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Etiquetas:   Crítica de cine  

C.R.A.Z.Y: Aquellos años no tan maravillosos

Gonzalo G. Velasco
Gonzalo G. Velasco
jueves, 2 de noviembre de 2006, 06:49 h (CET)
Dirigida por el canadiense Jean-Marc Vallée, C.R.A.Z.Y es una película que el espectador recibirá con mayor o menor entusiasmo dependiendo de su mayor o menor identificación emotiva con la trama y los personajes planteados, es decir, que si las relaciones con su padre nunca han sido del todo buenas, tiene tres o más hermanos y/o algún problemilla que otro con su identidad sexual, le conmoverá en grado sumo. Y en caso contrario, a diferencia de otros muchos productos similares tendentes al regodeo en su propia endogamia, C.R.A.Z.Y obra el milagro de transmitir al menos de manera fiel, efectiva y honesta, esas mismas emociones.

El film narra los conflictos surgidos en el seno de una familia numerosa canadiense a lo largo de casi veinte años, y lo hace desde el punto de vista de Zach, el cuarto hijo de una pareja formada por una madre beata y un padre homófobo y autoritario. Las complicadas relaciones de Zach, obligado durante más de veinte años a reprimir su homosexualidad, con sus hermanos y progenitores, articulan el grueso del relato, una historia a caballo entre Aquellos maravillosos Años, Leolo, y Rocco y sus hermanos, que no renuncia a un cierto tono indie en el tratamiento del conjunto, ni a alguna que otra concesión psicodélica de puesta en escena fruto de su no menos psicodélica banda sonora, donde conviven grupos del calado setentero de Pink Floyd, Jefferson Airplane, David Bowie o Patsy Cline (autora de la canción que da nombre a la película).

Pero aunque C.R.A.Z.Y es una obra entretenida, conmovedora y, hasta cierto punto representativa de una época y una moral, no termina de cuajar del todo por dos razones. La primera de ellas es su tendencia irremediable hacia los espasmos videocliperos, que aunque resultan muy adecuados para ilustrar las los desvaríos alucinatorios de Zach, terminan por molestar durante el resto del metraje, sobre todo a causa de un uso obsesivo de la cámara lenta. La segunda, remite al ritmo renqueante de su tramo final, pues debido a la excesiva concentración de Vallée en el desarrollo dramático de los acontecimientos de su primera hora y media, la resolución del film peca de abrupta, precipitada e inverosímil, dando incluso la impresión de que el director estaba ya harto de su creación y sólo quería clasurarla cuanto antes sin importar tanto el cómo como el cuándo. De ahí que el desenlace, que además es moralista y facilón, tire por tierra en última instancia con los logros de la propuesta, por otro lado, de una exquisita sutileza en su abordaje del cada vez menos espinoso tema (al menos, cinematográficamente hablando) de la homosexualidad.

Dos puntillosas objeciones, sin embargo, son chirimiri ante el vademécum despotricador que podría redactar acerca de los déficits de Bandidas, Marchando y el resto de seborrea estival programada por nuestros multicines para competir con C.R.A.Z.Y a lo largo de estos días. Ello demuestra que, tal y como ocurría hace una semana con Poseidón, una película puede ganar puntos en su evaluación crítica según el contexto de recepción, y en caso de que éste siga empeorando a lo largo del verano no me extrañaría que termináramos echando de menos al mismísimo Ben Affleck…

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