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Etiquetas:   La parte por el todo   -   Sección:   Opinión

1984

Óscar Arce Ruiz
Óscar Arce
sábado, 5 de agosto de 2006, 23:21 h (CET)
Si tuviese que elegir un programa en la historia de la televisión que puedo recordar, éste sería sin duda Gran Hermano. Dos son las razones.

La primera, que a partir del éxito de la primera edición, el formato se ha extendido tanto que no es difícil que coexistan durante el mismo periodo un par de concursos con personas en necesaria convivencia. La segunda razón, es que aquel primer experimento sociológico no tuvo efectos tan notables dentro de la casa como pudo tenerlos fuera.

El funcionamiento de los programas de este tipo no ha sufrido apenas modificaciones con respecto del primero. Lo que sí ha cambiado considerablemente es la actitud de los concursantes.

En las segundas, terceras partes, los concursantes sabían exactamente lo que querían. Más allá del premio, anhelaban el clamor de las masas. A ello fueron, a intervenir en la moda y en la manera de usar el lenguaje de los que nos quedábamos fuera.

Desde hace unos siete años ha crecido de manera incontable -y casi incontrolable- la cantidad de personas falsas, de gente que lo dice todo como lo siente, que desnuda su alma delante de cualquiera y sin que nadie se lo pida. Muchos sentimientos se viven hoy como si mañana tuviésemos que justificarnos ante Mercedes Milá.

Y uno de los escenarios en los que se hace más patente el cambio en nuestra forma de presentarnos ante los otros lo forman las sucesivas entregas de grandes hermanos y variantes.

Es en esas nuevas revisiones del formato antiguo donde se puede apreciar en todo su esplendor al ser creado a partir de la influencia mediática del ojo supremo. Sin atender a edad o sexo, sin tener en cuenta la procedencia social ni el nivel académico. Los hábitos implantados por Gran Hermano han llevado al actor social a sobreactuar en todas sus expresiones, a vivir cada sensación al límite. No obstante, en las entrevistas posteriores al concurso alguien acostumbra a recordar que las sensaciones que provocan las experiencias dentro de la casa se elevan a la enésima potencia.

Sería de necios dejar pasar la oportunidad de sentirnos dichosos en extremo e infinitamente desgraciados durante el mismo día, en minutos consecutivos. Sería de necios dejar que solamente los elegidos para permanecer recluidos en un programa de televisión tuvieran acceso a ello.

Gran Hermano ha modificado nuestra manera de relacionarnos. Más aún, nos mostró lo frágil que es la línea que separa la realidad de la ficción y la dificultad de determinar el punto de inflexión donde acaba aquélla y comienza ésta. Pero, por encima de todo, nos convenció de la necesidad de estampar camisetas con las caras de personas como nosotros.

Nos demostró que no hace falta ninguna habilidad especial para mover millones de opiniones, y nos recordó que la vanidad humana es tanta que pocos han escapado al influjo del deseo por el calor de los aplausos. Quien no aparece en la pantalla se comporta como si estuviese dentro de ella.

Al fin y al cabo, como en el relato de Geroge Orwell, nos han dominado sin apenas darnos cuenta. De nuevo la lucha es contra nosotros mismos.

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