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Etiquetas:   Crítica literaria   -   Sección:   Libros

Bob Dylan, Crónicas, Volumen I

Gabriel Ruiz-Ortega
Gabriel Ruiz-Ortega
domingo, 31 de diciembre de 2006, 01:55 h (CET)
Se ha escrito tanto de Robert Allen Zimmerman, o mejor conocido como Bob Dylan. Desde siempre se estuvo esperando el testimonio directo de este vate que tanto ha aportado al desarrollo de diversos géneros como el rock, country, pop, folk y blues. La figura de este artista ha generado estudios de su obra, biografías autorizadas o no autorizadas, y documentales como los de D.A. Pennebaker (Don´t look back) y Martin Scorsese ( No direction home) No hay nada más apasionante que acercarnos a esta primera entrega de sus crónicas, en la que sabiamente ha sabido contarnos sucesos no muy escarbados de su biografía, a través de un espíritu inquieto y anárquico, ofreciéndonos un honesto fresco, narrado como bien él sabe hacer: sin respetar aburridos órdenes cronológicos.

Para aquellos que esperaban una serie de confesiones nutridas de morbo, pues les recomiendo que busquen otros textos. Los años le han permitido a Bob tener una mirada quieta pero sin carencia de acuciosidad. Este referente de la cultura ha tenido siempre la idea de querer contar lo que deseaba, anteponiendo de esta manera su integridad artística que termina sumando a su leyenda y no caer en burdos juegos premunidos de chisme de alcoba y demás.

Este primer volumen de sus crónicas, de las que ya se han anunciado que vienen dos más, está dividido en cinco partes: Pulir la partitura, La tierra perdida, New morning, Oh mercy y Río de hielo. Acertadamente, The Boston Globe, ha catalogado a Bob como “un gran reportero que ostenta talento para los detalles”. Pues bien, cada página de este libro exuda una mirada que no tiene complacencia ni consigo mismo, en constante crítica hacia cierta pusilanimidad de la que fue presa ni bien empezó a conocer los éxitos musicales que ya conocemos. En estas páginas no hay héroes, no hay miradas edulcoradas de nadie, digámoslo de algún modo, es un canto a la honestidad.

Bob nos habla de su pasión por el jazz, de aquellas noches en las que mataperreaba buscando algún club nocturno en las que deja sentada su satisfacción por los Jam session; de su amistad con los principales representantes de la generación beat; de no avergonzarse para nada de sus orígenes humildes; y de la viva impresión que sigue manteniendo en la memoria cuando John Hammond lo descubrió. Y esa rara sensación de estar en el mismo estudio en el que Bill Halley and the comets grabaron la ya mítica Rock around the clock. El lenguaje es sencillo, el estilo es evocador; y aún así, Dylan no suele caer en muchas digresiones, característica esta que se da cuando se escriben crónicas, memorias y diarios. La narración va creciendo en interés cuando confiesa su desesperación por querer grabar un disco con temas propios. Es necesario recalcar la pasión que Dylan encuentra en la lectura, en la influencia de poetas norteamericanos como Whitman, o narradores como Mark Twain y Herman Melville. Es claramente el testimonio de un artista integral, y conciente del gran talento que tiene y que no sabe cómo expresar, por ello, no duda en preñarse de todas las artes, y es así que entendemos a cabalidad su pasión que siente por la pintura y el cine, en especial por la persona de Fellini y sus películas La strada y La dolce vita.

Mucho se ha dicho del cambio nominal de quien fuera a llamarse para siempre Bob Dylan, es cierto que este cantante y compositor admiraba al inglés Dylan Thomas, pero Bob se empeña en explicarnos que esto se debió exclusivamente a un efecto sonoro que a una declarada retribución de agradecido letraherido.

También se refleja la estela de todos los años de aprendizaje de este autor, quien fue ante todo, un lector omnívoro y un atento analista de los cambios históricos de su tiempo. Y lo curioso radica en que jamás pidió llamarse “La conciencia de una generación”, sintiéndose siempre ajeno a todas las protestas que acaecían. Simplemente quería ser un cantante folk. Lo que ocurría a su alrededor lo llevaba a almacenar y reflexionar en los temas que estaba por escribir, como muy bien se deja leer en el capítulo La tierra perdida. Toda esta búsqueda refleja el backstage de lo que vendría después.

Y para cuando llegan los éxitos y ya cansado de los innumerables conciertos, decide explorar nuevas vertientes musicales y adentrase más en su condición de persona, lo que le valdría afianzar más su convicción de cantaautor. Las páginas dedicadas al cantante folk Woody Guthrie son más que conmovedoras, y claro, su admiración por Joan Baez y su predilección por Jack Kerouac. Desfilan también Bono, a quien se le dedica generosas líneas de reconocimiento intelectual al decir de él que es “una persona que tiene enorme curiosidad por lo que no sabe”, dejando en claro la admiración que siente por el frontman de U2, por su calidad de ser humano comprometido y consecuente; también tiene una fugaz aparición un pequeñín Spike Lee, cuyo padre era un músico de jazz llamado Bill Lee. Quizá sea el capítulo Río de hielo el mejor logrado y el que posiblemente llame más la atención de los lectores que quieran encontrar un poco de “frivolidad” puesto que hay más personajes conocidos por el gran público y al que Bob los trata bien, pero sin perder el hálito crítico.

Si alguna posible dificultad el presente volumen puede presentar, es el cúmulo de información que el autor maneja, en algunos casos solo puede ser decodificada por Dylanólogos. Ya los amigos de Minneapolis Star Tribune han advertido sobre ello, empero, el relato fluye con mucha facilidad, y este posible óbice para los no familiarizados con el mundo de Bob llega a ser superado con una casi insignificante cuota de voluntad.

Varias veces nominado al premio Nobel de Literatura, esta leyenda viva nos demuestra que no solo de talento se hace una obra imperecedera, este texto es también una declaración de amor por el saber, ergo, el no quedarse estancado en las aguas de la superficialidad y el exitismo. Hay páginas en las que expone su ferviente admiración por Balzac, Maquiavelo y Ginsberg, autores muy distintos entre sí, pero cada uno con cuotas de ambición, cuestionamiento y entrega total, siendo estos algunos ejemplos del fundamento intelectual en el que descansa hasta el día de hoy su tan envidiado duende creativo. Dylan no solo nos guía a su manera por las páginas de este libro, sino que también nos permite disfrutar de una prosa depurada, musical, ya casi poética. Imprescindible.

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