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Etiquetas:   Columna de opinión   -   Sección:   Opinión

La factura del mar

José Cavero
Redacción
jueves, 3 de agosto de 2006, 15:10 h (CET)
Fui testigo casual, este pasado lunes , del momento en el que llegaba al puerto pesquero y deportivo de Fuerteventura un cayuco, una embarcación rudimentaria, verde y deteriorada en sus bodes, que con un motor fuera borda marca Yamaha había conducido hasta la pequeña isla canaria a treinta y ocho escapados de sus correspondientes países de origen probablemente subsaharianos. Unos cuantos ciudadanos de la isla y otros curiosos nos habíamos aproximado a ver el desarrollo de ese momento, cuando la guardia civil y la Cruz Roja prestan su primera ayuda a los recién llegados. Un guardia civil tendía la mano a cada pasajero, cuando éste se incorporaba de su incómoda barcaza para subir a la patrullera de la guardia civil, antes de bajar a tierra, en el puerto, de donde había sido instalado una especie de hospital de urgencia para los primeros auxilios. Los treinta y ocho viajeros llevaban bien, aunque por su postura corporal aparecían con los síntomas de haber padecido un largo e incómodo viaje. Sólo uno requirió la atención de una silla de ruedas, para sus primeros instantes en la isla, y enseguida pudo prescindir de ella, y pronto se sumó a los demás, que recibían algunos alimentos y mantas.

La escena se ha repetido tantas veces en los últimos meses, e incluso años, que apenas suscita ya mayor atención que la curiosidad de saber cuántos eran, esta vez, los apilados en ese cayuco o patera que ahora permanecía atada y vacía tras una laboriosa travesía realizada con un puñado de hombres en condiciones de extrema necesidad. Cuando finalmente, el guardia civil que los iba contando proclamó "treinta y ocho", los vecinos del lugar recordaron que esa misma mañana había llegado otro grupo, otro cayuco, con un grupo más numeroso. Y los mejor informadores podían recordar que, a su vez, otras islas del archipiélago habían recibido a varias embarcaciones más, en la misma jornada, hasta superar los trescientos "visitantes no esperados". Y a esos subsaharianos de buena fortuna, porque su ruta había tenido final feliz, había que sumar el grupo probable de quienes habían quedado perdidos en algún punto de la alta mar, y que sólo aparecerían días más tarde en la ruta de algún gran carguero, un pesquero, de alguna patrulla o de un yate que pasaba por allí.

Es decir, que por cada cayuco o patera que consigue recibir las primeras atenciones de la guardia civil y de Cruz Roja hay, tal vez, otro que lo ha intentado y se dio la vuelta o se quedó en el trayecto para engorde de peces. Como para merecer todos los respetos y atenciones.

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