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Etiquetas:   Sálvese quien pueda   -   Sección:   Opinión

La ficción

Joan Torres

domingo, 23 de julio de 2006, 04:47 h (CET)
Hace tiempo que Marbella sufre un ataque de irrealidad. Para aquellos residentes en otras localidades, esa ciudad destila una curiosa variante de anarquía: nadie manda pero, al mismo tiempo, se rige por una suerte de leyes propias que se transmiten en forma de billete. Nada de traspaso oral o escribanos eruditos. Prima el trapicheo, el mangoneo, las tapaderas y todas las variantes posibles de estos sofisticados métodos. Welcome to the jungle. We got everything you want. Honey, we know the names.

Se equivocó Calderón. Marbella es sueño. Y produce monstruos, sobretodo en forma de alcaldes. Obviando al que descansa (suponemos que en paz) dos metros bajo tierra, su sucesor, Julián Muñoz, es digno de esta aberración onírica. De todas formas, no creo que esté ahora en prisión, con sus iguales, por malversación (¿Será un antónimo de conversación?). Lo habrán detenido por callo malayo, digo yo. Todo en él es un esperpento, no puede ser real. Esa camisa abierta con el collarcico dorado en el pecho, esos pantalones por las axilas, ese bigote atroz, esos modales ausentes y, sobretodo, ser pareja de Chewbacca.

Ya saben de quién hablo. Si aún no lo pillan, comparen la similitud de los alaridos y la cantidad ingente de pelo del personaje de ficción y el real. ¿O son los dos de ficción? (Para los legos en Star Wars, sustituid Chewbacca por el Yeti y tendréis una comparación análoga). Tal cantidad de pelo debería utilizarse de forma altruista, donándolo a asociaciones de calvos o empresas de pelucas. Con una sola patilla del calibre pantojil, 100 millones de melones lisos, como mínimo, reverdecerían para desánimo y recesión de Propecia y Minoxidil. Una revolución estética digna de originarse en Marbella, cuna de lo irreal.

Quizá habría que analizar los caprichos de esta urbe desde otra visión. Fraccionarlo todo, coger parte por parte y darle la vuelta, analizarlo desde otro ángulo, como hacían los cubistas. Con razón el aeropuerto toma el nombre del máximo precursor de esa extraña y fascinante manera de plasmar la realidad, Pablo Ruiz Picasso. Porqué… ¿acaso no es extraña y fascinante esta ciudad ficticia?

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