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Etiquetas:   La parte por el todo   -   Sección:   Opinión

Ciudades-museo

Óscar Arce Ruiz
Óscar Arce
sábado, 29 de julio de 2006, 22:06 h (CET)
No sé si todos seríamos capaces de definir lo que entendemos por ‘lugar’, aunque podría afirmar sin temor a equivocarme que absolutamente todos podríamos señalar alguno. El asunto parece complicarse si alguien quisiera que le definiésemos (o le señaláramos) lo contrario de un lugar. La empresa se complica sólo en apariencia.

El antropólogo francés Marc Augé defiende la existencia de lo que llama los ‘no lugares’. En palabras del mismo, si un lugar es “lugar de identidad, relacional e histórico, un espacio que no puede definirse ni como espacio de identidad ni como relacional ni como histórico, definirá un no lugar”. De identidad por suponer un hito identitario global para las personas que practican el lugar, relacional por la posibilidad de relación interpersonal entre los practicantes, e histórico por la relación entre el propio lugar y su contexto.

Augé identifica como no lugares típicos los medios de transporte, las estaciones de tren o los supermercados, aduciendo al carácter de anonimato que posibilitan precisamente por la acumulación de individuos que los recorren. También lo son los parques de atracciones o los aeropuertos.

Es básico apuntar que los no lugares son construcciones realizadas con esa función específica: la función de ser un espacio de tránsito y de anonimato. Se producen, según Augé, a partir de la época postmoderna y tal producción supone de manera ineludible la no-integración de lugares históricos dentro de los contextos urbanos sobremodernos.

Una de las maneras de no integrar los elementos de distribuciones urbanísticas anteriores es desintegrándolos, derribándolos, reduciéndolos a escombros y polvo. Opción pesada, sin duda, laboriosa y cara.

Segunda, y más utilizada, alternativa es la de catalogar las piezas arquitectónicas pretéritas como ‘elementos a observar’, aplicándoles en ocasiones carteles o leyendas informativas a los lugares en concreto, o a los planos o indicaciones que refieren a ellos. Ello conduce a la irremediable museización de las ciudades, con sus piezas maestras, sus construcciones de segunda y hasta sus exposiciones temporales.

Tanto es así, que todos sabemos exactamente los lugares que debemos visitar si vamos a Barcelona, París, Montreal o El Cairo; y los no lugares por donde debemos circular para llegar a los puntos cruciales.

Tierna inocencia la de quienes, por no adaptarse a un viaje organizado, piensan que son más libres que el resto.

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