estamos en agosto, el mes más veraniego de todos, en el que la mayoría de los españoles disfrutan de sus respectivos periodos vacacionales. Antes de nada, dividámonos los “agosteros” en cuatro categorías o perfiles, según nuestra situación en este mes: los que ya las han vivido en julio -y se han asentado de nuevo con mayor o menor dificultad a su vida diaria-, los que están todavía acostumbrándose a esos días más ociosos-en todos los sentidos-, los que optamos por otras fechas para disfrutarlas, y los que, peor todavía, según la Encuesta de Condiciones de Vida del Instituto Nacional de Estadística, no pueden permitirse unas vacaciones, que son casi el 45%.
Pues todos nosotros, independientemente de cuál sea el grupo en el que nos podamos ubicar, “disfrutaremos” de un panorama marcado por unos precios que, en general, han subido durante el mes de julio de manera ostensible. Con el carburante por las nubes –el gasoil superando el euro y la súper por encima del 1,25€-, resulta aún más oneroso para el bolsillo medio el hecho de que, entre los productos que más han subido, se encuentran alimentos recurrentes como el pollo, la patata, las lechugas, las peras o el aceite. Pero lo cierto es que, después de ponernos en situación, el motivo de estas frases es, aunque parezca extraño, hacer autocrítica, y espero que constructiva.
Sufridores de una realidad poco esperanzadora, los trabajadores del campo han estado repartiendo estos días, de manera totalmente gratuita, toneladas de frutas y verduras en varios puntos de nuestra geografía. Seguramente todos conocen el refrán de “a caballo regalado, no le mires el dentado”, pues creo percibir que ya intuyen de qué les voy a hablar. Sí, así es. Fíjense cómo somos, nos quejamos hasta de eso. Que si no me gusta esa fruta, que si le han dado más verduras al de enfrente… No tenemos remedio. Unos actuando de manera ejemplar para reclamar la mejora en su vida diaria –está de más, supongo, recordar una vez más que hay productos cuyo precio de mercado es 1.000 veces superior al pagado al agricultor-, y otros, nosotros, no sé muy bien cómo definir nuestro comportamiento. Menudo inconformismo de medio pelo, luego, eso sí, sin pretender ser demagógico, disfrutamos con fiestas como “la tomatina”, en la que miles de toneladas de tomate se desperdician ante el clamor mundial por el hambre. Con todo esto queda claro, creo, que, tal y como refleja la balanza al peso, así somos, ni más ni menos.
|