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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Una vida más natural

Francisco Arias
Redacción
viernes, 28 de julio de 2006, 21:48 h (CET)
“Con la humildísima grandeza
del santo Francisco de Asís,
amemos a la Naturaleza.”

Miguel Hernández. El pensamiento occidental ha sido ciego durante largo tiempo a nuestros derechos y deberes ante la Naturaleza. Hay que recuperar nuestra concepción de seres naturales, percatarse, frente a las falsificaciones de la modernidad, de que la Naturaleza forma parte de nuestro propio ser. Es nuestro ámbito. Como alguien ha dicho: “La naturaleza es el cuerpo inorgánico del hombre”.

El pensamiento occidental ha sido ciego durante largo tiempo a nuestros derechos y deberes ante la Naturaleza. Hay que recuperar nuestra concepción de seres naturales, percatarse, frente a las falsificaciones de la modernidad, de que la Naturaleza forma parte de nuestro propio ser. Es nuestro ámbito. Como alguien ha dicho: “La naturaleza es el cuerpo inorgánico del hombre”.

hombre es parte de la Naturaleza. Tal integración constituye algo esencialmente histórico. Resultado de la evolución, las huellas del largo pasado natural y biológico no sólo están grabados en nuestro ser, troquelan nuestra peculiaridad humana, nuestra anatomía y fisiología, también nuestra necesidad de realizarnos a través de la cultura. Y de cara al futuro, con la incesante transformación del medio que producimos, define las posibilidades de las generaciones que en el porvenir habrán de sucedernos. Sólo podremos encontrarnos a nosotros mismos y realizarnos si nos reconocemos en la Naturaleza.

Parece, sin embargo, que el hombre moderno se ha empecinado en dar la espalda a tan primaria evidencia. En nuestra cultura ha primado la postura que ha visto la Naturaleza no participativamente, sino como objeto de dominio y explotación. El hombre como señor y dueño de la Naturaleza.

Hemos heredado una industria, una situación de los recursos, una urbanística, una organización de la información y de los transportes que gravitan pesadamente sobre muestras capacidades creadoras. Se han generado necesidades y formas de vida congruentes con esta infraestructura. Podemos, entonces, tratar de cambiarlas. Necesitamos hacerlo. No es preciso tener una imaginación demasiado optimista del hombre posible y un exceso de imaginación, basta abrir los ojos para percibir las inmensas frustraciones y miserias de esta sociedad.

Nos encontramos, como un personaje de Kafka, sometidos a poderes irracionales que nos juzgan, con el agravante de que los hemos creado nosotros. Aunque nos arrepintamos no hay aquí mano absolutoria que nos devuelva las gracia; tampoco aunque comprendamos los errores del pasado bastará con los nuevos descubrimientos para borrar las equivocaciones y edificar un nuevo sistema teórico. Los resultados del hacer técnico gozan de especial permanencia y tienden desde su inercia a conformar congruentemente la vida humana, perpetuando las actitudes que le dieron nacimiento.

En el último siglo, hemos asistido, innegablemente, a un despliegue científico verdaderamente portentoso. Los avances técnicos no han sido menos deslumbrantes. Pero el resultado que arroja este desarrollo descubre un panorama social sumamente inquietante.

Un proyecto emancipador tiene que desarrollar alternativas técnicas congruentes con su ideal de vida. No es posible transformar la sociedad por la mera vía de la democratización política y la colectivización económica –aunque ambas sean necesarias- sin modificar el entorno con su poderosa lógica. Se trata de transformar el escenario, la ecología en nuestra vida como base para una nueva existencia. Si la técnica ha representado una creación humana que nos ha permitido sobrevivir, se nos presenta ahora en un nuevo salto histórico la necesidad de apoderarnos de nuestro propio producto en lugar de dejarnos dominar por él. Y como dijo el poeta: “Tú , que sabes tantas cosas, / dime por qué vuela el pájaro; / por qué crecen las espigas: / por qué reverdece el árbol. / Por qué se encienden de flores / en primavera los prados”.

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