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Etiquetas:   Columna de opinión   -   Sección:   Opinión

Lo que nos queda de Franco

Fernando Jáuregui
Redacción
sábado, 29 de julio de 2006, 16:21 h (CET)
Con este título, 'Lo que nos queda de Franco', publiqué hace diez años un libro junto con el también periodista Manuel Ángel Menéndez. Entonces, de Franco y su circunstancia quedaban las efigies de las pesetas, algunas estatuas, bastantes calles, algún rescoldo legal, puede que uno o dos atavismos intolerantes y casi ninguna nostalgia. La guerra civil parecía olvidada, y nuestros hijos adolescentes desconocían por completo los nombres de aquellos ministros del Régimen que tanto mandaron. No había crispación en torno al nombre del odiado dictador, que a varios tan bien les vino para medrar subidos sobre la chepa de los vencidos.

Resulta curioso, pero es posible que hoy, una década después, nos quede más de Franco que entonces. Esa tenacidad por revivir una difusa memoria histórica, que puede que sea algo histérica, ese empeño en recordar a los familiares muertos en la guerra fratricida (todos tenemos nuestros muertos allí, asesinados por los dos bandos), ese machacar en los hechos más dolorosos, han acabado por reabrir algunas heridas. Y hoy, Franco vuelve a ser munición de quienes disparan, desde ambos bandos, con sal gorda. Y hoy, las dos españas están más presentes que jamás desde que comenzó la transición.

Y no, no estoy hablando (solamente) de una culpa de un Gobierno cuyo presidente a veces más parece un universitario inflamado que un estadista moderno y europeo. Estoy hablando de todo un país al que encanta emular a la mujer de Lot y mirar atrás, aun a riesgo de convertirse en estatua de sal. No entiendo, digo la verdad, esa prisa por sacar adelante una ley de la 'memoria histórica' que, por muy rebajada que esté, resulta algo extraña en el cuerpo colectivo de los españoles que miran hacia el futuro. A mí, de Franco me interesa que nos quede solamente la historia, cada vez más lejana, de una iniquidad, que yo (y los historiadores) sabremos cómo contar a nuestros hijos, sin necesidad de que nos lo reinterpreten a cada paso quienes nada conocieron, quienes poco supieron.

Como si los problemas del presente no fuesen bastantes.

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