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Etiquetas:   Literatura por entregas   -   Sección:   Libros

El Principado de la Fortuna/Capítulo X (2ª parte)

Puerto de Santa María
Carlos Ortiz de Zárate
miércoles, 19 de junio de 2013, 09:00 h (CET)
El Principado de la Fortuna/Capítulo X (1ª parte)

La instalación en Puerto de Santa María fue de gran acierto y no solamente porque nos libraba de las furias de don Alonso de Hojeda, sino porque incrementó nuestra intimidad con el príncipe de la Fortuna y nuestras relaciones de negocio con el mismo. Compartíamos vivamente el sueño del principado de la Fortuna, pero éste estaba fuera del archipiélago canario cuya conquista definitiva ya estaba en la mente de los reyes de Castilla y en menor medida, en el de Portugal. Nos enteramos, sin sorpresa, de la escaramuza que protagonizaron las flotas de ambos reinos en el frustrado intento de conquistar la isla de Gran Canaria, en 1478. El principado que buscábamos estaba mucho más relacionado con la otra batalla que protagonizaron ambos reinos, el mismo año, en la famosa mina de oro de la costa atlántica de Guinea. No era el oro, contrariamente a los combatientes, lo que nos interesaba.

Sentíamos pena por la ceguera de los monarcas de la época. Los portugueses parecían haber perdido la agudeza de nuestro socio don Enrique el Navegante, que murió en 1460. Pese a ello, seguimos manteniendo clientelas en los enclaves que había fundado el Gran Maestre de la Orden de Cristo y la última sirve perfectamente nuestros intereses.

El negocio que iniciaran nuestros antepasados de apellido desconocido va viento en popa. Obtenemos las joyas que transitan por el Sahara, por los enclaves formados en las costas del océano hasta ahora desconocido y en las nuevas rutas venecianas que escrudiñan los recodos más lejanos. A Johanna le estorbaban los Lakkhoua, pensaba que sobraban las rutas caravaneras del Sahara. Isabella y yo consideramos que estos socios son nuestro broche de oro.

Nadie sabe, como lo hacen ellos, escoger exquisiteces y desde luego, nadie sabría formar a nuestras joyas humanas. Johanna, como los reyes, buscaba resultados contables. Mi querida y adorable esposa y yo asumimos gastos cuyos resultados tengan efectos más duraderos y así ha sido con los Sevilla, que crearon una marca por la que nuestros acaudalados clientes están dispuestos a pagar una fortuna. Esta es la razón por la que retomamos las excelentes relaciones que Johanna se había empecinado en romper, con los Lakkhoua.

Ahora nuestras comunicaciones toman otros rumbos y usan los enclaves controlados por la Orden de Cristo; a través de la última engarzamos nuestras sucursales y nuestros correos. No hay dama o caballero, en Roma, en Venecia, en Florencia o en Estambul que no luzca y (o) disfrute de los productos Sevilla.

Nuestras joyas humanas están colocadas en todas partes; en la Orden de Cristo, en el colegio cardenalicio, en las aristocracias y desde luego, en las casas de los cardenales Rodrigo Borja y Pedro Mendoza y del príncipe de la Fortuna.

Isabella, además de encanto y seducción, posee una inteligencia de la que no gozaba la desventurada Johanna y sabe llevarnos a todos a su terreno, hasta el punto que don Pedro y don Luis, la acusan de estar matándome por la lujuria.

En 1490 nos llegó don Cristóbal Colón, recomendado por la Orden de Cristo. Proponía una ruta directa a India que había propuesto, sin éxito alguno, al rey de Portugal. Mi esposa y yo no veíamos interés alguno; ya Venecia tenía acceso al continente buscado y nuestro producto es de un valor suficiente como para no sentirnos afectados por los costes del transporte. Tampoco entramos demasiado en esta procedencia, ya suficientemente presente en el mercado veneciano.

No fue de la misma opinión el príncipe de la Fortuna, quien parecía haber transportado su principado a los parajes del potencial descubrimiento. Era una locura auténtica, aunque disponía del capital suficiente, a tenor de los dos millones de maravedíes que se están gastando desde el 17 de abril pasado, cuando los reyes “Católicos” firmaran las Capitulaciones de Santa Fe, al objeto de atribuir al descubridor los títulos de almirante, gobernante y Virrey de las tierras que descubriera. Además del capital, teníamos y tenemos, en Puerto de Santa María, astilleros y la nao Santa María, la capitana de la expedición.

