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Etiquetas:   Copo   -   Sección:   Opinión

Mi perro de las noches amarillas

No comprendía nada de lo que me pasaba, pero siempre estaba junto a mí
José García Pérez
lunes, 3 de junio de 2013, 09:19 h (CET)
“Ya no mirará Gérsom,/ mi perro de las noches amarillas,/ los claros horizontes del sudeste. /Nunca verá a la noche en su encuentro alargado/ con la orilla del mar./ Quedará nuestro aroma/ por las sienes de la ribera”, eran unos versos de mi libro “Silabario de amor”. Hae poco tiempo estos versos se hicieron una triste realidad, pues Gérsom no mirará más.

Fue un regalo, un don, un milagro, el fiel acompañante de las noches de soledad, el mudo testigo de los días de locura, el amigo fiel que atendía a los versos de Walt Whitman que yo leía desde la duna más alta de la playa donde el viento silba nácar, el que desperdigaba a las gaviotas que posaban sus tenues huellas sobre la blanca arena, el que galopaba las marismas a través de los juncos alborozados, el único asistente a la eucaristía del sol y la espuma.

No comprendía nada de lo que me pasaba, pero siempre estaba junto a mí. Es seguro que su instinto, su juego y su alegría estaban más cerca de su amita, pero permanecía en la vieja terraza con los ojos fijos en el ficus que nos abrazaba.

Pero el día pesa un poco más. Tiene una peculiar sensibilidad. Hay sol, pero la sombra lo ampara y detiene su fulgor.

No sé decir o expresar que se ha muerto mi alma esta mañana de mayo un poco más que ayer. Respiro menos, suspiro más y lloro algo, mientras tecleo esta columna de amistad, de amor y de esperanza porque la muerte no detiene la vida, tan sólo aparca la existencia.

En casa vamos a llorar, y mucho, y es bueno que lo hagamos. Se nos han ido diez años de compañía, de felicidad a toda prueba, de ladridos y balanceos arrolladores de alegría, de danza alrededor de la galleta, de alborozo. Es muy serio, muy triste.

Descanse en paz quien existió en plenitud, el cómplice de aquellas “Sílabas de marzo.
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