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Etiquetas:   Momento de reflexión   -   Sección:   Opinión

Ascuas de fuego

Octavi Pereña
Octavi Pereña
miércoles, 2 de agosto de 2006, 23:47 h (CET)
Se desea verdaderamente acabar con ETA y conseguir que en nuestro país a nadie se le tenga que acelerar el corazón porque la tardanza del esposo o del hijo le haga pensar a alguien que ha sido asesinado? El diálogo político, porque el problema ETA no deja de ser una cuestión política, es necesario. Si se alzan voces clamando a que se ponga fin de la violencia entre israelíes y palestinos porque ya se está harto de tanto derramamiento inútil de sangre. Si ello exige que ambas partes se sienten en una mesa de negociaciones y se tomen decisiones para acabar con la violencia que no conduce a nada, excepto muerte, desolación y sufrimiento. Si se desea que este diálogo traiga consigo que los tiros a traición dejen de matar y los coches bomba cesen de estallar, ¿por qué no hemos de desear lo mismo en un territorio tan cercano como el País Vasco con el que nos unen vínculos, no sólo políticos, sino también familiares?

Con la muerte de Franco y con el propósito de hacer el cambio de una dictadura a un sistema democrático de gobierno, los partidos políticos acordaron hacer borrón y cuneta nueva para no salpicar a aquellos que tenían las manos manchadas de sangre. Si ello fue así con el propósito de dejar atrás a una dictadura de nefasto recuerdo, la solución no tuvo nada de justa, ¿por qué no repetir la misma solución si con ello se consigue que enmudezcan las pistolas y los coches bomba dejen de estallar?

No ayudan en nada a la solución del problema ETA los sentimientos que expresan las palabras de José María Múgica, hijo de Fernando Múgica, asesinado por ETA: “Pasarán mi años y siempre recordaré sus caras…Ojalá se muera en la cárcel”. Si estos sentimientos los guardasen únicamente los familiares de Fernando Múgica, la cosa no tendría excesiva importancia para que se estableciese el diálogo necesario. Pero no, millares de personas, sean víctimas o no del terrorismo, incitadas por el PP que no quiere de ninguna de las maneras que se establezcan negociaciones, hace difícil buscar una solución que establezca una paz permanente. Es necesario que la crispación desaparezca para pensar con lucidez.

Luís Lucia y Lucia, periodista y político valenciano fue encarcelado en Valencia y después trasladado a Barcelona para ser juzgado. Se le pedían dos penas de muerte, una por ser católico, otra, por ser de derechas. El juicio no llegó a celebrarse por la inminente entrada de las fuerzas franquista en la Ciudad Condal. Lucia y otros presos políticos fueron dejados en libertad. El régimen recién instaurado le volvió a detener y nuevamente condenado a muerte. Gracias a mediaciones se le conmutó la pena de muerte por la de destierro en Palma de Mallorca.

Encontrándose en La Modelo de Barcelona escribió el manuscrito de su libro “¿Qué me dice usted de los presos?” Transcribo unas perlas que nos pueden ayudar a encontrar solución al problema ETA:

“Desde lo alto de la Cruz, Tú dijiste a tus enemigos: “Perdónalos, Padre, porque no saben lo que hacen”. Y también yo, desde esta mi cruz, aunque pequeña, quiero decir, pensando en los míos: perdónalos, Señor, aún cuando sepan lo que hacen.

Tú has dicho: “Amad a vuestros enemigos”. Y yo quiero amar y amo a mis enemigos.

Haced bien a quienes os aborrecen. Y yo quiero, Señor, hacer bien a quienes me aborrecen.

“Bendecid a los que os maldicen”. Y yo bendigo, Señor a los que me maldicen.

“Rogad por los que os persiguen y calumnian”. Y ni un día, Señor, he dejado de rogar por los que me calumnian y persiguen. A las puertas de la muerte me llevaron porque no sabía odiar. Y de las puertas de la muerte vuelvo y aún no he aprendido a odiar”.

El diálogo político puede silenciar las pistolas y enmudecer los coches bomba, pero devolver bien por mal como nos propone Luís Lucia y Lucia puede hacer que “ascuas de fuego amontonemos sobre su cabeza”, de quien o quienes nos hayan perjudicado. Esto quiere decir que el bien que hacemos en pago del mal recibido puede hacer que el malhechor se arrepienta, que sus pecados le sean perdonados por el Señor Jesucristo y emerja un hombre nuevo convertido en un genuino pacificador.

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