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Etiquetas:   Crítica literaria  

Poeta en Nueva York

“El Hombre es lo que importa. El Hombre ahí, desnudo bajo la noche y frente al misterio, con su tragedia a cuestas, con su verdadera tragedia, con su única tragedia... La que surge, la que se alza cuando preguntamos, cuando gritamos en el viento. ¿Quién soy yo?”, León Felipe
Francisco Vélez Nieto
viernes, 14 de junio de 2013, 08:23 h (CET)
En ocasiones Lorca es un envolvente mito, en muchas otras un tópico puramente lorquiano, todo es posible a la hora de pensar y especular sobre la vida y obra de Federico García Lorca, pero nunca se terminará de haberse dicho todo. Claro que igualmente se podría divagar y verter criterios con respecto a Cervantes o Shakespeare. Esta es la razón de continuar escribiendo, profundizando sobre un creador que ya es mítico, aunque no más ayer no faltó quien dijera: “Es clásico” ¿Es que acaso alguien puede dudar que Lorca no lo es? Lorca es inagotable, por encima de su trágica muerte en manos de los fascistas y la envidia, aquellos que se sublevaron contra la República legalmente constituida. Distinta es la utilización de su asesinato, pero siempre con la razón y la lógica de que no es una falacia el señalar que fue asesinado vilmente, cuando su mayor “delito” fue estar dotado por los dioses para la creación literaria y artística.

El más reciente ejemplo lo tenemos en esta nueva edición de Galaxia Gutenberg 'Poeta en Nueva York', preparada con rigor y esmero por el hispanista británico Andre A. Anderson, que sigue fielmente la última voluntad de Federico García Lorca, que se puede con toda garantía considerar “la primera edición moderna que se basa directamente en ese material esquivo, y por eso puede considerarse, sin lugar a dudas, como versión definitiva de un poemario que se cuenta entre las cimas del siglo veinte...” de aquí “su poderosa influencia no solo en la tradición hispanohablante sino en la cultura contemporánea occidental” Firmes criterios que ya en 1940 expuso el poeta y novelista norteamericano Conrad Aiken (1889-1973) manifestando en aquella edición con la que se habría una nueva colección de Poeta en Nueve York, “que la fertilidad aparentemente inagotable de la imaginación de Lorca. Una imaginación pródiga y fantástica, que estaba en todas partes a la vez: los mundos subjetivo y objetivo combinados e inflamados en una sola bola; lo cotidiano desposado singularmente con lo clásico; la canción popular cruzada con el barroco”.

Nadie ha podido borrar su sonrisa, la alegría de la vida, su mágica inspiración. Que algunos españoles salgan ahora con el “Ya está bien de Lorca” no deja de ser otra cosa que la envidia ibérica, esa zafiedad de tirar al derrote, tan castiza como espeluznante en una España que, afortunadamente el embestir con la cabeza retrocede, aunque todavía poseen un amplio campo por el que su terrorífico berrido tiene su eco. Porque sobre el autor de Poeta en Nueva York se han escrito muy diversas biografías, algunas llenas de medias verdades, que en gran medida durante años vienen confundiendo al público lector. De aquí que con Lorca no se puede ser solamente lector, son muchas las lecturas, las cuales en su mayoría podrían estar justificadas ante el estado de censura vivido durante tantos años en España. Esta cuidada edición de ahora es el más vivo venero de su obra. Hoy sus versos de Poetas en Nueva York cuadran con la realidad de esta España de charol y sacristía.

“No hay más que un millón de herreros / forjando cadenas para los niños que han de venir. / No hay más de un millón de carpinteros / que hacen ataúdes sin cruz. / No hay más que un gentío de lamentos / que se abren las ropas en espera de la bala”.

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