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Opinión
Etiquetas:   Carta al director  

Un lenguaje claro

Francisco Arias
Redacción
lunes, 24 de julio de 2006, 20:47 h (CET)
“Tierra de santos y de cantos,
de santeros y de copleros,
de bailaoras y toreros,
de maravillas y de espantos.”


José Bergamín

Investigar se ha puesto de moda. Los políticos investigan igual que los jueces, los abogados, los periodistas, los detectives y los estudiosos. Muchas personas dedican sus vidas enteras a intentar descubrir algún avance en genética o medicina celular. Los gobiernos destinan cantidad de dinero –generalmente menos que a armamento- a la ciencia y a la investigación.

Cualquiera de nosotros investiga si las cuenta del banco son correctas a fin de mes y si para la declaración de la renta deberemos pagar más o menos, porque al final siempre pagamos. Y también, cuando no nos ve nadie, investigamos el significado de aquella palabra que acostumbramos a oír diariamente y que tantas dudas nos plantea.

También nos plantea dudas y nos da un pánico enorme que el vecino enteradillo con el que siempre coincidimos investigue hasta dónde llega nuestro nivel sobre las palabras que están de moda.

Nos hemos visto obligados a reciclarnos en muchos campos: en el de la economía, para aprender qué es un balance de cuentas, un fondo de inversión, el TAE, el cash-flow, Dow Jones, un plan de pensiones, una amortización o la dichosa hipoteca; en el de la televisión, porque con tanto zapping, reality, show, culebrón, chébere, OK y contraprogramación no teníamos conciencia que también había telebasura; en el lenguaje jurídico, porque careo, sobreseimiento, incoación, vista, laudo o requerimiento ya son palabras comunes.

Reciclarnos es positivo, porque hemos tenido que interpretar algún tipo de contrato, desmenuzar la letra pequeña para no leer sólo lo que querían que leyéramos. Y no hemos visto obligado a no tener sólo en cuenta el lenguaje administrativo –tan engorroso o más que desesperarte yendo de una ventanilla a otra-, sino a informarnos gracias a algún amigo compasivo sobre qué se debería tener en cuenta al comprar algún objeto y no dejarse llevar por los consejos desesperados del vendedor. También a la hora de encargar algún arreglo al objeto comprado.

De chapuzas y pícaros está el mundo lleno. Y nosotros, mientras, investigando con qué trampa nos van a sorprender. Unas veces, la factura, el precio de oro al que cobran las horas, el desplazamiento y el transporte; otras, el IVA; otras que no se hacen responsables de los posibles deterioros materiales, etcétera.

Es hora de hacer una reflexión: ¿es que como persona de la calle nos vamos a obsesionar y a tener pesadillas si el índice Nikkei o Dow Jones han caído dos puntos si el share de una determinada cadena televisiva ha descendido por culpa del zapping,, y porque aquel amigo se pasó un fin de semana haciendo puenting, karting y le han regalado una mountain bike?

Tenemos derecho a saber qué compramos o qué servicio recibimos. Igual que cuando tenemos dudas sobre cualquier tema intranscendente preguntamos a un experto, aún lo tenemos que hacer más si la problemática nos afecta a nosotros. Debemos exigir un lenguaje claro, pero debemos seguir investigando. Y es que, como dijo el poeta: “La mentira corre tanto / por alcanzar la verdad, / que en el impulso que lleva / siempre se la deja atrás”.

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