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Etiquetas:   Columna de opinión   -   Sección:   Opinión

Dar las gracias, pedir perdón...

Francisco Muro de Iscar
Redacción
viernes, 28 de julio de 2006, 13:14 h (CET)
Dar las gracias, pedir perdón, excusarse de haber hecho algo mal, ceder el asiento en el autobús a una persona mayor, no gritar, abrir una puerta y dejar pasar a otro, no poner la música a tope en el coche con las ventanas abiertas, respetar a los demás, no llamar de tú a quien no conoces de nada... De verdad, ¿es tan difícil ser educado, cumplir algunas normas de lo que antes llamábamos urbanidad? Las normas son puras convenciones y cambian con el tiempo, pero son marcos que facilitan la convivencia y que permiten moverse sin que la libertad de unos agreda la libertad de otros. Han existido siempre y siempre existirán. Pero hay tiempos en los que parece que no se lleva nada.

Sucede que muchos hijos maltratan de palabra a sus padres, alumnos a profesores, los tertulianos de la televisión insultan a sus compañeros sin reparo y a gritos, los políticos se pasan seis pueblos en lo que debería ser una dialéctica de ideas, muy pocos tratan con respeto al otro... y, al final, la anormalidad se convierte en norma y una mayoría aceptamos, como si estuvieran bien, conductas que son reprobables, pero que acaban convirtiéndose en normales, es decir en "norma" y son copiadas miméticamente. Lo "publico" es tratado por muchos como si no fuera de nadie y así las papeleras, los parques, el mobiliario urbano es destrozado sin reparo alguno. Ninguno de nosotros se atreve a criticar conductas públicas agresivas o violentas, porque puedes sufrir serias consecuencias, como le sucedió hace poco a un joven que salió en defensa de una chica y acabó apuñalado.

Pero no me refiero a conductas heroicas ni a situaciones límite. Hablo de "lo normal", del día a día. Hablo del que tira papeles en la calle, escupe, grita, alborota, se cuela en todos los sitios con descaro, destroza lo que es de todos, mira amenazante, de esos niños maleducados, de lo que se ve estos días en las playas o en las piscinas públicas... Esas normas deberían aprenderse en la familia, pero parece que los padres andamos ocupados en otras cosas. Deberían aprenderse y practicarse en la escuela, pero tampoco. Bastante tienen los profesores con defenderse de la falta de interés de sus alumnos. La ciudad se vuelve jungla porque los ciudadanos somos maleducados o aceptamos que otros lo sean. Lo que no es de recibo es que la pésima educación tenga, además, premio. Ni en la calle ni en la televisión ni, mucho menos, en el Parlamento.

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