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Etiquetas:   Crítica de cine   -   Sección:   Cine

'Zulo': Sin riesgo no hay gloria

Gonzalo G. Velasco
Gonzalo G. Velasco
domingo, 10 de septiembre de 2006, 19:48 h (CET)
Lo bueno de tener una industria cinematográfica tan mediocre como la española es que, en cuanto alguien consigue trascender esa mediocridad, uno se siente tan orgulloso y lleno de esperanza como si lo hubiera hecho él mismo. Olvídense de Isabel Coixet, Fernando León, Achero Mañas y demás vendedores de humo avalados por ese trofeo a la nada que son los Goya. Carlos Martín Ferrera, el director de Zulo, se ha erigido por méritos propios en el William Wallace del cine español, y su película, ganadora del premio especial del jurado en el Festival de Sitges del año 2005, contiene, siquiera de forma involuntaria, un canto a la libertad (creativa) tan demoledor como el reivindicativo grito final de Mel Gibson en Braveheart.

Y es que construir una película alrededor de tan sólo tres personajes (dos de ellos prácticamente accesorios), una localización, y una trama perversa cuyo único sentido es el de asistir al proceso de degradación física y psicológica de un hombre secuestrado por dos desconocidos sin motivo aparente, no está a alcance de cualquier picoteador de subvenciones. Martín Ferrera lo hace en Zulo, y su pulso demuestra una firmeza tal que lo que en principio parecía una entelequia, acaba por materializarse como algo real ante los ojos incrédulos de cualquier espectador con un mínimo de sensibilidad. Zulo engancha, aterra, mantiene el ritmo en todo momento a pesar de sus limitaciones, es dinámica, original e innovadora. La cámara del director se mueve por los 2,80 metros de diámetro y seis de altura del pozo donde transcurre la acción con la misma seguridad y solvencia que la del Brian de Palma del prólogo de Snake Eyes. El actor protagonista, Jaume García Arija, da un recital de interpretación que pondría cachondo al mismísimo Stanislavski, y los elementos formales están tan cuidados que la película da la impresión de disfrutar de un presupuesto más holgado del que realmente tiene.

Pero lo mejor de Zulo no es nada de lo anterior, sino su vocación alegórica, su esfuerzo por no constreñir la capacidad del público para interpretar el film en sus propios términos, su respeto por el espectador. Y en este sentido, el film de Martín Ferrera se aproxima al cine de autor europeo solo que libre de la carga pedante y/o soporífera que muchos de sus directores punteros suelen tener. Así es cómo Zulo puede leerse como una metáfora de las malas etapas de la vida, como un tributo a la esperanza, como una crítica a la política socialista sobre la vivienda, o como una descripción acertadísima de la situación actual del cine español. Eso, siempre que se quiera ir más allá del mero ejercicio de estilo, que ya por si sólo, constituye un manjar exquisito para los paladares cinematográficos más exigentes. Una delicia.

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