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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

¿Un Estado de derechas o de izquierdas?. Vayan ustedes a saber

No vemos que los políticos den ejemplo, porque siguen aumentándose los sueldos, algo en lo que, curiosamente, existe una rara unanimidad tanto en derechas como izquierdas y extremistas
Miguel Massanet
martes, 4 de junio de 2013, 08:03 h (CET)
La izquierda ha sido, tradicionalmente, la promotora de una mayor presencia del Estado en las finanzas, la economía y la producción de la nación. Los ejemplos de Rusia y de las naciones de detrás del Telón de Acero son el mayor ejemplo de este tipo de economía dirigida desde el propio Estado y, también lo son, de los resultados nefastos que estas políticas intervencionistas han tenido para las naciones que las han aplicado y para sus ciudadanos que, en definitiva, han sido los grandes paganos en regímenes restrictivos de las libertades, que han instalado la burocracia como rectora de sus empresas, convirtiéndolas en públicas y dejando el mínimo papel a la iniciativa privada que, por mucho que se quiera discutirlo, es la que insufla en los países el dinamismo de los efectos de una competencia libre que ha sido siempre la que ha favorecido el progreso, los avances técnicos, los inventos y, en definitiva, lo que se ha dado por llamar el “estado de bienestar”, fruto de que sean los ciudadanos los que, con su iniciativa, esfuerzo, trabajo e imaginación, marquen los límites del progreso de un país.

No obstante se está produciendo un fenómeno que quizá se pueda atribuir a la crisis, pero que, sin duda, tiene otras causas que contribuyen a que, tanto la economía global, como la interna de cada país, basadas en el libre intercambio de productos entre las distintas naciones, vaya dependiendo de factores ajenos a la iniciativa privada. Interferencias de leyes comunitarias; normas estatales y autonómicas que, en la mayoría de casos, en lugar de dar apoyo y veneficiar a la iniciativa privada la obstaculizan y le impiden desarrollarse con la independencia y agilidad que serían precisas para poder competir en condiciones de igualdad con otras naciones de la competencia. De hecho, este fenómeno se da en naciones en las que existe la libertad de mercado, aquellas que son de corte liberal y que, en teoría, son las que propugnan un sistema no intervencionista, un adelgazamiento de las funciones estatales y una magnificación de las libertades para la iniciativa, sin cortapisas administrativas que interfieren en la actuación de la empresa privada. Por raro que pueda padecer, en estos casos, las posibilidades de organizar su plantilla de los empresarios se convierte en la que mejor viene contribuyendo a que la demanda de trabajo sea mayor y a que aquellos que más se esfuerzan, más aportan con su trabajo y más innovan e investigan sean los que consiguen, aparte de prestar un impagable servicio a las empresas en las que trabajan, situarse en los primeros lugares del ranking de personal.

Los sistemas basados en la socialización de la producción o defensores de un igualitarismo llevado a sus últimos extremos, al suprimir los factores que caracterizan a las economías de libre mercado y competencia, han llevado a las economías dirigidas a convertirse en lentas, poco flexibles, anquilosadas en sus sistemas productivos, sin aliciente para su personal, que no se siente estimulado en su trabajo, sabedor de que cualquier idea, proposición o iniciativa, está condenada a diluirse en medio de una burocracia interesada en conservar sus privilegios y en evitar cambios que pudieran privarles de sus prebendas. Así cayó el imperio comunista soviético: una estructura excesivamente pesada, dependiente de unas escalas de mando perfectamente establecidas, pero poco eficaces y, sin duda, burocratizadas, faltas de la agilidad y flexibilidad precisas para que las reformas precisas para su puesta al día se llevaran a cabo, sin verse entorpecidas, a través de una lenta cadena de comprobaciones y fiscalizaciones, que hacían imposible que pudieran competir con las de los países de economía libre.

El resultado: la caída del Telón de Acero y el subsiguiente derrumbamiento de la Rusia soviética, abatida, no por ningún país que la venciera en una guerra, sino por sus verdaderas y insalvables carencias; su atraso tecnológico y la deficiencia de sus métodos de trabajo, entre ellos, el principal, la falta de estímulo para un personal sabedor que nunca iba a conseguir mejorar su estatus en la sociedad. Ahora, señores, por extraño que nos pueda parecer, los europeos, los ciudadanos libres que pertenecemos a esta Europa de las naciones y que, en teoría debiéramos sentirnos más libres, menos vigilados, más cosmopolitas y dueños de nuestros actos, para asumir con los riesgos que quisiéramos u optar por el ahorro sin que ello significara un trato fiscal más oneroso. Una maquinaria estatal, a modo del Gran Hermano de Orwel, erigida en una especie de gigante insaciable, un Pantagruel ávido del dinero de los ciudadanos; un opresor que, cada día, se saca nuevas leyes intimidatorias con las que paralizar la iniciativa ciudadana.

Un Estado dictador que nos dice lo que debemos comer, lo que podemos y lo que nos está vedado hacer; que permite que se nos incauten nuestra viviendas o que se nos arruine a impuestos. Un gran falseador, que tanto promete ( como ocurrió con las pensiones que, en un principio, estaban garantizadas, se sabía la fórmula de cálculo y se cotizaba para que, cuando uno se retirase recibiera exactamente aquello que se le había prometido, cuarenta años antes), a cambio de nuestras aportaciones, determinadas prestaciones a favor de los trabajadores, como, cuando fracasan sus previsiones, reducirlas o suprimirlas de un plumazo, sin que ello comporte el que se le pueda demandar, ante los tribunales, daños y perjuicios por su engaño; algo que, vean ustedes por donde, él Estado hace, a través de Hacienda, con suma diligencia, cuando alguien se retrasa en el pago de impuestos, lo que le acarrea la multa y el recargo correspondiente.

No estamos, señores, ante un gobierno de izquierdas, ni Europa es mayoritariamente de izquierdas y, sin embargo, da la sensación de que la potenciación de los estados – ahora incrementada con la aparición de una UE, que no se queda corta a la hora de mediatizar las libertades de los ciudadanos – como grandes interventores de la actividad privada, está adquiriendo peligrosas similitudes con el sistema intervencionista de aquellos países, de economía dirigida, que acabaron con el imperio soviético. Seis millones doscientos mil parados; universidades públicas endeudadas en 1.400 millones de euros; el mismo Gobierno Central presupuesta mas de 10.000 millones de euros para subvenciones, ¿no quedamos que debían suprimirse?; Hacienda estima que existen 5.900 municipios ( de un total aproximado de 8.000) que son “ineficientes”; ¿es esta la regeneración de nuestras administraciones que nos prometieron?.

Esperábamos del Gobierno facilidades para la revitalización del sector privado. La realidad es que, para “promover la exportación” lo que hace Hacienda es tardar más de 5 meses en devolver los pagos de IVA efectuados por ventas al exterior. La CEOE ha destacado que la fragmentación del mercado español nos cuenta cerca de 45.000 millones de euros anuales. Existen entre 100.000 y 200.000 leyes y regulaciones vigentes ¿es esto simplificar y agilizar? Más impuestos, rigidez laboral y la Administración sigue sin pagar en 30 días, como prometieron, sus deudas a proveedores.

No vemos que los políticos den ejemplo, porque siguen aumentándose los sueldos, algo en lo que, curiosamente, existe una rara unanimidad tanto en derechas como izquierdas y extremistas. Como dice don Alfonso Guerra la situación es tal que no se puede descartar que la gente reaccione y, en tal caso, “no va a ser tan pacífica como sería deseable” ¡Esta es sin duda la incógnita! O esta es mi visión, señores, sobre lo que nos viene encima.

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