Nos costó mucho hacer caer a don Luis de su nube. De nada servían mis argumentos de que la Orden de Cristo no tenía intención alguna de participar en tal expedición. Ignoro cómo lo logró Isabella, prefiero no entrar en detalles, pero, sin que hubiera transcurrido un año desde la llegada de Colón, con ocasión de las bodas, en Sevilla, de la princesa Isabel de Castilla y Aragón con Alfonso, príncipe heredero de Portugal, el 3 de noviembre de 1490, el cardenal Mendoza presentó a la reina, en nombre de su sobrino, don Luis, el proyecto de Colón. Supongo que el primero había convencido al último de nuestros argumentos, puesto que ambos eran invitados de las bodas.

No nos salió gratis, desde luego y tuvimos, además, que contribuir en la expedición, pero “pelines a la mar”, porque la mayor implicación del príncipe de la Fortuna nos habría resultado mucho más cara.

La ambición y la disipación del tan querido y mimado, por los Sevilla y especialmente por Johanna, Rodrigo Borja, nos ha costado más de un disgusto. Recuerdo, aún con miedo, la que se montó, en 1485 cuando éste obtuvo de D Fernando de Aragón, el ducado de Gandía, para su hijo primogénito Pedro Luis. D Fernando estimaba que éste pertenecía al rey de Aragón y en efecto había sido heredado por su padre, don Juan, en 1433; pero el rey lo había legado a su primogénito Carlos de Viana, en 1439.

El príncipe de la Fortuna se consideraba, por su matrimonio con doña Ana de Navarra, el legítimo heredero del ducado y desde luego, nadie puede oponer argumentos a tales pretensiones. Johanna tuvo que hilar muy fino para evitar que don Luis contrariase al marido de Isabel o al poderoso cardenal Rodrigo Borja, quien había intervenido tan activamente en favor de este matrimonio. Los Mendoza se plantearon echarse al monte. Johanna logró que imperara lo que ella misma consideraba “sentido común” y que no se encendiera la mecha. Supongo que los implicados le estarán muy agradecidos en la actualidad.

Reconozco con orgullo las dotes de intriga de Johanna y dudo que Isabella hubiera podido resolver el conflicto que se presentó en la época, se diría que hubiera sido inevitable el motín de los Mendoza; Johanna logró que imperase el principio de que el campo estaba lo suficientemente bien abonado como para sembrar y esperar buena cosecha.

Me asustan y mucho, los Borgia, como se hacen llamar en Roma y me asusta aún más la asociación entre estos y don Fernando de Aragón; el último casó a su prima, doña María Enríquez de Luna, con don Pedro Luis de Borgia.

Me consta que el cardenal Mendoza forma parte de este contubernio, pero los cortesanos son auténticas cajas de Pandora. César Borgia fue nombrado obispo de Pamplona cuando apenas había cumplido 17 años, en 1491. Cada vez me asusta más que los Borgia nos impliquen en sus intrigas.

No me afecta, realmente y al único de los hijos del cardenal que he conocido bastante bien es a Pedro Luis. Me parece buena gente, aunque no comprendo muy bien de qué va. He sabido por el Cardenal Mendoza que el papa ha abonado 5000 ducados por la compra de las tierras del ducado de Gandía, a los marqueses de Moya; don Andrés de Cabrera y doña Beatriz de Boadilla . El pobre no tuvo tiempo de gozar mucho de su ducado, elevado a la grandeza por el rey Fernando.

Se habló de su implicación en la guerra por la conquista de Granada y siquiera nos dio tiempo de vernos, murió de muerte natural, pero corrieron demasiados rumores. También don Pedro me ha informado que se proyecta, para muy pronto, la llegada del heredero del ducado y el enlace del mismo con la viuda de su hermano.

Johanna me enseñó a desconfiar de las muertes inexplicables que se producen en los entornos del rey Fernando , de los Borgia y sobre todo, de doña Beatriz. Yo creo que incluía la última por simples celos, puesto que es mujer que muestra su poderío, sea desde el poder que ejerció desde 1464 hasta 1480 o actualmente ejerciendo como marquesa de Moya, título que se le ha acordado para alejarla de la corte.

