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Etiquetas:   Columna de opinión   -   Sección:   Opinión

El día del apostol

Fermín Bocos
Redacción
miércoles, 26 de julio de 2006, 09:22 h (CET)
Se celebró en Compostela el Día del Señor San Yago y a la ceremonia principal, la de la ofrenda de España al Apóstol, no acudieron algunas de las autoridades autonómicas aduciendo que la ceremonia refleja la supeditación del poder civil al poder religioso, servidumbre que no se lleva ya en estos tiempos. Tienen razón en que no debe existir esa férula, pero la pierden al confundir el respeto a la tradición con la traslación de ésa circunstancia a la jerarquía social de nuestro tiempo.

Es verdad que la mencionada ceremonia que tan espectacular boato despliega viene de tiempos -siglo XVII, reinado de Felipe IV- en los que la tríada 'Dios, Rey, Honor' todo lo presidía y todo lo medía; pero no es menos cierto que no hay en el mundo institución que perdure que no hunda sus raíces en las creencias de antaño.

En el Japón, a la sazón una democracia, los monjes que madrugan para anunciar con campanas de bronce la coronación del emperador de la monarquía más antigua del mundo, el Trono del Crisantemo, meditan mirando hacia el Monte Fuji. En Inglaterra, la democracia de más edad y posiblemente el país más descreído del mundo, los reyes son coronados en la catedral de Westminster.

A ningún inglés en su sano juicio se le ocurriría proponer que dicha ceremonia se celebrara en otro lugar ni que el rey o la reina prescindieran del manto de armiño y la corona que lleva el diamante que Pedro el Cruel, Rey de Castilla, regaló al 'Príncipe Negro' cuando estuvo por aquí con sus lanceros luchando contra los Trastámara.

Napoleón, que acabó con buena parte del reino que el Papa tenía en éste mundo, se hizo coronar en París por el sucesor de San Pedro. Napoleón -un tipo crucial en la historia de la secularización de Europa- sabía, sin embargo, de la importancia de la tradición.

Todo lo que somos en el presente remite a raíces que vienen del pasado. El presente es fruto del pasado y la pretensión de rescribir la historia es pulsión propia de gentes ignorantes.

Decía el político inglés Edmond Burke -el que definió a la Prensa como el 'cuarto poder'- que la costumbre es lo que da a una sociedad sus valores.

Destruirla -añadía- es destruir, también, la propia sociedad. Pues que tomen nota alguno de éstos ignaros que nos gobiernan. Anoto, de paso, que Emilio Pérez Touriño, el presidente de la Xunta, al distanciarse de sus compañeros de viaje, si ha sabido estar a la altura de las circunstancias. En este caso, honrando una tradición cuyo hondo significado va mucho más allá del papel que ocupa o deja de ocupar el clero en nuestra sociedad.

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