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Etiquetas:   Con permiso   -   Sección:   Opinión

Zapatero lleva a su hija al cole

Pedro de Hoyos
Pedro de Hoyos
@pedrodehoyos
viernes, 4 de agosto de 2006, 23:16 h (CET)
(u otra visión ética de la izquierda)

Hace mucho que dejé de creer en los políticos. Hace mucho que dejé de creer en la Política, que debería ser el noble ejercicio de lucha por el pueblo. Hace mucho que dejé de creer que el pueblo luche por su bien. Quizá por edad la Transición me ilusionó, me pilló en plena inconsciente juventud y me lo leía todo, me lo veía todo y me lo creía todo. A cuántos mítines asistí en aquella acelerada época. Ingenuo que era/es uno. Aún perdiendo jirones continuamente, conservé la inocencia excesivamente infantil hasta los últimos años de Felipe González. Que se negase estúpida y reiteradamente a ver la corrupción que asoló sus últimos años fue la gota que desbordó el vaso de mi inapetencia política. El Gal por un sangriento lado y los casos de Juan Guerra y Roldán por el lado económico-choricil supusieron para mi candidez que tampoco la izquierda tenía la solución de la Política ni de la Ética. No es que fueran todos iguales, pero todos terminaban igual.

Y encima Alfonso Guerra se pidió un avioncete para volver de Portugal a los toros sin tener que esperar colas en la frontera. Otro mazazo a mi idealismo ético izquierdoso. La renovación ética echada al mar una y otra vez por quienes se empeñaban en comernos el coco con lo de los “Cien años de honradez”. A uno le daban ganas de preguntar qué entendían por honradez los exégetas de la izquierda, pero preferí no hacerlo porque ya había decidido dejar de asistir a mítines. Hay cosas que los cuerpos no aguantan con el paso de los años.

Sólo la inutilidad y la cerrazón de una derecha poco práctica y muy torpe le impidió alcanzar el poder varios años antes. Cuando por fin lo logró nos metió de hoz y coz en una guerra inhumana, injusta, inmoral y degradante a pesar de ser conscientes de llevar la contraria a todo el pueblo español al que se empeñaban en decir que defendían. Joé con la defensa. Será verdad que la mejor defensa es un buen ataque... a Irak. Ese empeño aznariano en ser más papistas que Bush le llevó a perder las últimas elecciones, dejen ya de echar la culpa a ETA, a la Ser o a Al Qaeda, que por otra parte tendrán su parte de responsabilidad en infinidad de asuntos, que quien se empeñó en llevarnos a la guerra no fueron ellos, sino Aznar y sus ayrgamboys.

Y luego llegó Zapatero y volvió a hablar de la Ética y de Regeneración y del buen talante. Yo ya no me lo creí, claro, fui de los que eligieron no tropezar dos veces en la misma piedra, pero millones de españoles sí, estaban en su derecho de votar a quien les diera la gana. Zapatero ilusionó y convenció a muchos, supongo, durante mucho tiempo. Y lo que le queda todavía, que después de dos años al PP no se le suponen fuerzas suficientes para moverle el sillón.

Zapatero no habló despectivamente de su domicilio monclovita, como hizo Aznar nada más aterrizar en él, pero mandó cambiar los tapices históricos que allí había y los muebles del Patrimonio Nacional por modernas piezas de diseño. No sería para autoflagelarse.

El pasado verano nos costó una buena pasta (45 millones de pesetas) modificar y mejorar la residencia veraniega de la Mareta en Lanzarote para que acudiera la familia Rodríguez Zapatero (Ojo, una regia morada que perteneció al rey Hussein de Jordania, con zona para invitados, dos piscinas, lago, canchas deportivas, acceso directo al mar, helipuerto e incluso un búnker blindado, decorada por César Manrique). Hasta las tapicerías cambió Doña Sonsoles.

Y este año SuperZapatero se nos ha ido en un avión a Londres para llevar a su hija al cole. En un avión del Estado. En un avión que pagamos todos. En un avión del Estado que pagamos todos, quiero decir. Como el Guerra.
Será que la concepción de la Ética no es para la izquierda lo que yo creía que era. Será que la izquierda no es lo que yo (todavía, mea culpa) creía que era. Será que la Ética no es lo que yo creía que era. Será que yo no soy el que creía que era.

¿La culpa de mi escepticismo la tienen los años o los políticos?

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