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Etiquetas:   Literatura   Crítica   -   Sección:   Libros

Zapatos italianos

La novela negra de Henning Mankell
Javier Úbeda
martes, 23 de abril de 2013, 13:29 h (CET)
El escritor sueco Henning Mankell (Estocolmo, 1948) es uno de los maestros indiscutibles del género policiaco, y también es un excelente novelista, autor nada más ni nada menos de obras de teatro, artículos, ensayos y libros para niños que han gozado siempre del favor del público, Henning Mankell, en parte o mucho, es uno de los principales responsables del auge de la llamada novela negra, sobre todo debido a su serie Wallander, protagonizada por el sagaz y peculiar inspector Kurt Wallander; un policía dotado de un sexto sentido para apresar a los criminales, y de ahí su magnífica labor en la resolución de todos sus casos. Y no sólo es un sabueso increíble, sino que, además, es un ser humano sensible, que vive con bastante intensidad los problemas del mundo, en general, y de las personas que tiene cerca —como familiares, amigos y compañeros de trabajo—, en particular, ya que nada parece escapársele a Kurt Wallander.

Los casos del ya archiconocido inspector Wallander han sido llevados a la televisión en dos ocasiones, de modo que contamos con una versión inglesa protagonizada por Kenneth Branagh, y con otra versión sueca de sus famosos casos.

Las obras de Henning Mankell —traducidas a más de cuarenta idiomas, con unas ventas que ascienden a más de veinte millones de ejemplares— cuentan con el beneplácito tanto del público como de la crítica especializada. Hecho que revierte en una enorme cantidad de libros vendidos y también en que este autor haya obtenido prestigiosos premios que han ido sazonando poco a poco su exitosa carrera literaria.

Henning Mankell, además, es un escritor muy concienciado con los problemas sociales y políticos de su tiempo; algunas de sus novelas forman parte de ese arraigado compromiso en defensa, siempre, de los derechos humanos, sociales y políticos de los más desfavorecidos.


Zapatositalianos
En la actualidad vive a medio camino entre su Suecia natal y su amada Mozambique —Henning Mankell guarda una conexión especial con África, con su cultura y también con sus gentes; y ese feeling entre África y él lo ha llevado alguna vez hasta sus historias—, donde dirige el Teatro Nacional Avenida de Maputo.

Henning Mankell ha demostrado en todas sus novelas que el amor es un bálsamo que lo cura todo, y en Zapatos italianos esa medicina natural se propaga a través de cada una de sus páginas y también de cada uno de sus personajes hasta conseguir sanar más de un alma tanto en la ficción como en la realidad.

Fredrik Wellin es el personaje principal de Zapatos italianos, y es, además, el encargado de ejercer las funciones de narrador, lo que dota a la historia de un tono intimista y personal, estableciendo un vis a vis muy directo y conmovedor con el lector.

Fredrik, médico retirado, vive, alejado del mundo, en una solitaria isla de su propiedad, próxima a la costa de Suecia. Así se nos presenta al principio de la novela al protagonista y narrador de Zapatos italianos; pero conforme va avanzando el relato vamos entendiendo mejor el porqué de su impuesta y, en ocasiones, desgarradora soledad.

Fredrik, unos años atrás, había sido un eminente y reconocido cirujano de un hospital norteamericano. Tras cometer un lamentable error en el quirófano —le amputó el brazo equivocado a una paciente—, decidió abandonar para siempre su profesión, y aislarse de la vida e incluso de las personas, evitando casi cualquier contacto con el mundo.

Cuando el protagonista de Zapatos italianos nos confiesa su tormento, comenzamos a entenderle mejor. No ha sido el azar el que lo ha empujado a vivir en un lugar inhóspito, sino que ha sido él mismo quien se ha autoimpuesto este castigo para purgar sus culpas.

Antes de que Fredrik nos abra su corazón —a los lectores nos convierte en sus confidentes— y nos desnude su alma, nos resulta un tipo de lo más excéntrico, además de singular; pero al confesarnos sus errores y desvelarnos la culpa que almacena su incansable mente atormentada, empezamos a mirarlo con nuevos ojos, impregnados de perdón y de comprensión. La conclusión a la que llegamos es sencilla, todos estamos expuestos a equivocarnos, y tenemos derecho a enmendar nuestros errores, sin depender del tiempo que haya transcurrido desde que los cometimos.

Después de su negligencia médica, Fredrik abandona para siempre su profesión, y se retira del mundo. Para su destierro voluntario elige un lugar en sintonía con su propio mundo interior: un sitio lleno de incomunicación, frío, vacío y soledad. Un espacio glaciar que sintoniza con sus emociones y sus sentimientos a la perfección.

En suma, parece que Fredrik no es capaz de perdonarse, pero sí de autocastigarse todo lo que sea necesario. Sólo habla, de vez en cuando, con Jansson, el cartero hipocondríaco, que le lleva las cartas y que se convierte así en su única conexión con el mundo exterior a través de sus pequeñas conversaciones triviales y preguntas constantes acerca de su salud.

