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Etiquetas:   Crítica literaria   -   Sección:   Libros

Ediciones de bolsillo, la doctora Scarpetta y el CSI

Herme Cerezo
Herme Cerezo
viernes, 4 de agosto de 2006, 23:18 h (CET)
Me viene al pelo la avalancha de títulos que las editoriales españolas acaban de sacar a la venta en versión de bolsillo. No exagero si digo que novelas aparecidas en ediciones caras (tapa dura y no tan dura, tipografía grande y no tan grande, buena presentación y no tan buena) hace menos de un año, están ya a la venta en formato apto para bluyines o, al menos, para pequeñas mochilas de paseo. Así las últimas obras de Julio Llamazares, Henning Mankell, Camilleri, Donna Leon, Saramago, Matilde Asensi, Sánchez Adalid, Pérez Reverte, Julia Navarro o González Ledesma, por citar sólo unos cuantos ejemplos, están ya a disposición de los lectores de faltriquera más modesta. Las diferencias de precio son sustanciales y en algunos casos rozan el cincuenta por ciento de su valor inicial. Por fin parece que los editores se han dado cuenta (mejor diría, han aceptado) que el potencial de este segmento del mercado es más que considerable. Apetecible sería el término adecuado.

Y ha sido precisamente en este formato reducido donde, como lector, me he reencontrado con un antiguo personaje al que encerré en el baúl de los olvidos hace algunos años. Lo hice, lo del encierro, quizá por reiteración o simplemente por una búsqueda de nuevos modos narrativos. Pero lo cierto es que alguna vez la he echado de menos. Estoy refiriéndome a la patóloga-forense-doctora Kay Scarpetta, criatura nacida de la mano de la escritora estadounidense Patricia D. Cornwell (Miami, 1956). Recuerdo la primera novela suya que leí. Se trataba de una edición barata, veraniega y promocional de “La jota de corazones”. Y pronto quedé preso de la estructura policial, por aquel entonces bastante novedosa, que preconizaba Cornwell: una forense metida a investigadora de crímenes. Ayudada, por su fiel (y enamorado) Pete Marino, Scarpetta, basándose en las pruebas que encontraba en los fiambres que sacudían su camino, resolvía los casos más inverosímiles. Su metodología de trabajo era completamente científica: la comprobación exhaustiva de todos y cada uno de los restos que el asesino dejaba en el escenario (o en los escenarios) del crimen. Cualquier cosa valía para desenmascararlo: un alfiler, un pelo, una huella de neumático, un resto orgánico, una esquirla. Las deducciones e intuiciones detectivescas tradicionales (Poirot, Holmes o Marple) dejaban paso a otros objetos más sutiles: hebras de pelo, adeenes, filamentos de alfombra, residuos seminales, que conducían al autor de los crímenes. Otra cosa era el modo de capturarlo, situación mucho más difícil en la que la propia forense se veía inmiscuida sin beberlo ni comerlo.

Recuerdo que leí varias entregas más de la serie Scarpetta: ‘La granja de cuerpos’, ‘El cuerpo del delito’ o ‘Cruel y extraño’. Hasta que cayó en mis manos ‘Post mortem’, la mejor de todas ellas sin duda. No en balde Patricia D. Cornwell obtuvo por ella los premios Edgar, John Creasey y Anthony y Macavity, además del Prix du Roman. Si alguna vez la leen (cosa que les recomiendo), cuando descubran quién es el asesino no podrán evitar sentir un escalofrío e, incluso, tal vez de modo instintivo, giren su cabeza para comprobar que nadie acecha a sus espaldas.

Bien, pues como les decía, por aquello de que el hombre es el único animal que tropieza más de una vez con la misma piedra, hace unas semanas volví a caer en la tentación y compré y leí ‘La huella’, otra novela protagonizada por la patóloga de marras. Si en los primeros tiempos, la forense iba abriéndose camino por el intrincado mundo policial, labrándose una fama desde su laboratorio de Richmond, en ‘La huella’, Scarpetta es poco menos que una heroína nacional, cuya categoría profesional reconoce todo Estados Unidos (incluido, se supone, el mismísimo Bush). El esquema sigue siendo idéntico. En este caso, el asesinato de una adolescente, disfrazado de aparente enfermedad, y la vejación sufrida por una mujer policía mientras dormía en su casa. A partir de ahí, investigación de laboratorio, trabajo con probetas y bastoncillos para los frotis, con guantes de látex y pinzas esterilizadas, y búsqueda de pruebas incriminatorias de ésas que no admiten enmienda.

Pero, ¡ay!, que ésta no es mi niña, ¡que esta patóloga es otra!

Algo que ya anunciaba la forense en los primeros episodios, su carácter arisco, se acentúa en ‘La huella’ hasta convertirla en una especie de diosa a la que nadie puede tocar. El propio Marino, un socarrón de mucho cuidado en aquellos títulos iniciales, que sigue enamorado de ella a pesar del tiempo transcurrido, es ahora un policía que ha acrecentado también su estar de vuelta de todo. Y Lucy, la sobrina de Kay, ha abandonado su papel secundario, para disputarle a su propia tía el número de páginas que la Cornwell le asigna. O sea, que la evolución de Scarpetta ha sido pareja o similar a la que siguen muchos seres humanos cuando la fama llama a su puerta: se distancian o se “enfrían”. También la narración de Cornwell ha cambiado. Ahora cuesta más adentrarse en la historia. Su escritura se ha adensado, enlentecido. Para dejarte atrapar por su argumento hay que leer al menos un tercio de la novela, algo que no ocurría en sus primeros episodios, cuya gracia especial radicaba en sus comienzos trepidantes. No cabe duda que la experiencia le ha valido a Patricia D. Cornwell para engrosar sus libros, aunque nunca fueron delgados, y a meterles algo de paja. Lástima, porque sus temas, incluido el argumento de ‘La huella’, todavía merecen la pena.

Y se preguntarán ustedes: qué pinta el CSI, ‘Crime Scene Investigation’, en el titular de esta reseña. Pues es bien sencillo. Kay Scarpetta, cuando irrumpió en el panorama literario de la novela policiaca, aportó a este mundillo lo mismo que Gil Grissom, Catherine Willows, Jim Brass, Sara Sidle, Warrick Brown, Nick Stokes o Greg Sanders han inyectado a las series policiacas de televisión: la búsqueda de pruebas y su análisis metódico y científico. Porque como dice Grissom en uno de los episodios de CSI “las pruebas nunca mienten”. Así que aprovechen ahora que la serie se emite por un montón de cadenas (Telecinco, Axm) y se vende a un precio aceptable en los almacenes de cultura (ya saben esos de los empleados de la sonrisa oriental, zen, idiota), para aprender un poco sobre la investigación policial a la que tan aficionados somos algunos. Por cierto, es una lástima que los episodios de CSI sean tan cortos de duración porque muchas veces, sobre todo cuando mezclan varios casos, el espectador puede quedar un poco confuso. Fue un gran acierto que Tarantino dirigiese hace unas semanas un capítulo de doble duración. En él, CSI lució como se merece una serie de este calibre.

Pues nada a combatir el calor con la investigación científica escrita (Scarpetta) o televisiva (CSI), en formato de bolsillo o deuvedé. A disfrutar, no lo olviden, que para eso estamos.

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‘La huella’, de Patricia Cornwell. Ediciones B. Colección Zeta Bolsillo Policiaca. Precio: 10,00 euros.

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