Siempre he pensado que el rey es la causa de la pérdida del poder de doña Beatriz, aunque corren rumores de que ambos monarcas hubieran recelado del poder militar que ellos mismos habían acordado a ésta y a su marido.

Sea como fuera, me sorprende que Rodrigo Borgia haya pagado estos 5000 ducados a los señores marqueses. Me afecta, porque los Borgia, el cardenal Mendoza y el príncipe de la Fortuna parecen haberme abandonado, cuando vuelvo a ser reo de los señores inquisidores, pese a haber invertido una fortuna para abandonar Sevilla y otra aún mayor, patrocinando la participación de don Luis en la aventura colombina. Johanna no lo hubiera hecho y yo tampoco, pero presentí que debía hacerlo.

He malvendido todas mis propiedades en Puerto de Santa María, aunque, al adelantarme a los hechos, he evitado el desastre. No importa, tengo la marca y el mercado; me he pagado, con creces, un pasaje, en una aventura que es posible no me lleve a ninguna parte, pero yo voy a salir de donde me señalan y me acusan. No podría resistir una repetición de mi amarga experiencia de Sevilla.

No tengo suficientes caudales para satisfacer las demandas de unos protectores cada vez más exigentes, son demasiado caros. Si los he tenido para que mis generosas aportaciones me aseguren comodidades dentro de un viaje precario.

No sueño con tierra concreta, solamente me gustaría encontrar un lugar donde no se me excluya. Yo no he hecho nada de lo que se me acusa. Sé por qué se me persigue y por esta razón me pregunto lo que me pregunto. Los marqueses de Moya tienen un precio que incluye los 5000 ducados que pagó Rodrigo Borgia para adentrar su estirpe en las Españas y también a los marqueses de Moya les ha interesado comprar mi s propiedades en Puerto de Santa María.

Isabella me ha dejado, supongo que me sigue queriendo, aunque estoy seguro de que no tanto como yo a ella. No pensaba ser capaz de querer tanto y echar tan en falta a alguien. La comprendo, ella es hija de cardenal y protegida de Inocencio VI. Se ha llevado todo lo que nos ha quedado, puesto que yo, como marrano, no tengo derecho a llevarme nada. Isabella sabe que mi nombre encabeza la lista de los inquisidores y que ya nadie podrá salvarme.

Yo puedo hacerlo embarcándome, como lo hacen otros de las listas. Podré desembarcar en alguno de nuestros enclaves y después Isabella me ayudará a encontrar un lugar seguro. No me promete acompañarme, echa demasiado en falta a Roma y su padre tiene planes mejores para ella. Ya no soy tan rico como Sus Reverencias esperaban de mí.

¡Qué mundo, dios, qué mundo! Ya no puedo mirar atrás y sigo esperando. Tengo una extraña inquietud de perderme en el legendario hundimiento del océano. Es absurdo, puesto que me apearé antes de abandonar el océano ya conocido.

No creo en el príncipe de la Fortuna, el cardenal Mendoza, los Borgia y siquiera en Isabella; es el amor de mi vida, me ha dado mucho y creo que ambos sabemos que ya no tenemos más que darnos. Cualquiera de ellos podría salvarme y no lo hace porque tiene intereses superiores a lo que yo podría darles.

Johanna me enseñó a hacer este cálculo y me consta que cualquiera de ellos tiene más que ganar con mi desaparición que con mi conservación; soy un hombre muerto y tengo la certeza de que no lograré sobrevivir ¿Para qué mantener una esperanza que, como insistía mi desgraciada madre, no sale en las cuentas.

Debería salir si se considerara… Vanidad de vanidades, el negocio puede continuar en mi ausencia, Isabella sabe llevarlo mejor que yo; viuda no sufriría de mi estigma, dispondría de buena dote y de un negocio muy rentable. Su padre el cardenal no tardará en encontrar para ella un esposo con el poder suficiente para defenderlos de la ambición desenfrenada de los Borgia. Isabella y su padre, el cardenal, saben hacer el cálculo para que su supervivencia sea rentable y está claro que la de mi suegro, cuya identidad desconozco no está en sus mejores tiempos.

