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Etiquetas:   Desde la libertad   -   Sección:   Opinión

Segundo avión

Ramón Pi
Redacción
viernes, 28 de julio de 2006, 15:41 h (CET)
Seguramente habrá habido más, pero la notoriedad es la notoriedad, y hay cosas que se cuentan precisamente según este criterio. Hace una veintena de años, el entonces vicepresidente del Gobierno Alfonso Guerra, vicesecretario general del PSOE, dispuso de aquel célebre avión Mystère oficial para ahorrarse los atascos de la frontera de Ayamonte y llegar desde Faro a Sevilla a tiempo de ver torear a Curro Romero en la Maestranza. Aquel escándalo fue tan estruendoso que todavía se recuerda, y lo de Rodríguez Zapatero de estos últimos días ha venido a refrescar aún más la memoria de quienes todavía la tenían fresca.

El presidente del Gobierno y secretario general del PSOE (hemos subido un escalón), ha dispuesto, según las informaciones que nos han llegado, de un avión Falcon oficial para llevar a su familia a las rebajas de Harrod's, en Londres. Qué curioso: si el avión era un "Falcon 10", podría tratarse no digo que del mismo aparato, pero al menos sí del mismo modelo de avión, cuyo nombre completo es "Dassault Mystère Falcon 10". El golfo, esta vez, no ha sido el número dos, sino el mismísimo número uno del Gobierno, y, para mayor escarnio, el mismo que ha establecido unas normas de comportamiento del Gobierno que ensalzan la austeridad. Guerra también presumía de austeridad, parece mentira lo poco que se aprende de la sabiduría popular, dime de qué presumes y te diré de qué careces. Rodríguez Zapatero ha pedido a los suyos que no cambien de costumbres ni aficiones por tocar poder y dinero público; Guerra pidió que los ministros fueran de vacaciones al pueblo con la mujer y los niños, y con un pañuelo de cuatro nudos en la cabeza. La historia se repite.

Pero aquí se acaban las similitudes: el escándalo de entonces no se ha reproducido ahora, ni mucho menos. Hemos perdido mucha calidad en nuestra capacidad de defender valores tan genuinamente democráticos como el control social del uso del dinero público por parte de los altos cargos, y no digamos del presidente del Gobierno. No es sólo una cuestión de estética, ni siquiera de ética: es una cuestión de supervivencia de las libertades y del sistema democrático. De la pendiente se pasa a la caída libre.

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