Su vida es monótona y repetitiva: todas las mañanas, sea invierno o verano, sale a nadar en las ateridas aguas del lago que hay en su isla.

Por otra parte, vive con un gato, un perro y un hormiguero, que crece y crece en la habitación de invitados; y, cómo no, con sus remordimientos, que al igual que las hormigas siempre van en aumento.

Y en eso consiste su rutinaria y solitaria vida: levantarse, nadar, comer, observar su hormiguero, pensar, culpabilizarse por lo ocurrido, y poco más.

Pero la vida le tiene preparada una sorpresa, cuando Fredrik ya daba por perdida su existencia —su destierro voluntario es una manera de pagar por sus culpas, ya que él mismo se juzgó y se condenó para saldar cuentas con su conciencia; los errores cometidos en su pasado lo mantienen encarcelado en la prisión de barrotes invisibles pero dolorosos que él mismo ha construido—, una mañana de un congelado invierno nórdico, su pasado regresa; mientras mira por la ventana, ve cómo se acerca hasta su casa, apoyada en unas maletas, Harriet, una señora que cincuenta años atrás había sido su pareja sentimental. Harriet, ahora enferma terminal, visita a Fredrik para que cumpla con una promesa que le hizo cuando ambos eran jóvenes: llevarla a visitar una laguna que hay en el norte del país.

A pesar de que Fredrik en su momento la había abandonado sin apenas darle explicaciones, Harriet había conseguido perdonarlo, después de superar el sufrimiento que le provocó en su día su huida.

“El amor es un alivio”, le dice Harriet a Fredrik; no sin antes haberle dicho también: “tampoco he odiado a nadie como te odié a ti. Pero el odio duele y yo ya tengo bastante dolor”.

Y en medio de todo este discurso se cuela una frase crucial de perdón, totalmente inolvidable, de tan solo cinco palabras: “El amor es un alivio”.

Para seguir corroborando esas benditas y necesarias cinco palabras, Harriet, a modo de colofón, le dice a Fredrik: “El amor es un alivio. Un remanso, tal vez incluso una seguridad que le resta horror al encuentro con la muerte”.

Y esta conmovedora declaración, que llevaba años aguardando poder salir del corazón de Harriet y que lo hace ahora debido a su precaria salud y a que siente que debe ir cerrando etapas sin más dilación, provoca que Fredrik salga del bloqueo emocional, en el que estaba sumido hasta entonces.

Además, Harriet es portadora de un secreto; su hija Louise, también es hija de Fredrik, así que, de repente, Fredrik se encuentra a sus setenta años con una hija que desconocía, además de tener que asistir al final de la vida de un amor de juventud.

La llegada de Harriet con su baúl de los recuerdos y sus secretos le abre una puerta a la vida, obligándolo, por voluntad propia, a realizar un viaje interior a través de lo vivido en los últimos años, un viaje en el que por fin es capaz de afrontar su pasado.

Un recorrido que, por otro lado, realizará junto a Harriet, paradojas aparte, y en el que Fredrik recuperará su vida, una vez que consiga perdonarse, gracias al amor y a la comprensión de su antiguo amor, y en el que Harriet se despedirá a su vez de manera apacible de la suya habiendo visto su último deseo cumplido.

De este modo, la llegada de Harriet no sólo le devuelve la vida, sino que se la cambia por completo. Sale del escondite en el que llevaba metido más de una década e inicia un aprendizaje que ya nada tiene que ver con el tormento y los remordimientos. Y en este viaje hacia sí mismo y los errores cometidos en su pasado, Fredrik se perdona y se concede una tregua; comenzar, a los setenta años, a convivir con una nueva realidad: una hija adulta, acompañar a Harriet en sus últimos días, además de cuidar de ella, relacionarse con las personas, y pedirle perdón a la mujer a la que le amputó el brazo equivocado.

Fredrik cumple con su promesa, y lleva a Harriet al lago; casi se ahoga, pero Harriet consigue salvarlo.

También visita a su hija en el tráiler en el que vive en medio del bosque y juntos van a ver a un auténtico artesano que hace a mano zapatos italianos, no más de un par al año.

Fredrik sabrá aprovechar esta segunda oportunidad que le da la vida. Por eso, esta novela es como un manual imprescindible que aborda temas universales: la soledad, el perdón, las segundas oportunidades, los remordimientos, el poder curativo del amor, la vejez, el dolor, la enfermedad, cómo se valora la vida cuando la muerte está cerca, los reencuentros y la comprensión, entre otros.

Por todo ello, recomiendo fervientemente leer Zapatos italianos, de Henning Mankell, una buena novela, que nos hará reflexionar sobre la vida y que al mismo tiempo sabrá emocionarnos hasta la médula.
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