Tampoco los judíos que mantienen su poder en estos tiempos tienen interés en arriesgar sus balances, sobre todo, cuando traicionarme podría mejorar éste. Mi última esperanza estaba en la Orden de Cristo, pero la he perdido desde las alianzas de los reyes “Católicos” con Portugal, que da una excelente tregua a sus enclaves en el Atlántico, mucho más pragmáticos que esta aventura en la que estoy embarcado.

Los únicos que me inspiran confianza son los Lakkhoua, pero nada o muy poco, pueden hacer por rescatarme antes de que llegue a un enclave en el que ellos tengan poder, pero, estoy seguro de que no llegaré, los Lakoua emparentados con los Sevilla sufren persecuciones similares a la mía y algunos ya han sido inmolados en Autos de Fe en Sevilla.

Felizmente , uno de los barcos que nos ha servido como enlace con los Lakkhoua zarpa mañana y el capitán, que me merece total confianza, me ha prometido hacerles llegar estas memorias. Nuestra salida está prevista para el próximo mes. Si mis presagios se cumplen, no lograré llegar a sitio alguno y necesito que, estos, al menos, conozcan mi versión de los hechos.

Tengo que apelar a los sentimientos para tomar consciencia de la razón de este empeño; no es, desde luego, la esperanza de una potencial salvación, que tengo asegurada si llego a alcanzar una escala con la que ellos tengan contactos. El único requisito es llegar, no necesito ser precedido por mensajes. Quiero cumplir las más puras tradiciones de los Sevilla, que siempre han dejado sus diarios y los libros contables. No podré cumplir con los últimos, que he tenido que quemar para evitar que cayeran en manos enemigas y que sirvan de argumentos en mi contra. Tampoco podré salvar gran parte de las memorias, me limitaré a enviar las de mis abuelo y padre, junto a las mías, el capitán dispone de muy poco espacio. He destruido el resto, por las razones ya expuestas.

¿Cómo he pedido ser tan ingenuo de creer al cardenal Mendoza o a doña Beatriz de Bobadilla cuando éstos me han asegurado que la reina Isabel no permitiría la activación, en Castilla de la Santísima Inquisición. No solamente lo ha hecho, sino que para más perjuicio a mi me persona, lo han hecho en Sevilla y lo han puesto en manos de mis mayores enemigos.

Yo no creo que ninguno de los tres quiera perjudicarme o quieran la Inquisición. Tampoco me parece que la quiera la reina de Castilla, que conserva sus judíos. Temo que el rey Fernando termina imponiendo sus “razones de Estado” por el simple hecho de que éste ha estado lo suficientemente rodeado de muertes poco explicables como para saber cimentar sólidamente su vida y desde luego, su asociación con los Borgia es uno de los puntales.

¿Qué más puedo explicar? Si lograra comprender el instinto de supervivencia de los señores marqueses de Moya podría avanzar en alternativas a la mía. ¿Por qué Fernando no puede con ellos y parece honrarlos con favores que incluyen los pagos de Rodrigo de Borgia para comprar las carreras de sus hijos? ¿Por qué Pedro Luis Borgia perdió la partida de su vida? ¿Hay que pensar en el rey Fernando, en intrigas de los Borgias, en otros intereses? ¿Por qué hacer participar a los marqueses de Moya, cuando Fernando no dudó en despojar al Príncipe de la Fortuna de su legítima herencia del ducado?.

Isabella no era capaz de ayudarme a encontrar respuesta, sin embargo conocía muy bien a los Borgia, especialmente a Pedro Luis. Lo que si tenía claro era que la participación de éste en la toma de Granada era una milonga; carecía de vocación de guerrero o de cardenal, aunque hubiera sido muy bueno en otros menesteres. Es claro que ambos conocemos la razón de su muerte: le habían puesto donde no podía estar y no supo defenderse.

No pienso que sea mi caso; estoy donde quiero estar, pero, tengo la certeza de haber visto los ojos de mi sentencia, bajo la apariencia de complicidad. He hecho una malísima inversión con mi patrocinio de este viaje, que engrosara la participación de los Mendoza, el cardenal y el príncipe de la Fortuna, que han sido nuestros intermediarios.

¿Para qué dar más vueltas, soy yo mismo quien ha armado mi daga asesina. Johanna no habría cometido este error. Me equivoco, se ha ido antes que yo…. Pero ¿Y si se hubiera ido para librarse de esta tortura, que corresponde más a lo que nos pintan como infierno?.
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