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Etiquetas:   Columna de opinión   -   Sección:   Opinión

Gallardonadas

Antonio Jiménez
Redacción
martes, 1 de agosto de 2006, 13:02 h (CET)
En todos los partidos han existido y cohabitan, con más o menos incidencia y notoriedad, los llamados "versos sueltos", esos francotiradores de la política, que a veces van por libre y suelen pasarse por el arco del triunfo la disciplina y la coherencia de las siglas que representan con alevosía e inoportunidad.

El PSOE ha tenido y tiene dignos representantes del tomarse la política por su mano sin encomendarse a Zapateros y Blancos. Bono actuó en numerosas ocasiones como un "verso suelto" igual que el extremeño Rodríguez Ybarra, hasta sufrir el jamacuco cardíaco que le moderó sus ímpetus dialécticos, o Paco Vázquez, la conciencia crítica del socialismo zapaterista hasta que perdió una y otra cosa camino del Vaticano y qué decir de Pascual Maragall. Todos han sido protagonistas de gestos y salidas de tono oficiales con sonadas declaraciones a destiempo, pero siempre encontraron el "calorcito" y el apoyo de la casa común del partido por más chirriantes que resultaran. En el PSOE se ha tenido desde siempre muy clarito que antes que discrepantes oficiales, los "versos sueltos" son socialistas. Cosa que no se puede decir lo mismo del PP.

La última patada contra la línea argumental y programática del partido propinada por Alberto Ruiz Gallardón al oficiar de casamentero de dos homosexuales "peperos" ha generado un nuevo enfado colectivo contra la forma de actuar del alcalde de Madrid. La última "gallardonada" se la podía haber ahorrado pero Alberto es así, antes digno que sencillo, y en el PP deberían haberse acostumbrado ya a sus habituales heterodoxias que lo mismo derivan hacia la financiación, desde la concejalía de Alicia Moreno, de un cursillo porno que a la bendición del matrimonio de dos señores aunque eso vaya en contra de los postulados mayoritarios del PP.

El PP está condenado a hacer de la necesidad virtud y soportar sus "gallardonadas", por más que se las pueda criticar, y Esperanza Aguirre a seguir con una resignada cohabitación que es mucho menos mala, sin duda, para los intereses del partido que una crisis seguida de una ruptura o una escisión que podría costarle las elecciones. Las discrepancias de los llamados "versos sueltos" si no derivan en peleas de gallos y enfrentamientos abiertos, no tienen penalización en términos electorales. Todo lo contrario de lo que ocurriría si en Génova a alguien se le pasara por la cabeza cortar drásticamente con Alberto y sus "gallardonadas". En Ferraz es lo que esperan pacientemente para ganar Madrid cada vez que el alcalde se sube al trampolín y hace "pipí" ante los suyos.

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