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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Para pasar el rato

Francisco Arias
Redacción
domingo, 30 de julio de 2006, 22:15 h (CET)
“Dios sabe dónde andarán
mis gafas... entre librotes
revistas y papelotes,
¿quién las encuentra?... Aquí están .
Libros nuevos. Abro uno
de Unamuno.”

Antonio Machado.

La cosa comenzó a complicarse cuando la gente pudo aprender el abecedario. Y esto en nuestro país es de hace cuatro días escaso. Toda la vida , la lectura –y, naturalmente, su correlato, la escritura- había sido privilegio de grupos sociales muy restringidos: clérigos, notarios, médicos, filósofos, alquimistas, curiales, y quizá, de tarde en tarde, algún aristócrata raro o aburrido o algún burgués sin excesivos quebraderos de cabeza. En la práctica había unos profesionales de leer y escribir, y, como Juan Palomo, ellos se lo guisaban y se lo comían. La literatura, en un tal contexto tuvo que ser un asunto de mandarines: serio, refinado, precioso. Se estimaban las delicadezas del oficio –la rima difícil, el concepto ondulante, la extensión del trabajo-, y las juzgaban con ojo de colega, cómplice a veces, y a menudo cruel. Pero alguien inventó la imprenta y luego, poco a poco, se extendió la llamada instrucción pública: las condiciones fueron variando. La lentitud con que se produjo el proceso no desvirtúa nada lo esencial del esquema: a partir de un momento determinado, la lectura dejó de ser lo que era. Y también la escritura: la literatura. De hecho, aparecía un público nuevo, con un tipo de demanda asimismo nuevo, y, en consecuencia, prosperó la producción más ajustada a ambos.

Hoy, en las escuelas y en las universidades, se estudia bajo la ilustre etiqueta de literatura una gran cantidad de material que, en su tiempo, sólo recibió el desdén o la desconfianza de los doctos. Hasta bien entrado el siglo XIX, pro ejemplo, las novelas, por muy geniales que fuesen, no merecieron la consideración de las personas doctas. Y otro tanto, ocurría, o casi, con el teatro. Los letrados, que durante siglos permanecieron aferrados a su latín, únicamente otorgaron respeto a lo que los vernáculos daban en poesía y en papeles devotos. Las novelas tenidas por derroches de estupidez, y, en el mejor de los casos, si la obra alcanzaba un nivel egregio, se le concedía una leve referencia tangencial. Lo que ahora apreciamos como literatura –exactamente, nuestros clásicos nacionales- vegetaba en el arrabal de la cultura. En el XVIII ya se prestó atención a esta clase de escritos, pero más como documentos de idioma , o cosa así, que como género válido. Un erudito español del Setecientos podía acercarse modosamente al Quijote o al Lazarillo: es muy dudoso, sin embargo, que se atreviera a leer una sola novela contemporánea suya, El sentido humanístico de la cultura descartaba estas frivolidades.

Como es lógico, mientras los clanes cultos permanecían enclaustrados en su elevada convicción, el vecindario subalterno se puso a leer, y leyó lo que le gustaba. Los ciudadanos inocentes leen, o para aprender algo, o para pasar el rato. Las lecturas digamos recreativas son las que, a la larga hemos acabado por calificar de literarias. Para pasar el rato, pues, la gente leía. Las lecturas edificantes no siempre han pasado a la posteridad con idéntico marchamo: algunos libros de mística o de historia aún interesan en la estipulación literaria; la morralla restante –tratados de albeitería o de ajedrez, sermones de ocasión, infolios jurisprudenciales, etcétera-, no. Y esto es lo que conviene subrayar: que en montones de volúmenes fundamentalmente dirigidos al consumo más banal y, por supuesto, excluidos del elogio culturalista, hayan sido, después, la literatura estricta.

Pero, a lo que íbamos: el escritor, desde que tuvo ante sí la perspectiva de un lector vulgar, escribió de otro modo. Escribió otras cosas y de otro modo, para ser más preciso. Al fin y al cabo, con la maquinita de Gutemberg, el libro se convirtió en una industria digna de cultivo, y quienes se dedicaban a ella procuraron satisfacer al mercado. Y como dijo el poeta: “¡Ay! Sea por lo que sea, / lo que es es lo que es / aunque ninguno lo crea”.

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