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Santiago apóstol

Pascual Falces
Pascual Falces
miércoles, 26 de julio de 2006, 20:14 h (CET)
En esta hora de “alianza de civilizaciones”, parida por el accidental y temerario Presidente del actual gobierno de España, el “25 de Julio” no es un día cómodo, sino para pasar rápidamente de hoja. Salvo que Galicia, sin el Apóstol, es posible que no existiera, y dejarían de tener razón las innumerables festividades locales que existen en la Cristiandad, desde la Europa medieval en el tiempo, hasta las lejanas tierras de allende los mares en la Geografía.

Por otra parte, la susodicha “alianza” existe en España desde que moros y cristianos, cansados de pelearse, hicieron frente al futuro, y desde Córdoba o Toledo, hasta el Ebro, del norte al sur peninsular, surgieron, de esa convivencia, innumerables libros mixtos de sabiduría –donde se mezclaron la Filosofía y la Medicina helénica, con el saber del Islam, y la comprensión visigótica-, y el arte “mudéjar”, desparramado, aquí y allá, por los alarifes relegados en la Reconquista y los recursos de quienes habían recuperado lo que creían ser su tierra.

En el siglo IX de la Historia de España, el apóstol Santiago experimentó un nuevo “look” que se dice ahora, y de ser un andarín e incansable predicador del Evangelio en la península ibérica, pasó a ser el combatiente aliado contra las turbas musulmanas. En su primera interpretación recibió el apoyo de la Madre de Jesús en Zaragoza, una noche en que se retiró a las afueras del Foro de la ciudad romana recién construida para defender el puente que aseguraba el paso del Ebro desde el puerto de Tarragona, y en un lugar muy cercano a la rivera, le dejó un Pilar de mármol que, para siempre, recuerda, y así es venerado desde entonces, tal visita “en carne mortal”.

De apóstol mártir de la Nueva Ley, pasó a convertirse en “Santiago Matamoros”, adalid de la causa cristiana sobre un brioso y blanco corcel. Con los años fue reconocido como Patrón de España. Se entiende que en los tiempos que corren, ambas palabras son lo que se dice, “políticamente” incorrectas. El país es un estado laico, y atufa laicismo por casi todas partes, y, además, se pone en duda que, en efecto, sea España. Si no le estalla entre las manos alguno de sus peligrosos “experimentos” al inquilino de La Moncloa, el tiempo, a corto plazo, lo dirá.

Más, no es fácil, por no decir posible, desmontar del corazón de las gentes, de sus piedras hechas arte en miles de iglesias y catedrales, y, de las agendas de fiestas típicas, por no decir del sustento que procura la atracción compostelana para toda Galicia la veneración de Santiago. Algo es preciso discurrir para que el Apóstol siga el curso del tiempo. Hoy día, la famosa batalla de Clavijo, a unos veinte kms. de Logroño, donde se cuenta que apareció en su blanco caballo, está en tela de juicio histórico sobre si existió o no, pero, tampoco es cuestión de cargarse su eficaz ayuda moral para la Reconquista. Un hecho histórico de siglos.

Tal vez le encuentren un lugar como pacífico negociador entre moros, judíos y cristianos, y no creyentes en general. Así, de este modo, podemos llegar a verlo en su nueva imagen presidiendo mesas de negociación. Santiago, el “negociador”, sería bien recibido en tanto conflicto como el mundo atraviesa por esa peculiaridad de la Humanidad de dividirse, generalmente, en dos mitades equivalentes y contrapuestas, y, con inclinación a llegar a las manos, si no se sitúan “fuerzas de interposición”.

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