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Etiquetas:   Contar por no callar   -   Sección:   Opinión

Los veranos de antaño

Rafa Esteve-Casanova
Rafa Esteve-Casanova
@rafaesteve
sábado, 5 de agosto de 2006, 17:11 h (CET)
Como cada año con los primeros calores estivales vamos apercibiéndonos de que cada día que pasa es un día menos que nos queda de vida, aunque existen gentes que se ponen detrás del cristal y entonces observan el transcurrir del tiempo desde una visión optimista de la vida para llegar a la conclusión de que en realidad han vivido un día más. Al fin y al cabo tanto desde detrás como delante de ese cristal opaco que es la vida todas las visiones nos llevan a la misma consecuencia, la de que la vida en su inexorable caminar no se detiene y debemos vivirla intensamente en cada uno de sus momentos.

Es quizás durante el estío cuando la vida puede ser disfrutada con mayor intensidad, los días son más largos, incluso a veces parecen sobrepasar las veinticuatro horas, y las ganas de vivir son azuzadas y estimuladas por el calor y la visión de cuerpos juveniles escasamente arropados. El periodo estival ha sido durante todas las etapas de nuestra vida la que podríamos denominar estación para vivir, ha sido para muchos la época del esplendor en la hierba a pesar muchas veces del intenso calor ambiental.

Los veranos marcaron nuestra infancia con aquellos exámenes finales a los que llegábamos después de nocturnas veladas de insomnio estudiando las listas de los reyes godos, el teorema de Pitágoras o el misterio de la Santísima Trinidad. Después, una vez pasados los exámenes, venía aquel alegre vagabundear durante semanas por los campos, persiguiendo “parotets”, los de “bassa” grandes y azules eran los más codiciados, o bien cazando ranas por las acequias cercanas al “Clot de Vera” entonces todavía con aguas claras y sin contaminar. Era nuestro verano, un verano infantil que daría paso después a otras distracciones, a los primeros veranos de adolescencia con aquel primer despertar al sexo.

Llegaron más tarde los veranos de adolescencia que se mezclaron con los de nuestra primera juventud. Aquellos veranos en los que a las niñas de la pandilla comenzaron a prohibirles seguir jugando con nosotros como hasta la fecha lo habían hecho y en los que nosotros comenzamos a mirarlas y a tocarlas, si se dejaban, de una manera diferente a como hasta entonces lo habíamos hecho. Despertábamos a la vida, unos y otros, y ya comenzaban a poner trabas a nuestra libertad.

Llegarían los veranos en los que nuestro “hobby” era el intento de ligue con las primeras extranjeras que comenzaban a llegar a nuestras playas, francesas sobre todo, ya que las suecas además de ser un mito tópico no se dejaban caer por las costas valencianas, iban a Marbella o Torremolinos. Hay que reconocer que muchos aprobamos nuestra “asignatura pendiente” haciendo el amor en francés un verano cualquiera.

Y ahora, cuando comenzamos a encanecer y algunos a criar barriguita cervecera , toda aquella generación a la que tantas cosas nos negaron vemos con alegría que los veranos actuales son mucho más libres que lo eran los nuestros. Ahora ya se puede con tranquilidad ver por todo nuestro litoral a las jóvenes y algunas menos jóvenes con los pechos tomando el sol alegremente, libres de tejidos ocultistas, incluso existe la posibilidad de tostarse íntegramente en las más o menos autorizadas playas nudistas existentes, y quizás lo único que actualmente nos hace añorar otros veranos sean las carreras ante los “maderos” al acudir a presenciar algún festival de rock. Antes, cuando nos perseguían los “grises” al menos era por un motivo más importante y tenía más mérito ya que lo que muchas veces nos jugábamos era la libertad.

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