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Primera clase en patera
Eduardo Cassano
Mientras en las costas del Mediterráneo la gente broncea su cuerpo bajo un sol que no da tregua, disfruta de sus merecidas vacaciones y derrocha el dinero de la crisis económica, a Canarias llegan a diario cayucos repletos de inmigrantes que tratan de sobrevivir bajo el mismo sol. Algunos dicen, los que dicen no ser racistas sino ordenados, que vienen a quitarnos el trabajo y a robar. ¿No será que nuestro rechazo a integrarse en la sociedad les obliga a delinquir para subsistir? ¿Cómo es posible qué, ante la presencia de un inmigrante, tenemos la extraña necesidad de defender aquellos trabajos por los que siempre hemos tenido una peculiar excusa para rechazar y seguir cobrando el paro?
Ya son más de 300 inmigrantes en las últimas 24 horas los que han llegado a las costas españolas. Otros 30 ni siquiera consiguieron llegar, perdieron la vida en el intento como tantos otros. En realidad tuvieron la oportunidad de vivir, aún de forma breve, pues en su país morían lentamente a diario.
Los bañistas que tomaban el sol en Tenerife se han encontrado estos últimos días con la realidad social de España frente a sus narices. Una realidad que hasta que no se vive no se comprende. Es muy diferente leer las noticias en la prensa o ver las imágenes en televisión a encontrarte en la situación. A más de uno se le han escapado las lágrimas de rabia e impotencia… más de uno ha descubierto que es un ser humano. Estamos ante un grave problema que, al parecer, el Gobierno no sabe cómo solucionar y lo único que ha hecho hasta el momento es poner parches.
Se han gastado todos sus ahorros en un billete de primera clase en patera. Hombres con nada que perder y mucho que ganar, jóvenes en busca de un futuro mejor y mujeres embarazadas, que luchan contra el mar y su suerte cuando en España una pastilla soluciona el “problema” el día después. Llegan desfallecidos y con la mirada perdida, sin ser todavía conscientes de que todavía les queda lo peor...
Resulta que en África se mueren de hambre, pero sobreviven con muy porque no tienen otra opción que ser humildes. Sin embargo en España vivimos como queremos y aún nos quejamos. Ni siquiera podemos llegar a fin de mes y protestamos a diario en la terraza de los bares, con una cerveza y su correspondiente tapa.
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