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Etiquetas:   Columna de opinión   -   Sección:   Opinión

Abusos y costumbres

Fermín Bocos
Redacción
sábado, 29 de julio de 2006, 16:21 h (CET)
Soraya Sáenz de Santamaría, la cara amable de guardia en el sanedrín del PP, le ha puesto cifra a la excursión londinense del presidente del Gobierno. Treinta y seis mil euros: seis millones de pesetas.

Quiere que los devuelva porque, según lo trascendido, Zapatero y familia se fueron de 'weekend' a la 'City', no para hablar con los colegas irlandeses de 'Josu Ternera', sino para matricular a una de las niñas Zapatero-Espinosa en un curso de inglés y, aprovechando, de paso, el viaje, para sumergirse en las rebajas de Zara y Harrod's. Pueda que tenga razón la emulgente dama popular en que lo concerniente a las horas de asueto y paseo por Londres de la familia presidencial debería tener un tratamiento separado de todos aquellos actos amparados en la razón de Estado.

Ocurre, sin embargo, que en este asunto, como en tantos otros, en España, la única autoridad a la que uno puede remitirse es a la costumbre y aquí ése registro es tan variopinto como arbitrario. La memoria nos recuerda que un buen día, sin consultar ni al Parlamento ni al Consejo de Ministros, José María Aznar, a la sazón presidente del Gobierno, se subió al mismo 'Mystère' empleado por Zapatero para ir a Londres y se plantó en las Azores -un viaje algo más largo- para unirse a Bush y a Blair en la deriva de la guerra de Irak.

Ocho españoles perdieron la vida en aquella aventura que tenía rechazo (Rodrigo Rato) hasta en el propio Consejo de Ministros presidido por Aznar. Más de cien mil millones de pesetas nos costó a los contribuyentes aquel delirio de grandeza del señor que pasó de veranear en Quintanilla de Onésimo (Valladolid) a fumarse un 'Churchill' en el rancho que la familia Bush tiene en el pueblito tejano de Crawford.

Aznar no dudó en utilizar los medios públicos de transporte para utilizarnos a todos los españoles en su campaña de relaciones públicas con el Gobierno más reaccionario que han tenido los Estados Unidos en los últimos cien años.

Entre estas dos formas de comportarse como nuevos ricos, prefiero la de quien el mayor daño colateral que provoca es ir de compras a una tienda de Zara de Londres cuando tiene una en Madrid, concretamente en la calle Princesa; un comercio que, andando, está a menos de cinco minutos de La Moncloa.

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