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Etiquetas:   El envés   -   Sección:   Opinión

Identidad perdida

¿Cómo extrañarse del malestar social que avanza como una marea y que amenaza con reventarlo todo ya que se extiende la conciencia de que no tenemos nada que perder que no nos hayan arrebatado antes?
José Carlos García Fajardo
martes, 30 de abril de 2013, 11:34 h (CET)
Los medios de comunicación nos desconciertan: estafas de millones que huyen a paraísos fiscales; personas tenidas por respetables que mienten ante los tribunales; instituciones religiosas, militares y garantes del orden público que especulan con dinero negro; clérigos que, en un Estado que garantiza la libertad de conciencia, reciben millones de euros al año de los presupuestos del Estado incapaces de obtener la financiación de sus fieles.

Pretenden imponer sus creencias en las escuelas con cargo al Erario e impartidas por quienes no han superado las pruebas a las que se someten todos los docentes ante tribunales imparciales. Las religiones deben aprenderse en los templos o en los hogares. Es conveniente que en los colegios se imparta Fenomenología de las religiones como integrantes de las diversas culturas.

Vivimos un ambiente de desazón, terrorismo suicida, matanzas de inocentes, hambre y huida de millones de seres ante el silencio de gobernantes que callan ante la explotación de los habitantes del Sur sociológico mientras se les arrebatan riquezas, medios de vida y se les utiliza como mano de obra barata. En Afganistán se bombardean poblaciones civiles y se les arrojan alimentos con propaganda para que los recojan entre los ruinas de las bombas. Se embarga a pueblos enteros, se desprecia la diferencia cultural y la riqueza de las señas de identidad. El Norte rico necesita inmigrantes y, a los que llegan, se les margina y explota.

Pero no podemos venirnos abajo al contemplar un mundo al revés en una atmósfera de locura en la que pretenden que todo vale con tal de que produzca beneficios para unos pocos a costa de la pobreza de la inmensa mayoría.

¿Cómo extrañarse del malestar social que avanza como una marea y que amenaza con reventarlo todo ya que se extiende la conciencia de que no tenemos nada que perder que no nos hayan arrebatado antes?.

Crecen la pobreza, la desigualdad, la marginación y la exclusión. Se incrementan los presupuestos para armamento, se mantienen 24 guerras vivas, se vulneran los derechos humanos fundamentales y se privilegian las relaciones con regímenes políticos que mantienen la pena de muerte, la tortura como sistema y la injusticia social como método.

Para que no nos arrastre la desilusión y se apague la esperanza podemos compartir un texto de Neruda que puede animarnos a arrimar el hombro para hacer que cada día, cada minuto se llenen de sentido porque no hemos podido haber nacido para padecer y contemplar tanta injusticia de muerte.

Porque muere lentamente quien se transforma en esclavo de la rutina, repitiendo los mismos trayectos, no se arriesga a abrirse a nuevos horizontes y no le habla a quien no conoce. Quien no se acepta como es y no actúa en consecuencia, prefiere lo ya conocido aunque mezquino a un remolino de emociones, de esas que rescatan el brillo de los ojos, transforman en sonrisas los bostezos, y en oportunidades los problemas.

El que no se atreve a cambiar de rumbo cuando está infeliz en el trabajo, quien no arriesga lo cierto por lo incierto para ir detrás de ese sueño que lo desvela. Quien no se permite alguna vez huir de los consejos sensatos. Quien no viaja, no lee, quien no oye música, quien no es amable consigo mismo. Quien destruye su amor propio sin reconducirlo hacia horizontes de armonía, quien no se deja ayudar. Quien pasa los días quejándose de su mala suerte o de la lluvia incesante o que no se atreve a preguntar sobre un tema que desconoce o no comparte lo que sabe. Quien no comparte sus emociones, alegrías y tristezas, no confía, no lo intenta, no trata de superarse o no aprende de las piedras del camino de la vida, quien no ama y se deja amar.

Evitemos esta muerte silenciosa y aburrida, recordando que estar vivo exige un esfuerzo mayor que el simple hecho de respirar. Pero que, al fin, nos reconcilia con la vida. Cuenta Galeano que un niño de tres años, al contemplar en el telediario a las muchedumbres errantes y marginadas, dijo: “No saben volver a sus casas”.
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