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Armamento ruso para Venezuela: negocio puro

Víctor Litovkin
Redacción
miércoles, 2 de agosto de 2006, 23:47 h (CET)
La reciente visita del presidente venezolano a Rusia ha entusiasmado a la industria armamentística nacional. Caracas comprará 38 helicópteros Mi-17V-5 y Mi-35M por $484 millones.

Además, según otro contrato firmado, adquirirá 24 cazas multipropósito Su-30MK2. Poco antes, las partes habían suscrito un contrato por $52 millones para suministrar a Venezuela 100 mil fusiles de asalto Kalashnikov y dos contratos más por $474,6 millones para construir en el país latinoamericano una planta de fusiles AK-103 y otra de munición de 7,62 mm.

El ministro de Defensa ruso Serguei Ivanov ha comentado que el precio total de los contratos sellados supera $1.000 millones.
América Latina no es un socio tradicional de Rusia en la cooperación técnico-militar. Siempre ha sido una zona de intereses de EEUU, y Washington vigila que nadie penetre en ese mercado. Sobre todo Rusia. Moscú había perdido numerosos concursos convocados para adjudicar el suministro de material bélico al mercado latinoamericano. Simplemente porque en el juego entraba EEUU. En Brasil, por ejemplo, no había manera de ganar un concurso ni siquiera con el excelente caza ruso Su-35. La corporación aeronáutica Sukhoi tuvo éxito sólo después que Rio de Janeiro renunciara al avión que le imponía el Pentágono porque el aparato ruso presentaba ventajas en todos los aspectos: precio, rendimiento, etc. Pero Brasil no consigue deshacerse de la tutela norteamericana.

Venezuela tampoco es una excepción. Es cierto que las cosas han cambiado con la llegada al poder del teniente coronel Hugo Chávez, célebre por sus ideas revolucionarias y ánimos antiamericanos. Chávez cambió el vector de la cooperación técnico-militar del país. El motivo fue el embargo que había impuesto Washington a los suministros de recambios para el armamento y material bélico con que estaban dotadas las Fuerzas Armadas de Venezuela. Como consecuencia, la capacidad defensiva del país se había visto amenazada y el líder venezolano anunció que reemplazaría los 21 cazas norteamericanos F-16 por otros de fabricación rusa. A juicio de Chávez, el caza ruso Su-30 es el mejor del mundo, y en cuanto a los F-16, prometió venderlos o regalarlos a Cuba o a China.

La perspectiva de suministro de cazas rusos al mercado latinoamericano ha levantado los ánimos en el complejo industrial militar de Rusia. Los pilotos rusos incluso se habían presentado en dos cazas Su-30MK2 en los festejos por el 195º aniversario de la independencia de Venezuela, donde exhibieron impresionantes figuras de acrobacia aérea y cautivaron al público asistente. "Es una excelente publicidad de los aviones y motores rusos", había comentado el ministro Serguei Ivanov.

El presidente venezolano no ha calmado su "apetito" con cazas, helicópteros y armas de tiro rusas. Ahora quiere comprar varios submarinos de la clase Amur, sistemas misilísticos de defensa antiaérea para el Ejército de Tierra (Tor-M1 y Osa-10), vehículos blindados para infantería y otro material de guerra. En total, por $3.000 millones. Es casi la mitad de lo que había ganado Rusia con las exportaciones de armamento en 2005.

Cabe hacer una pequeña pero importante observación. Los suministros de armamento ruso a Venezuela no tienen nada que ver con el antiamericanismo de Hugo Chávez ni con el deseo de traer disgustos a Washington. Para Moscú es puro negocio y nada más. Eso se pudo notar en la forma en la que el mandatario venezolano había sido recibido en el Kremlin. No hubo ningunos ataques verbales ni declaraciones políticas, ni críticas contra Estados Unidos. El presidente ruso Vladimir Putin se atiene estrictamente a la postura que había anunciado antes: "Rusia no desea formar uniones sagradas contra nadie".

"Nuestra colaboración técnico-militar no va dirigida contra terceros países, y sólo deseamos estimular la economía nacional y mejorar la vida de la población", había dicho Putin en presencia de Chávez. El líder venezolano no objetó nada contra esa tesis.

Los suministros armamentísticos a Venezuela no alteran el equilibrio de las fuerzas en esa región ni son para Rusia un objetivo propio. Los planes de Moscú en el país latinoamericano son mucho más amplios. El holding ruso Gasprom ha ganado el concurso para extraer petróleo en el Golfo de Venezuela; la petrolera rusa LUKOIL perforará pozos en la zona del Orinoco y ayudará a los petroleros locales a extraer hidrocarburos, y se están llevando a cabo preparativos para tender un gasoducto de Venezuela a Argentina (Río de la Plata) a través de Brasil. Se necesitará atravesar 8 mil kilómetros abriéndose camino en la jungla y la selva. El precio del proyecto se calcula en $20 mil millones. ¿Acaso no es una prueba de que las relaciones ruso-venezolanas son de carácter pragmático?

Pero volvamos a la colaboración técnico-militar. Los expertos se preguntan si la industria bélica rusa es capaz de cumplir tareas de tal dimensión. Es fácil acumular pedidos, pero ¿se podrá cumplirlos todos? Los mayores problemas del complejo industrial militar de Rusia son el obsoleto parque tecnológico, la escasez de personal calificado, la pérdida de muchas tecnologías de punta, el alto coste de producción y otros factores. Ese fardo de problemas no ayudará a cumplir los contratos venezolanos. Vale recordar que aún se necesita cumplir los compromisos asumidos ante China, la India y Argelia entre otros países. Quedan pendientes, además, las órdenes de fabricación de armamento para el propio Ejército ruso. ¿No será todo ello superior a las fuerzas de la industria nacional?

El Ministerio de Desarrollo Económico y Comercio afirma que no. El pedido de Caracas –dice– se irá cumpliendo durante tres o cinco años y parte de las posibilidades con que cuentan las empresas que participarán en el cumplimiento del pedido. El dinero anticipado por Venezuela ayudará a renovar los fondos de la industria bélica, robustecer las unidades de producción y capacitar al personal.

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Víctor Litovkin, para RIA Novosti.


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