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Etiquetas:   Columna humo   -   Sección:   Opinión

Coma etílico

Cuando los síntomas de trastorno moral, tras pasar por el juzgado, no terminan entre las rejas de una cárcel es que la enfermedad está muy extendida
Pedro de Hoyos
@pedrodehoyos
jueves, 6 de junio de 2013, 07:22 h (CET)
Ahora a nadie le cabe duda de que España está al borde del coma etílico. Borrachos de poder y dinero, embriagados de corrupción desde las más altas instancias hasta casi cualquier alcalde, estamos siendo sometidos a un doloroso proceso de desintoxicación que pasa por privarnos de derechos profundamente arraigados. Cuando se tiene mono… abstinencia es la solución.

Toda España está borracha, hemos hecho del alcohol nuestro compañero perfecto, desde la primera juventud hasta el fin de los días. Hemos convertido nuestra existencia en un botellón perpetuo del que no sabemos bajarnos. Es cuestión de educación. No hablo de instrucción, de cultura básica, de dos más dos multiplicado por la raíz cúbica del teorema de Pitágoras elevado al Monte Everest dividido entre Rusia y Estados Unidos, no. Hablo de esos valores que antes la sociedad tenía por casi perpetuos, valores definitivos, firmes, inamovibles, arraigados en todas las capas sociales y que sólo incumplía la oveja negra que hay en cada familia.

El delegado del Gobierno para el Plan Nacional sobre Drogas (PND), Francisco Babín, propuso ayer que los padres puedan ser multados en caso de que sus hijos menores acudan reiteradamente a urgencias con un coma etílico. El objetivo no es penalizar la conducta de los niños o adolescentes, sino la falta de diligencia en el cuidado o la tutela que los padres demuestran al permitir que se repitan esos abusos. Tengo yo para mí que es una medida que llega tarde y que ataca los síntomas pero no las causas. Esas causas están muy hondas y será trabajo de generaciones acabar con ellas.

Tiempo atrás las borracheras eran la excepción, no digamos ya entre jóvenes y menores, y en mi pueblo los tres o cuatro borrachos que había eran generalmente conocidos y a sus espaldas señalados con el dedo. Hoy las borracheras se han popularizado y extendido, las llamamos botellón para enmascarar su cruel significado y encuentran especial y barata excusa en cualquier fiesta universitaria. No se bebe para acompañar la diversión, para compartir un rato con los amigos, sino que se bebe como fin en sí mismo, para alardear ante los camaradas o para conseguir ser aceptados en un primitivo ritual de iniciación que deberá ser repetido cada fin de semana para que los “coleguillas” no se olviden de con quién están tratando.

Algunas familias han desistido de combatir inútilmente en una batalla en las que las fuerzas de la futilidad social están defendidas por numerosos programas de televisión, por el ambiente social y por el progresivo deterioro de los valores tradicionales. Los hijos encuentran suficiente apoyo en desvergonzados líderes musicales, artísticos o presuntos triunfadores, generalmente ayunos de valores morales, y en la pandilla que siempre refuerza los valores de confrontación con el mundo ajeno.

Esta futilidad social, esta inanidad generalizada, este torpe dejar hacer, este absurdo encogerse de hombros nos ha llevado a una sociedad en la que es frecuente que los líderes políticos sean acusados públicamente de embolsarse decenas de millones, de defraudarlos, de desviarlos o de usurparlos. En sí mismo todo ello sería síntoma de dolorosa enfermedad etílica que convendría combatir cuanto antes, pero hay que reconocer que cuando esos síntomas de trastorno moral, tras pasar por el juzgado, no terminan entre las rejas de una cárcel de máxima seguridad es que la enfermedad está muy extendida, muy en las entrañas de un sistema que convendría resetear furiosamente antes de que se colapse arrastrándonos a todos.

Cuando eso suceda… ¿Quién va a multar a nuestros padres?.
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