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Etiquetas:   Columna de opinión   -   Sección:   Opinión

Todos fuimos castristas

Antonio Pérez Henares
Redacción
domingo, 6 de agosto de 2006, 11:55 h (CET)
Dicen que se va el caimán, que se va pa la barranquilla, que se muere y es de viejo, que tiene ya ochenta años y entonces nosotros descubrimos que nos hemos hecho muy mayores.

Todos fuimos castristas. En España por los 60 y los 70 hasta los chicos de la derecha, que era aquí azul y sotana, tenían en Cuba la coartada de que ellos podían también tener una pizca de sangre roja. Ellos y nosotros, eso si, aunque a ellos todavía mas, derivábamos mas hacía la barba del Che Guevara que era mas romántica, porque la de Castro era más ortodoxa y se la recortaba Breznev, que ya tenía caspa y dinosaurios. Para todas ellas, las chicas, Guevara ha sido el rojo más guapo de la historia, se ponían su boina en las tetas y las muy rojas - que entonces las había en las mejores familias de derechas y de partidos que llamaban al PCE traidor a la clase obrera- era con quien se permitían un desvarío erótico, aunque para consumar había que ponerse el pañuelo palestino al cuello, ese que ha vuelto a poner el otro día de moda progre Zapatero.

Guevara sigue teniendo tirón porque lo mataron muy a tiempo y con leyenda pero Castro se fue cayendo en la imaginería. A su revolución latina y musical, es la más y mejor cantada del mundo, le fueron saliendo socavones y le empezamos a ver goteras. La libertad no volvía a Cuba pero las putas regresaban al malecón de la Habana. El exilio empezaba a no ser cosa solo de "gusanos". A la revolución le asomaba rostro de carcelero y, para los que quisieron mirar, se hizo evidente que el sueño caminaba hacia la pesadilla. Cualquier brote innovador era segado, al general Ochoa, héroe popular y vencedor en Guito Canevale, la batalla ganada a los racistas sudafricanos que cambio el mapa de Africa, lo fusilaron en su isla en un confuso proceso de narcos donde lo que mas asomo fue la envidia y los recelos de Raúl, el hermanísimo.

El bloqueo americano seguía siendo excusa, pero menos; la caída de la URSS hizo que se cayeran a ellos los palos del sombrajo; podía seguir presumiendo de educación y médicos pero por los barrios escaseaba el pollo. La revolución se convertía en régimen y el caimán se comía a sus hijos, a sus hermanos y a sus primos. Pero entonces le salieron nietos por el continente y el abuelo vivió su enésima gloria con Chávez y con Evo viniendo a rendirle culto y enchufándole un oleoducto al uniforme verde para que recuperara el color oliva..

Pero nosotros ya habíamos dejado de ser castristas, aunque siempre quedaron y quedan los irreductibles y nunca faltará un Gades con la bandera. Ahora dicen, lo escribe el mismo, que está que se muere y salen los de Miami a dar gritos de alborozo. Y a los que hemos dejado de ser castristas hasta nos jode un poco.

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