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Etiquetas:   Al margen   -   Sección:   Opinión

Canaan

Rafael Torres
Redacción
martes, 1 de agosto de 2006, 09:30 h (CET)
En Canaan, hoy Qana, hizo Jesús, según la leyenda bíblica, el primero de sus prodigios, que no faltara el vino en una boda, pero sin ánimo de desmerecer aquella amable acción sobrenatural, el milagro que las generaciones futuras habrían valorado más, el milagro que habría suscitado la emoción y la admiración unánimes de los musulmanes, judíos y cristianos de buena voluntad, hubiera sido el de regalar a esa aldea para el porvenir un invisible escudo protector contra las recurrentes razzias de los criminales. El mejor milagro que hubiera podido disfrutar Qana, Canaan, habría sido el de la preservación de los cincuenta y cuatro milagros que se han extinguido violentamente a causa de la furia homicida de un Estado que supone que sembrando odio, muerte y ruinas podrá recoger algún día la cosecha de la paz.

Un potente milagro, mucho más potente que cualquiera de aquellos con que los dioses asombraban a los mortales de los tiempos sencillos, se necesitaría para detener la mano que, armada por la potencia más poderosa y regida por una mente sin corazón, asesta desde hace sesenta años golpes mortales, terroríficos, en el Mediterráneo oriental. En un mundo sin otra ley que la del más fuerte, regresado por la Administración Bush que amparan al Gobierno de Tel-Aviv a los peores tiempos de violencia y barbarie, sólo un potente milagro podría detener el genocidio, pero más potente aún habría de ser el que devolviera la vida a los niños y a las madres que se refugiaron de los bombardeos en una casa de Qana sin reparar en que las bombas inteligentes saben llegar al centro mismo de la inocencia para hacerla pedazos. Frente a la fuerza, a la violencia ciega y desatada, no hay derecho internacional ni de gentes que se le oponga, y sólo un milagro, un bello milagro de aquellos que proveían a la gente de lo que necesitaba, podría parar la masacre. Pero ya no hay milagros.

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