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Rusia y EEUU se descubren de nuevo

Vladímir Símonov
Redacción
viernes, 21 de julio de 2006, 21:47 h (CET)
La pasada cumbre en San Petersburgo entrará en los anales históricos del G-8 como ejemplo de subordinación de las pretensiones recíprocas a la aspiración de conseguir resultados prácticos.

Los doce documentos aprobados en el evento contienen evaluaciones concordadas y recomendaciones del G-8 para dar solución a los problemas clave de la humanidad: desde la creación del sistema de seguridad en materia de la energía y el papel que la educación ha de desempeñar en las nuevas sociedades del siglo XXI hasta la lucha con la piratería intelectual y el trabajo en Africa.

Importa señalar que los líderes utilizaron su autoridad tratando de aminorar el desenfreno de la violencia en Oriente Próximo: en una declaración especial el G-8 invita a Israel a manifestar discreción máxima y a la agrupación radical Hezbolá a liberar a los soldados israelíes secuestrados y cesar el acoso misilístico del territorio israelí.

Rusia se siente satisfecha con los resultados de la Cumbre, resumió el presidente Putin. Las conversaciones con George Bush sobre el tema de la democracia en general, y de la rusa, en particular, celebradas momentos antes de la apertura de la Cumbre, no ensombreceron el buen humor del mandatario ruso. No es posible decir quién de los dos líderes logró persuadir a su interlocutor y de qué. Pero se puede afirmar a ciencia cierta que pese al sombrío pronóstico estos debates no enfriaron las simpatías recíprocas que hace mucho profesan Putin y Bush.

El presidente norteamericano estaba bien preparado: en vísperas recibió en el consulado general de EEUU en San Petersburgo a delegados de las organizaciones no gubernamentales rusas y las de defensa de derechos. Es fácil imaginarse el contenido de sus quejas: indudablemente, Putin es un líder fuerte que no se apresura a utilizar su prestigio, palancas de poder ni boom económico para rehacer, según patrones de la democracia occidental, los institutos nacionales heredados de la época anterior.

Putin estaba preparado para responder a los reproches de Bush. Es posible que al principio el mandatario ruso haya explicado que el mismo Occidente ayudó a desacreditar el modelo democrático occidental ante los ojos de millones de rusos. Los expertos occidentales fueron quienes expusieron a Rusia a los desastrosos puñales de las presurosas y dramáticas reformas de comienzos de los años 90. El entonces primer ministro, Yegor Gaidar, desgarraba el cuerpo de Rusia, sin aplicar anestesia, aplaudido por sus preceptores de Harvard.

Gorbachov ensombreció notablemente el modelo occidental al calificarlo recientemente de “complejo de vencedores”, refiriéndose a
EEUU y UE. Estos 15 últimos años, Occidente, presentándose como vencedor de la “guerra fría”, reservó altaneramente a Rusia el papel de criada al servicio de los intereses de Occidente también en el espacio postsoviético.

Este calificativo no le conviene a Rusia de los tiempos de Putin. El Kremlin rechazó la tesis de que Rusia había perdido la “guerra fría”: “No hicimos más que desmantelar nuestro propio sistema totalitario”. Hoy, según evaluación predominante de los politólogos, Moscú abandonó la órbita occidental, se enrumbó hacia la enérgica defensa de los intereses nacionales y quiere conversar en pie de igualdad con Washington y Bruselas.

No cabe hacer ver que la nueva independencia de Rusia se debe exclusivamente a la subida de los precios de los hidrocarburos. Existen muchos otros hechos confirmando el creciente poder económico del país. Más del 1000% de incremento a partir del año 2001, la asociación del consorcio “Gasprom” a las diez importantísimas corporaciones mundiales, la expansión del negocio ruso al extranjero y la cancelación de las viejas deudas al Club de París... Hay que reconocer, por ejemplo, que la Rusia actual no cede por su desarrollo industrial a Francia y ni es menos democrática que el Japón. Todas estas nuevas realidades han de ser concienciadas por Occidente.

Entretanto, un número cada vez mayor de rusos hacen suya la ideología calificada de “democracia soberana”. Consiste en que los pueblos mismos han de elegir, sin injerencia foránea, tanto su propio modelo de democracia como los criterios de evaluarla. La Iglesia Ortodoxa Rusa apoyó la idea de soberanía de los derechos y libertades civiles. La democracia hecha según el rasero occidental, al margen de las coordenadas morales, es peligrosa, estiman los jerarcas ortodoxos.

Putin podría también recordar a Bush que Brasil dedicó casi 60 años a recorrer el camino hacia una economía de mercado más o menos estable y una democracia en auge. Rusia cubrió una distancia casi igual a velocidad cósmica, durante 15 años y, serguramente, nadie tendrá derecho a exigirle más. En resumidas cuentas, construir la democracia sobre los escombros del totalitarismo estalinista no es solamente un proceso histórico duradero. Es un experimento histórico prolongado.

No se sabe si ha utilizado Putin siquiera varias de estas tesis al celebrar con Bush el diálogo a solas en San Petersburgo. Pero los comentarios del presidente norteamericano fueron matizados de tonalidades impropias de él. En particular, Bush consintió en que “existe la democracia de estilo ruso y que esta no ha de parecer a la norteamericana”. Máxime que la democracia rusa no quiere ser análoga a la de Irak, agregó Putin en la rueda de prensa conjunta.

Es de suponer que la permeabilidad del presidente norteamericano a la filosofia de administración practicada por Putin en Rusia se debe en parte al nuevo papel que en el encuentro G-8 desempeñó Estados Unidos.

La campaña por la democracia que se desenvuelve a escala internacional en el marco de la llamada “doctrina Bush” tuvo resultado deplorable. El intento de trasplantar el liberal modelo occidental en el suelo mesoriental no surtió efecto a los jardineros, sino que consolidó las posiciones de “Fraternidad Musulmana” de Egipto y de Hezbolá en el Líbano y aseguró la llegada de los extremistas de Hamas al poder en Palestina.

Se puso en evidencia que el poderío de Estados Unidos está limitado. Es posible arrinconar al Talibán en las grutas de Afganistán, enjaular a Saddam Husein en Irak. Pero, según todos los indicios, Estados Unidos tendría que cargar con el fardo de potencia de ocupación durante decenios para adaptar esos países a la democracia de corte occidental.

El presidente Bush es un político bastante experimentado para comprender que la era de guerras y golpes preventivos de antes ya se va relegando a la historia. En el orden del día figura la necesidad de renunciar a las lizas en torno a la democracia y a la “diplomacia al estilo vaquero” para retornar a los esfuerzos colectivos de los partners estratégicos.

Resulta difícil sobreestimar el papel que Rusia desempeña en esa nueva configuración de la política exterior norteamericana y, en general, en toda la vida internacional.

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Vladímir Símonov, para RIA Novosti.


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