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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

Una apuesta sobre la III República, sus luces y sus sombras

Se puede opinar lo que se quiera sobre Julio Anguita, pero nunca ha traicionado a sus ideas
Miguel Massanet
martes, 23 de abril de 2013, 10:02 h (CET)
Se puede opinar lo que se quiera sobre Julio Anguita, se le puede tachar de ser un teórico del comunismo, de pertenecer a la vieja guardia del partido y de tener ideas utópicas sobre lo que es la economía de un país, sobre lo que sería un neo comunismo o sobre aquellos tiempos nostálgicos que él vivió durante la Transición. Lo que no se puede decir de él y, desde mi postura de derechas debo reconocerlo, es que haya traicionado sus ideales, que no sea un verdadero hombre de Estado y que no tenga sangre de español de los pies a la cabeza.

Su máximo defecto, para mí, es que no haya sido un hombre de derechas. Dicho esto, este político comunista acaba de presentar su libro “Conversaciones sobre la III República”, en un interesante acto en el que ha opinado sobre su libro y ha dejado, para la audiencia, algunas ideas que, procediendo de quien proceden, resultan muy interesantes. Seguramente, el antiguo alcalde de Córdoba ha dicho algunas verdades que los que nos sentimos afectos al régimen republicano pero, no obstante, nos consideramos de derechas, podríamos suscribir sin ningún inconveniente. Por ejemplo: advierte que, en la actualidad, todo el movimiento republicano gira alrededor de la Ley de Memoria Histórica y la II República.

Y siguiendo en esta última idea, se podría añadir que, la posibilidad de que España pudiera convertirse en una república; queda lastrada por el hecho incontrovertible de que, los que más hablan de ella, los que la reclaman con mayor fervor y los que la quieren considerar como un patrimonio propio son, precisamente, los partidos de izquierdas más extremistas, los más totalitarios y los más absolutistas, que se niegan a que pudiera existir un modelo de república a la europea, como las de Alemania, Francia o Italia, en las que la democracia se entiende con la participación en los respectivos Congresos o Parlamentos de miembros de todos los partidos democráticos, fueren de las tendencias políticas que fueren, siempre que acepten, naturalmente, el libre juego de la política de las mayorías y respeten la voluntad de los ciudadanos expresada, periódicamente, a través de las urnas.

El hecho de que, las izquierdas, hayan pretendido monopolizar el concepto de república, apropiándoselo, identificándolo con aquel simulacro que fue la República de febrero de 1.936, donde se falsearon los resultados y fue desautorizada por la actuación de un Frente Popular al estilo soviético, que aprovechó la oportunidad para convertir a España en un país ingobernable, de confrontación, bandidaje y asesinatos; en el que las turbas se hicieron dueñas de las calles cometiendo toda clase de desmanes contra aquellos ciudadanos de orden, que no participaban de las ideas ácratas ni laicistas ni las de aquellos que quisieron convertir a la República en una nueva Inquisición en la que llevar a cabo, inmunemente, toda clase de crímenes, robos, sacrilegios y abusos, ante la mirada impasible de las autoridades, que no quisieron intervenir en aquella carnicería.

Tanto en las repúblicas griegas como en las romanas se producían, libremente, el intercambio de opiniones y los cruces dialécticos entre las distintas facciones que formaban parte de sus Asambleas o Senados y, sin embargo, tanto Roma como Grecia fueron los países de la antigüedad que consiguieron más poder, los más cultos y aquellos más adelantados respecto a otros pueblos, los bárbaros, que fueron sucumbiendo ante los potentes ejércitos romanos, que se hicieron dueños de más de medio mundo del conocido por aquellos tiempos. Lo que nunca se hubiera podido entender, sin embargo, es que, como ocurrió con muchos de los césares romanos, se implantara la dictadura absolutista en las que, la opinión del pueblo, quedaba doblegada por el terror o la fuerza.

Entre los graves impedimentos existentes para que, el pueblo español, camine hacia un cambio de tipo de Estado, sin duda, están los nacionalismos vasco y catalán, a los que el señor Anguita menciona de una forma rotunda: “la Generalitaat y el Gobierno Vasco, quieran o no quieran, son Estado Español”. Más de una vez he repetido que, en Catalunya, la llamada derecha de CIU actúa en el tema separatista como “tonto útil”, en manos de quienes, verdaderamente, tienen la llave de la utópica “Catalunya libre”; que son, sin duda, las izquierdas que, como se ha demostrado a través de la Historia, han sido las que han llevado la batuta en todos los alzamiento que han tenido lugar, especialmente desde que se instauró el Frente Popular con la fracasada intentona de proclamación de la República Independiente, por parte de Luis Companys, al principio de la Guerra Civil.

Obviamente que, con parteners como los señores Cayo Lara o Llamazares, que siguen navegando en el limbo de lo que fue la fracasada República del Frente Popular y sin que existan unas izquierdas verdaderamente democráticas, capaces de aceptar de forma civilizada la alternancia de las urnas; el soñar en recuperar la República, y hablamos de una República, como parece que propone Julio Anguita, cuando cita la frase del Príncipe de Salina en El Gatopardo: “ Es preciso que todo cambie para que todo siga igual”. Es obvio que todo tránsito que se pretenda hacer en un país democrático ha de ser en virtud de una mayoría en las urnas; se ha de llevar a cabo de un modo democrático y ha de contar con la aprobación de la UE, sin lo cual sería un suicidio pretender, como hacen los catalanes, situarnos en una postura de enfrentamiento que a nada bueno conduciría ya que sería llevar a la ruina al país que lo pretendiera.

No se trata de enfrentar a las dos Españas, como ocurrió el 18 de Julio de 1.936, sino de introducir el mejor sistema de gobierno para España y los españoles, respetuoso con las leyes, la propiedad privada, la libertad religiosa y los derechos individuales que garantiza la actual Constitución, manteniendo, como no, la unidad de la nación española, lo mismo que sus instituciones; sólo que adaptándolas en lo que fuera preciso al nuevo régimen republicano. No se debe, como dice Julio Anguita, volver la cara hacia un pasado irreproducible, ni mucho menos intentar resucitar una II República que, a pesar de contar con grandes personajes que la hubieran podido enriquecer, se optó por ceder a la voluntad de las turbas ávidas de venganza y de sangre. Una nueva república enfocada al futuro, sin alteraciones de orden ni buscando vengar agravios que, recordémoslo, fueron cometidos por ambos bandos contendientes, sin que uno de ellos tenga legitimidad para reclamar al otro por delitos que tuvieron lugar en unos momentos en los que la obcecación y la sed de venganza obnubiló la razón de los españoles, fueran de donde fueran.

Una República parlamentaria, de derechas, centro e izquierdas, en la que las instituciones se convirtieran en útiles para los españoles, sin duplicidades, sin empresas públicas para emplear a enchufados, sin tantos senadores, parlamentarios y funcionarios, tanto en la Administración Central como en las autonómicas. Una República en la que se valorara la utilidad de la España autonómica y se regularan los órganos autónomos necesarios para llevar a cabo aquellas funciones y cometidos que no pudiera asumir el Estado sin que ello redundara en perjuicio de los ciudadanos. Sin duda voy a leer el libro que, el señor Anguita, ha escrito. Sé que en muchos puntos diferiré, en otros dudaré y en algunos, unos pocos, puede ser que esté de acuerdo con él, porque, señores, esto es democracia. O así es, señores, como uno entiende los problemas de España.
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